Dios

Chema Madoz

I

¿Qué tipo de enfermedad tenía el Dios de Vallejo?

¿Era un resfriado común que se agravó?

Tal vez a Dios le dolía una pierna, como a Rimbaud y tuvieron que amputarla. También él vivía en el exilio y creó y destruyó con la misma furia gozosa del poeta. En el uno, son versos; en el otro, cataclismos, universos.

El poeta es una deidad menor, que hace trucos por monedas. Dios es un escritor pendenciero, un lírico y un novelista contradictorio, cuya obra fue escrita entre muchos: como la de Homero, Shakespeare, Pessoa o la mía.

Es fácil pensar que no existo.  

Puedo imaginarme al creador traficando armas, montado en una mesa meando a los poetas o echándolos de la taberna con la furia de un advenedizo. Pero es imposible pensar en el poeta desfalleciendo de abulia en el cielo.

Los poetas están hechos para vagar.

A Rimbaud lo operaron tarde y de todas formas se murió. Y mientras lo hacía, trasegó con un arma por muleta.

Postrado en un hospicio, el poeta soportaba en el día la fiebre. En la noche, asediado por una solitaria mosca, permanecía estático, con los ojos fijos sobre el techo y los labios, blancos, estaban despellejados por la sed.

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Un oficio de callada paciencia

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Spinoza se ganaba la vida puliendo lentes. Era un trabajo minucioso, repetitivo, discreto. Un trabajo que nos cuesta asociar al gran filósofo de Amberes, hasta que convenimos en que es un oficio de callada paciencia, similar al pensamiento. Así imagino sus mañanas. Las de ese delicado urdidor de definiciones, proposiciones y axiomas: hay unos pocos libros viejos sobre una estantería. La luz es fría en la ventana que no tiene cortinas. Los folios que no publicará en vida se acumulan en un rincón. Y él, que ya se encuentra enfermo, está puliendo y midiendo con la vista el cristal que sostiene entre la luz y los dedos.

Imaginar esas mañanas de minucioso trabajo me reconcilia con la filosofía.

No sé si todavía exista el oficio de pulir lentes. Sé que Carlos Ciro es de los pocos en los que todavía pervive el gesto, algo mecánico, algo abnegado, del filósofo judío. La escritura todavía es para él un trabajo manual. Una acción física sobre las palabras: buscarlas o esperarlas, ordenarlas, alumbrarlas o borrarlas. Sé que es un delicado pulidor que no trata de sacar brillo a su poesía, sino de aumentar su transparencia y su capacidad de penetración para la vista. Porque lo que quiere es que veamos. La poesía es un lente. Un instrumento de precisión que ayuda a mirar los objetos detalladamente. En el mejor de los casos, vemos mal. La mayoría del tiempo estamos ciegos. La poesía es, además, una herramienta que no busca llamar la atención sobre sí, sino sobre lo que mira. Es por eso que debe ser transparente. Continúa leyendo Un oficio de callada paciencia

Todavía más acerca de la poesía

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Hay una frase que atribuyen a Luis Aragón: “La poesía no quiere ser”. Es decir, la poesía es una lucha con las palabras. Al mismo tiempo la declaración: “La poesía quiere ser”, también es cierta. La poesía aparece por sobreabundancia. Es una válvula de escape, catarsis. El ser, de pronto, se torna insoportablemente lírico.

En el primer, caso corresponde a la poesía reflexiva, que está emparentada con la filosofía. ¿Qué es la filosofía? Es un ejercicio de análisis, de separación, de examen. Pero cuando se hace poesía, lo es de síntesis. Ya no el sistema de lo que sabemos, sino el verso que lo resume, lo aúna, lo profundiza, todo. Así entendía Russell las declaraciones de la mística. En cuanto a la segunda proposición, es la poesía lírica, más libre, que se dice como si se buscara aire, como si se tratara de ascender o como si se derramaran, a pesar de uno, las palabras. No importa tanto el sentido como el canto: hablo y esa musicalidad impide un desplome negativo o positivo del ser. Continúa leyendo Todavía más acerca de la poesía

Acerca de la sacralidad de la poesía

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Al ser filósofo, quisiera comenzar aclarando los conceptos, para que hablemos un lenguaje común. En ello, es Mircea Eliade el que nos guía.

¿A qué se llama profano? Al mundo natural, factico, real, que no remite a ninguna realidad trascendente. Es decir, a un mundo desacralizado, en donde las presencias metafísicas han sido expulsadas. ¿Qué literaturas caben allí? Las literaturas urbanas, esteticistas, el realismo (y su interés en lo social, que viene de la mano del materialismo), el naturalismo, el futurismo y su culto al fascismo y a las maquinas. La experiencia del hombre moderno es esa. Aunque en nuestro país la gente sea más bien crédula.

¿A qué llamamos sagrado? Lo sagrado es la realidad verdadera, que está digamos, por detrás del mundo, y que se manifiesta en algunos objetos. La gente experimenta lo sagrado como eso completamente distinto de la realidad, del mundo natural. Ese manifestarse, esa aparición es llamada hierofanía o revelación. Ese mundo real, por contraste al nuestro, es perenne y poderoso. ¿Qué literaturas nos hablan de él? Las sacras, las místicas, los mitos, el romanticismo, el simbolismo y cualquier literatura que o bien: descubre al mundo mismo como revelación o que nos habla de otra realidad más verdadera.

Bien, ¿Qué relación habría entre la poesía y lo sagrado?

