Confianza

 

Airborne-Study

 

El primer hecho que lo conmovió, tras volver de la primera cirugía, fue la seguridad con la que unos patitos nacidos en lo alto de un samán, se arrojaban confiados al suelo después de la llamada de la madre. No pensaban, no temían, sólo se dejaban caer desde una altura imposible, para reunirse con sus hermanos entre la vegetación y seguir, en estricta fila india, hasta el lago. Aquel, venía en la silla de ruedas, y al percatarse del primer ruido, le pidió a su esposa que se detuviera. Esa confianza expresada por las pequeñas formas estuvo a punto de hacerlo llorar.

Sólo ahora que no dejaba de pensar en la muerte como una caída, se fijaba cada vez más en el inmenso misterio, en la gran maravilla, que encarnaba el vuelo. Por eso, desde su zaguán, miraba a los pájaros saltar de una rama a otra, con embeleso. Sentía a los insectos surcar la habitación con una temeridad suicida. Y amaba a las gallinas que trataban de alzar vuelo cada vez que su nieto más pequeño intentaba agarrarlas por la cola.

Al segundo mes de llegar a casa, pidió que le compraran una hamaca. Quería mantenerse lo más lejos posible del suelo. A pesar de la incomodidad, se sentía alegre. Leía varias horas al día. Le gustaban los poetas reposados que hablaban con tranquilidad de la vida. A veces, el viento mecía levemente la tela y el abría los brazos y se dejaba llevar por una dicha que podía durar algunos minutos varias veces al día. Su mujer, que lo sabía sensible, lo acompañaba desde lejos. Había aprendido a acompañar su soledad sin estorbarla. Sin embargo, cuando veía que sus ojos se nublaban de melancolía, se dejaba llegar a su lado, sostenía su mano y, entonces él, como sacudido de un sueño, le sonreía con afecto.

Poco a poco las cosas que eran importantes para él, dejaron de serlo. La avidez con la que cobraba sus honorarios, su prestigio como intelectual y la manera, algo tosca, en que trataba de ocultar ciertas cosas, gastos, otras mujeres, a su esposa.

Una vez, por televisión, vio un parapente cruzando las montañas y se dijo que lo intentaría. Contra el consejo de su médico y de sus hijos, se hizo llevar al cerro de San Felix. Contrató el vuelo. Se puso el arnés que lo sujetaba al piloto del ala y corrió con todas las fuerzas la distancia que lo dejaba en el abismo. Todavía pudo sentir unos minutos la levedad, la embriaguez de separarse del suelo, el hecho de mirar los objetos desde arriba, antes de perder el sentido.

Entonces soñó con una lenta caída. Con un reguero de plumas que se desperdigaban desde un samán gigantesco del que los polluelos habían huido. Soñó con una gallina empollando los huevos. Con un pez que saltaba fuera del agua. Con una mano que tensaba un arco y con la flecha que daba blanco en el cielo, haciendo llover. Una lluvia mansa, luminosa, que lo cubría como una manta o como los brazos de su mujer.

Despertó de nuevo. Estaba en el hospital, recostado sobre una cama que mantenía parte de su torso erguido. Su mujer dormía sobre una silla. Sabía que estaba conectado a los aparatos. No podía verla, a causa de la falta de luz, pero reconocía su olor y su respiración tranquila. Deseó como nunca que estuviera a su lado. Que se abriera la camisa y le mostrara sus senos, para acariciarlos en silencio, con los ojos cerrados, como le gustaba hacerlo, desde que habían dejado la intimidad de los abrazos.

Pero se quedó dormido.

Durante las siguientes semanas, después de la otra cirugía, de una pérdida acelerada de peso y de que se hubiera hecho íntimo amigo de la luz que entraba a raudales por la ventana, se sintió más leve. Como despojado del peso de la vida. Con los huesos ligeros que sustentan a los pájaros en el aire. Pasaba sus días en un agradable duerme vela que le proporcionaba el cansancio. La única voz que no quería dejar de escuchar era la de su esposa. Sentía que de la herida en el pecho manaba una profunda ternura por todo cuando dejaba.

Entonces, una noche escuchó un piar que ubicó tras la ventana. Se preguntó si no era una lagartija. Todavía recordaba el asombro que le había prodigado el descubrimiento del sonido que podían emitir esas diminutas criaturas. Pero eran pichones. En la mañana, antes de que llegara su mujer, se levantó y vio, en un extremo del alfeizar de la ventana, un nido. Las pequeñas cabecitas de los pichones sobresalían apenas, con sus picos abiertos, saludando al día.

Corrió con dificultad el vidrio. Hacía un frío intenso. Buscó una bata. En el horizonte, la línea del sol se separaba de la noche, hendía una herida de luz en las tinieblas. Inauguraba un amanecer en su memoria. Encontró varias migas de pan. Se subió a una silla y salió a la ventana. Sentado de espaldas al vacío, se estiró cuanto pudo hasta que alcanzó el nido.

Dejó caer algunas sobras sobre los pichones ciegos, antes de sentir el vértigo y la confianza en la caída que terminó con su vida.

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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