Confianza

 

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El primer hecho que lo conmovió, tras volver de la primera cirugía, fue la seguridad con la que unos patitos nacidos en lo alto de un samán, se arrojaban confiados al suelo después de la llamada de la madre. No pensaban, no temían, sólo se dejaban caer desde una altura imposible, para reunirse con sus hermanos entre la vegetación y seguir, en estricta fila india, hasta el lago. Aquel, venía en la silla de ruedas, y al percatarse del primer ruido, le pidió a su esposa que se detuviera. Esa confianza expresada por las pequeñas formas estuvo a punto de hacerlo llorar.

Sólo ahora que no dejaba de pensar en la muerte como una caída, se fijaba cada vez más en el inmenso misterio, en la gran maravilla, que encarnaba el vuelo. Por eso, Continúa leyendo Confianza

Leer en la cárcel

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Desde la cárcel Bellavista, los jóvenes lectores que buscan rehabilitarse, preguntan con insistencia cómo nos sentimos entre ellos. Esa pregunta me conmueve. Yo los siento humanos y me siento cómodo en su compañía. Su duda es honesta. Sus ojos son grandes, interrogativos. Son conscientes del estigma social que implica estar en un centro penitenciario. Es seguro que también sintieron miedo al entrar allí por primera vez, y por eso tratan con benevolencia al visitante. Están deseosos de contacto humano, de entablar diálogo, de demostrar que su voluntad de cambio es verdadera. Pero no se engañan. Saben que lo suyo es una lucha. Luchan por conocerse. Nadie que no se conozca a sí mismo, dicen, puede rehabilitarse. Aunque, al principio, pueda asustar el hecho de que todos hablen al unísono, la verdad es que se apoyan en grupo. Esa misma premisa del autoconocimiento es una piedra angular en la filosofía. Nadie que no se conozca, que no se gobierne a sí mismo, puede entender, gobernar a los demás.

Lo más conmovedor es que leen. Continúa leyendo Leer en la cárcel

Una vida

 

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¡Querido señor! le contaré una historia, si comparte, generoso, su vino… No repare en mi vestimenta, que es inmunda, ni en mi olor, que es agrio. ¡Debe saber que soy un hombre perseguido y que antes del amanecer habrán llegado, los llame o no, a ensartar mi fea cabeza en una vara! ¡Bebamos por eso!

Cuando nací, lo hice como los hijos de los pobres, en un establo. ¡Era un anuncio de lo inmunda que es la vida! Como mi madre murió en el parto, me confiaron al viejo cura Rollet, imbécil por la edad y avaro. ¡Que me enseñó el latín de Tácito y Virgilio al precio de inhumanos esfuerzos! Que me negó cualquier cariño y cualquier prenda para el frío. ¡Que me insufló el odio por paganos y protestantes y procedió conmigo como si se tratara de un hereje! ¡Y vaya que acertó! Continúa leyendo Una vida

El silencio de la guerra

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Jesús Abad Colorado – Tierralta, Córdoba, 2004

 

A Jesús Abad Colorado

Una de las primeras víctimas de la guerra es el lenguaje. El horror lo paraliza. La violencia de la muerte lo destruye. El poder lo convierte en cómplice, lo deforma, lo banaliza, lo usa para la mentira. El miedo lo silencia, lo enmudece. Pocas veces lo obliga a manifestarse. Y este uso de la voz, de la escritura, se paga con la hostilidad del medio.

Al atacar al lenguaje, se está atacando al hombre en su integridad. Se lo agrede allí, donde tiene existencia. El hombre es por el lenguaje. También en el lenguaje. No se diferencia de él. Es ahí donde nace a la conciencia de sí mismo, y desde donde se asoma al mundo y se sabe existir.

Atacar el lenguaje es declarar la guerra a lo humano que hay en el hombre. Lo humano es tanto el hablar, como tener la capacidad de hacerlo. Por eso el oficial, amenaza al recluta hasta convertirlo en autómata; por ello, el asesino ignora las suplicas o las razones de la víctima, negándole importancia a lo que dice. De ahí que un velo cómplice de silencio cubra todos los crímenes perpetrados durante los enfrentamientos.

El lenguaje es un organismo vivo del que depende la vida anímica y espiritual del hombre.