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Diario del incierto de Gabriel Jaime Franco

 

Franco

Antonio Tabuchi dijo que los heterónimos de Fernando Pessoa eran personajes y que la obra del portugués estaba a la altura de la de Shakespeare. Cada personalidad del portugués fue una creación singular, única, de un ser. Si es así, el poeta Gabriel Jaime Franco es uno de nuestros más grandes novelistas. Novelista de un único, pero inolvidable personaje: el que habla en su Diario del incierto. Su propia voz. Un hombre que duda, se interroga, sufre y habla con ternura y dolorosa, a la vez que festiva, ironía de sí mismo: “Estoy efectivamente malogrando mi vida. / Con todo soy optimista: no he dicho todavía que está malograda”

A la vez, sentimos que ese libro es el resultado de un ejercicio prolongado de lucidez, de honestidad, no de la ficción. ¿Miente, entonces, el poeta? ¿Miente el crítico? Juan Rulfo admitió, sin recelos, que la ficción era un camino para alcanzar la verdad. Era otro de los ecos de Hegel, según el cual el absoluto puede encarnarse en la obra artística. Un origen contrario, no desemboca en la contradicción. A través de un personaje puede uno decir quién se es. Ese hombre roto, inseguro, tierno que habla en sus páginas es Gabriel y encarna, al mismo tiempo, como pocos, al hombre moderno. ¿De qué se puede estar seguro en esta época de los antidepresivos y de la ansiedad? ¿En esta época en que la idea misma del hombre tambalea? Gabriel sufre por el conocimiento. No es impostado. Le preocupa realmente. Es una preocupación metafísica, tal vez nerviosa. Eso hace de él un verdadero pensador. Pero uno que es capaz de conmovernos. Hay páginas del Diario que se leen indecisos entre el dolor y la dicha por lo que dicen:

Es claro que estamos solos. / ¿Cuál es el sentido de este cielo, / de esta hermosa luz inolvidable, / de este aire que visito con dolorosa alegría? // ¿Quién nos hablará de esta hermosa y única luz / que se derrama sobre un país miserable?

[…]

Es difícil imaginar un amor más grande, o tan grande y triste apego, pues él sabía que iba hacia la muerte, y que después de ese suceso (que tampoco podría recordar), ya no habría / nada, / nada, / nada. // Quizás por ahí esté el sentido / de esta hermosa luz inolvidable, / de este aire que toco y que me toca, / de estos árboles, // de tu boca / y las seis de la tarde // de esta misteriosa ambición de libertad. / ¡Oh, Dios!: es como si hubiera un alma”

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Más acerca de la poesía

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La poesía es una de las cosas más raras del mundo. Se da muy pocas veces en el curso de la existencia de un escritor. Es lo más difícil de lograr, si es que depende de una acción consciente sobre el lenguaje. Es difícil hasta el punto de que es más cercana al don, que al fruto de un trabajo. Es como Platón afirmando que la virtud no se transmite por herencia, sino por iluminación, por inspiración divina.

La mayoría de nosotros versíficamos, ordenamos textos de forma vertical, pero no poetizamos. Quiero decir, poetizar es un arte más misterioso, más elusivo, profundamente reacio a manifestarse en el espacio de una página escrita. No basta escribir poemas para ser poeta o para invocar a la poesía. Si alguien tiene derecho a llamarse poeta, es aquel que nos hace sentir lo poético.

¿Pero qué es lo poético? Es la correspondencia entre lo que se dice y los hechos, es el nacimiento de un hecho al sentido que lo nombra, no importa si ese nombrar es múltiple o se contradice. La sensación es que esa palabra le pertenece de manera ineludible, indisociable, gozosa a ese hecho y en ella tiene su existencia temporal y definitiva. Lo acontecido tiene existencia ahí en ese claro que abre la palabra. La poesía es creación de Ser, un nuevo nacimiento, esta vez eufónico y semántico, de algo.

Poesía es también la alegría y la extrañeza por la existencia de ese algo recién descubierto, recién alumbrado. Es una experiencia cercana de lo desconocido, de lo ineludible. Por eso, es tan falso afirmar que cualquiera puede ser poeta, como que la poesía, por su brevedad, es el género más fácil de intentar. Es una opinión que se hace desde afuera, sin haber fracasado intentando traer al poema al mundo.

Lo callado

 

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No hay libro mío que no haya surgido de una dificultad. Aquí se habla de dos enfermedades. De una muerte. Pero sobre todo de la vida. De lo distante, de lo cercano. De lo que no necesita hablar en voz alta para existir. Aquí se habla de “Lo callado”, del sentido elusivo de cada vida, de cada ser.

Las preguntas

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Toda pregunta es una vida, quiero decir, toda pregunta compromete la totalidad de la vida de quien inquiere. Mi pregunta fue el Silencio. Mi pregunta es la vida. Toda verdadera pregunta moviliza la historia del individuo. Eso es el pensamiento. No amor al conocimiento, sino a la duda. Duda, quiere decir en latín “vacilar entre dos cosas”. El pensamiento es amor por lo incierto.

El amor es pasión por lo incierto. La escritura también.

(Antes de trasladarse a Pérgamo y a Alejandría, la obra de Aristóteles permaneció oculta en la ciudad turca de “Scepsis”, que quiere decir “duda”, “examen” en griego. Esto es, la obra de uno de los más grandes pensadores de occidente permaneció en este interregno, en esta ciudad que, a través de la historia, cambió varias veces su lugar de asentamiento).

Toda pregunta se dirige al momento en el que aceptamos que no hay respuesta.

Ese momento, que tardamos en alcanzar una vida, nos colma, como si fuera la más clara de las respuestas.