Estamos perdiendo las palabras…

La profunda intuición de los griegos de que el hombre está hecho de palabras, de que es el ser dotado de lenguaje, de logos, ha llegado a su fin, ha dejado de ser una verdad para el hombre contemporáneo, cuyos medios tecnológicos le privan cada vez más de las palabras como soporte de su ser, en favor de las imágenes, en donde lo “secuencial del lenguaje se convierte en simultaneo” y el análisis en síntesis simplificada.

Las redes sociales son un buen ejemplo de ello.

El ser humano está perdiendo las palabras. Las está olvidando. Cada vez usa menos. Pero sin un lenguaje artículado, el hombre no se conoce a sí mismo, no puede dar un sentido particular y general, complejo, a su mundo, ni socializar.

No le queda un regreso a los instintos, pues es una criatura acorralada por las pantallas. Tampoco a las cavernas pues ya no cree en el pensamiento mágico. Le queda un mundo condicionado por los reflejos a los estímulos de la técnica. Un automatismo serializado y previsible por los algoritmos.

La única forma de resistencia en el mundo de la máquina será la de cuidar el lenguaje en el que pueda salvarse, atrincherarse en él, si vamos a usar un término de urgencia.

Dios

Chema Madoz

I

¿Qué tipo de enfermedad tenía el Dios de Vallejo?

¿Era un resfriado común que se agravó?

Tal vez a Dios le dolía una pierna, como a Rimbaud y tuvieron que amputarla. También él vivía en el exilio y creó y destruyó con la misma furia gozosa del poeta. En el uno, son versos; en el otro, cataclismos, universos.

El poeta es una deidad menor, que hace trucos por monedas. Dios es un escritor pendenciero, un lírico y un novelista contradictorio, cuya obra fue escrita entre muchos: como la de Homero, Shakespeare, Pessoa o la mía.

Es fácil pensar que no existo.  

Puedo imaginarme al creador traficando armas, montado en una mesa meando a los poetas o echándolos de la taberna con la furia de un advenedizo. Pero es imposible pensar en el poeta desfalleciendo de abulia en el cielo.

Los poetas están hechos para vagar.

A Rimbaud lo operaron tarde y de todas formas se murió. Y mientras lo hacía, trasegó con un arma por muleta.

Postrado en un hospicio, el poeta soportaba en el día la fiebre. En la noche, asediado por una solitaria mosca, permanecía estático, con los ojos fijos sobre el techo y los labios, blancos, estaban despellejados por la sed.

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Acerca de la curiosidad

Aristóteles dijo, en la primera línea de la Metafísica, que el hombre “naturalmente desea saber”.

Hay que imaginar al viejo filósofo de Estagira, mientras descubre en cada criatura el deseo de saber. Porque curiosos son los perros, curiosos son los gatos, las aves e incluso los insectos. Todos se dejan fascinar, no sin recelo, por las cosas. Y mientras lo hacen, son hurtados del mundo, su atención es arrastrada hacia algo más… Pero el hombre es curioso de una manera distinta, ya que tiene memoria y capacidad de escuchar. Las condiciones necesarias para aprender. Así que el hombre no sólo se deja fascinar, entabla una relación de alegre desafío con lo desconocido. El entusiasmo es un buen indicio de que ha sido absorbido. También él quiere encantar, también él quiere que se muestre lo escondido. Citemos al estagirita:

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Acerca del actuar

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Una de las lecciones más tempranamente aprendidas para la vida, me la dio Heidegger en su célebre Carta sobre el humanismo.
 
Allí, desde la primera línea, cuestiona que el actuar deba juzgarse por su utilidad. Para él, actuar es más bien un “desplegar” en “la plenitud de su esencia”, un producir, que no se hace con miras a lograr un efecto.
 
Esto es, se actúa por una necesidad ineludible, insoslayable, que se confunde con nuestro modo originario de ser, independiente de su resultado o de sus consecuencias.
 
Se actúa porque, de no hacerlo, se va en contra la esencia de uno mismo. ¿Una esencia construida u originaria? No importa, en cuanto se sepa que se actúa “acorde” a ella. A eso se llama ser consecuente…
 
Por eso, escribo por una razón menos pueril que la fama o la aceptación ajena. Amo sin esperar correspondencia. Ayudo sin que el aplauso me mueva a ello. Grito a la cara de los verdugos y de los políticos, porque de no hacerlo negaría la dignidad que hay en mí.
 
Tal vez a los que mueve el aplauso, no sean en su esencia más que eso: histriones.
Ese actuar “acorde”, debe sentirse como Bardamu, el personaje de Celine: “Así fueran novecientos ochenta millones contra mí solamente, serían ellos los equivocados y yo quien tendría la razón”

Leer en la cárcel

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Desde la cárcel Bellavista, los jóvenes lectores que buscan rehabilitarse, preguntan con insistencia cómo nos sentimos entre ellos. Esa pregunta me conmueve. Yo los siento humanos y me siento cómodo en su compañía. Su duda es honesta. Sus ojos son grandes, interrogativos. Son conscientes del estigma social que implica estar en un centro penitenciario. Es seguro que también sintieron miedo al entrar allí por primera vez, y por eso tratan con benevolencia al visitante. Están deseosos de contacto humano, de entablar diálogo, de demostrar que su voluntad de cambio es verdadera. Pero no se engañan. Saben que lo suyo es una lucha. Luchan por conocerse. Nadie que no se conozca a sí mismo, dicen, puede rehabilitarse. Aunque, al principio, pueda asustar el hecho de que todos hablen al unísono, la verdad es que se apoyan en grupo. Esa misma premisa del autoconocimiento es una piedra angular en la filosofía. Nadie que no se conozca, que no se gobierne a sí mismo, puede entender, gobernar a los demás.