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La sed del ojo: la escritura erótica de Pablo Montoya

En su edición del domingo, en la revista Generación de El Colombiano, les conté el porqué La sed del ojo es una magnífica novela. Aquí, les dejo el texto completo:

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“No hay moral alguna capaz de detener la sed del ojo”

(Montoya – La sed del ojo)

 

Jamás el hombre sabrá, por anticipado, hacia dónde lo conduce el deseo. El objeto de su avidez se halla escondido del presente. El deseo se alimenta de sus hallazgos, de sus equívocos. Cada uno de ellos, lo orienta hacia lo invisible, que apenas se perfila. Pero mientras cree avanzar en una dirección es llevado hacia otra. Al final, se hallará en una tierra desconocida: fascinado y aterrado al mismo tiempo con lo que se le muestra, azorado por aquello en lo que se ha convertido.

Tal es el itinerario que narra la novela de Pablo Montoya, en la que el escritor colombiano reflexiona acerca del deseo y del surgimiento de la fotografía erótica en la París de mediados del siglo XIX. Una novela que se lee no sin delicia, no sin interés. Y cuyo mayor acierto consiste en que viene acompañada por las fotografías que, a mediados del siglo, fueron objeto de escándalo y escarnio público, provocando que algunos de los fotógrafos más famosos de aquella época, Auguste Belloc, Félix-Jacques Moulin y otros, enfrentaran cargos por inmoralismo. La sed del ojo es una reedición de la novela que fue publicada originalmente en el 2004 por el Fondo editorial de la universidad Eafit, y supone la exploración más detallada del fenómeno erótico que ha hecho el autor hasta la fecha. Continúa leyendo La sed del ojo: la escritura erótica de Pablo Montoya

Camposanto, una novela de Marcela Villegas

 

Frente-Camposanto-JPG-Ene-30-18-1-300x460Marcela Villegas (Manizalez, 1973) presenta su primera novela. Una historia dura, lúcida, conmovedora en varios momentos, que explora la memoria en un país de tumbas.

(82.998 son los desaparecidos en Colombia, según estimación del Centro nacional de memoria histórica). Continúa leyendo Camposanto, una novela de Marcela Villegas

The Altar boy (Translated by Steven Gómez)

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When the senility of Monsignor Alberto Jaramillo Loaiza had taken its toll, the old priest, head bishop of Medellín, became fascinated with an ape, an orangutan from Borneo.

The year was 1935. Monsignor was 62. He slept very little at night. He felt tired. Restless. His diet was frugal, and left him unsatisfied. The old priest swapped his readings from the Bible for the volumes of Pliny’s natural history and Virgil’s Eclogues. He fell asleep during services and complained about the cold all day. He had a sister and a cousin. He spent his days at the Metropolitan Cathedral, which came into operation four years ago. He felt a strange longing for the imperial grandeur of Rome. Continúa leyendo The Altar boy (Translated by Steven Gómez)

About my Father (Translated by Steven Gómez)

 

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That’s how the days went. I had nothing to wait around for, but I shared in the wait of the others as they stood by the sidewalk; inexplicably happy when they were called upon. Afterwards, knowing that there was no way anyone would notice me, I retraced my steps back home, slightly bewildered by their joy.

It was the cold season and, perhaps because of that, the days were short in Yelnia. My mother smoked over the stove, so placidly that she almost seemed to be dreaming. She sweetly opened her beautiful eyes, then slowly closed them; it was her way of saying hello. I left her to enjoy her cigarette, and went into the room where the kids were asleep, next to the man who became my father. I took off my shoes, gazed at the photo of my grandfather, and, shifting some legs aside, I laid down to sleep among the three of them.

Back then, clouds were ­–or seemed to be– white streaks on a chalkboard erased by a kid’s hand at the end of a school day. I’d stick my head out the window to watch the line of ragged-looking people that ran from the corner to the large municipal building. Every now and then, one of the men would recognize me from afar and wave, so I’d walk down and stand with him until he was allowed to enter the building, at which point I would wish him good luck and return home, from where I watched him drag along a worn-out sack that everyone else gazed at. Continúa leyendo About my Father (Translated by Steven Gómez)

Un hospital en Kiev

Chernovil (2)Querida Olga:

 Si te dejan entrar, tendrás que abrir todavía otra gran puerta. Tras el mostrador, que hallarás a tu derecha, aguarda siempre una enfermera militar junto a dos soldados. La habitación estará llena de campesinos que han llegado desde muy lejos para traer a sus enfermos o esperar noticias de ellos. Junto a la enfermera, se abre otra puerta que da a una enorme sala con pacientes. Tendrás que atravesarla para hallar unas escaleras desvencijadas que llevan al último piso.  En él, te abrirás paso entre las camillas y pacientes que llenan el corredor principal. Al fondo se abre una ventana. A la izquierda, hay una puerta. Continúa leyendo Un hospital en Kiev