Lo más conmovedor es que leen. Continúa leyendo Leer en la cárcel

Un oficio de callada paciencia

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Spinoza se ganaba la vida puliendo lentes. Era un trabajo minucioso, repetitivo, discreto. Un trabajo que nos cuesta asociar al gran filósofo de Amberes, hasta que convenimos en que es un oficio de callada paciencia, similar al pensamiento. Así imagino sus mañanas. Las de ese delicado urdidor de definiciones, proposiciones y axiomas: hay unos pocos libros viejos sobre una estantería. La luz es fría en la ventana que no tiene cortinas. Los folios que no publicará en vida se acumulan en un rincón. Y él, que ya se encuentra enfermo, está puliendo y midiendo con la vista el cristal que sostiene entre la luz y los dedos.

Imaginar esas mañanas de minucioso trabajo me reconcilia con la filosofía.

No sé si todavía exista el oficio de pulir lentes. Sé que Carlos Ciro es de los pocos en los que todavía pervive el gesto, algo mecánico, algo abnegado, del filósofo judío. La escritura todavía es para él un trabajo manual. Una acción física sobre las palabras: buscarlas o esperarlas, ordenarlas, alumbrarlas o borrarlas. Sé que es un delicado pulidor que no trata de sacar brillo a su poesía, sino de aumentar su transparencia y su capacidad de penetración para la vista. Porque lo que quiere es que veamos. La poesía es un lente. Un instrumento de precisión que ayuda a mirar los objetos detalladamente. En el mejor de los casos, vemos mal. La mayoría del tiempo estamos ciegos. La poesía es, además, una herramienta que no busca llamar la atención sobre sí, sino sobre lo que mira. Es por eso que debe ser transparente. Continúa leyendo Un oficio de callada paciencia

Todavía más acerca de la poesía

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Hay una frase que atribuyen a Luis Aragón: “La poesía no quiere ser”. Es decir, la poesía es una lucha con las palabras. Al mismo tiempo la declaración: “La poesía quiere ser”, también es cierta. La poesía aparece por sobreabundancia. Es una válvula de escape, catarsis. El ser, de pronto, se torna insoportablemente lírico.

En el primer, caso corresponde a la poesía reflexiva, que está emparentada con la filosofía. ¿Qué es la filosofía? Es un ejercicio de análisis, de separación, de examen. Pero cuando se hace poesía, lo es de síntesis. Ya no el sistema de lo que sabemos, sino el verso que lo resume, lo aúna, lo profundiza, todo. Así entendía Russell las declaraciones de la mística. En cuanto a la segunda proposición, es la poesía lírica, más libre, que se dice como si se buscara aire, como si se tratara de ascender o como si se derramaran, a pesar de uno, las palabras. No importa tanto el sentido como el canto: hablo y esa musicalidad impide un desplome negativo o positivo del ser. Continúa leyendo Todavía más acerca de la poesía

Más acerca de la poesía

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La poesía es una de las cosas más raras del mundo. Se da muy pocas veces en el curso de la existencia de un escritor. Es lo más difícil de lograr, si es que depende de una acción consciente sobre el lenguaje. Es difícil hasta el punto de que es más cercana al don, que al fruto de un trabajo. Es como Platón afirmando que la virtud no se transmite por herencia, sino por iluminación, por inspiración divina.

La mayoría de nosotros versíficamos, ordenamos textos de forma vertical, pero no poetizamos. Quiero decir, poetizar es un arte más misterioso, más elusivo, profundamente reacio a manifestarse en el espacio de una página escrita. No basta escribir poemas para ser poeta o para invocar a la poesía. Si alguien tiene derecho a llamarse poeta, es aquel que nos hace sentir lo poético.

¿Pero qué es lo poético? Es la correspondencia entre lo que se dice y los hechos, es el nacimiento de un hecho al sentido que lo nombra, no importa si ese nombrar es múltiple o se contradice. La sensación es que esa palabra le pertenece de manera ineludible, indisociable, gozosa a ese hecho y en ella tiene su existencia temporal y definitiva. Lo acontecido tiene existencia ahí en ese claro que abre la palabra. La poesía es creación de Ser, un nuevo nacimiento, esta vez eufónico y semántico, de algo.

Poesía es también la alegría y la extrañeza por la existencia de ese algo recién descubierto, recién alumbrado. Es una experiencia cercana de lo desconocido, de lo ineludible. Por eso, es tan falso afirmar que cualquiera puede ser poeta, como que la poesía, por su brevedad, es el género más fácil de intentar. Es una opinión que se hace desde afuera, sin haber fracasado intentando traer al poema al mundo.

Lo callado

 

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No hay libro mío que no haya surgido de una dificultad. Aquí se habla de dos enfermedades. De una muerte. Pero sobre todo de la vida. De lo distante, de lo cercano. De lo que no necesita hablar en voz alta para existir. Aquí se habla de “Lo callado”, del sentido elusivo de cada vida, de cada ser.