Estamos perdiendo las palabras…

La profunda intuición de los griegos de que el hombre está hecho de palabras, de que es el ser dotado de lenguaje, de logos, ha llegado a su fin, ha dejado de ser una verdad para el hombre contemporáneo, cuyos medios tecnológicos le privan cada vez más de las palabras como soporte de su ser, en favor de las imágenes, en donde lo “secuencial del lenguaje se convierte en simultaneo” y el análisis en síntesis simplificada.

Las redes sociales son un buen ejemplo de ello.

El ser humano está perdiendo las palabras. Las está olvidando. Cada vez usa menos. Pero sin un lenguaje artículado, el hombre no se conoce a sí mismo, no puede dar un sentido particular y general, complejo, a su mundo, ni socializar.

No le queda un regreso a los instintos, pues es una criatura acorralada por las pantallas. Tampoco a las cavernas pues ya no cree en el pensamiento mágico. Le queda un mundo condicionado por los reflejos a los estímulos de la técnica. Un automatismo serializado y previsible por los algoritmos.

La única forma de resistencia en el mundo de la máquina será la de cuidar el lenguaje en el que pueda salvarse, atrincherarse en él, si vamos a usar un término de urgencia.

Acerca de la curiosidad

Aristóteles dijo, en la primera línea de la Metafísica, que el hombre “naturalmente desea saber”.

Hay que imaginar al viejo filósofo de Estagira, mientras descubre en cada criatura el deseo de saber. Porque curiosos son los perros, curiosos son los gatos, las aves e incluso los insectos. Todos se dejan fascinar, no sin recelo, por las cosas. Y mientras lo hacen, son hurtados del mundo, su atención es arrastrada hacia algo más… Pero el hombre es curioso de una manera distinta, ya que tiene memoria y capacidad de escuchar. Las condiciones necesarias para aprender. Así que el hombre no sólo se deja fascinar, entabla una relación de alegre desafío con lo desconocido. El entusiasmo es un buen indicio de que ha sido absorbido. También él quiere encantar, también él quiere que se muestre lo escondido. Citemos al estagirita:

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Acerca de la nostalgia…

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Originalmente, nostalgia (“nostos”, “algos”) quiere decir “regreso del dolor”. ¿Pero, de verdad, está ausente? ¿Dónde está si no? La ausencia del dolor es tan misteriosa como su retorno… ¿De dónde vuelve? Inicialmente, la palabra describía una cura. La gente que volvía a casa, después de extrañarla de forma especialmente intensa, sanaba. Era la enfermedad de los que añoraban volver.
En nosotros ocurre lo contrario. No buscamos. Aguardamos. Ni siquiera esperamos. Algo viene a nosotros, en contra de nosotros, nos encuentra y, en lugar de curarnos, nos abre una herida o, más bien, la punza suavemente, dolorosamente, con dedos finos, tiernos, de mujer.
¿A dónde queremos volver? ¿Cuál es nuestro hogar en el espacio desmesurado de la vida?

Más acerca de Adorno y la poesía

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Cuando los poetas escuchan la frase de Adorno, según la cual escribir después de Auschwitz es barbárico, tienden a ironizarla o a rechazarla de tajo. Poetas tan eminentes como Zagajewski o Szymborska han caído en esta banalización. A una sensibilidad acostumbrada a la función expresiva y catártica del lenguaje, le resulta imposible de asumir el que alguien pretenda cuestionar su instrumento. Asumen que se trata, bien de un momento de desesperación nihilista o bien, de la candidez de un filósofo que no es artista. La fe en su arte (que a veces es de una candidez desarmarte) les impide mirar la vastedad del problema. En realidad, no hay en la declaración de Adorno, sólo una crítica a la cultura escrita, a la técnica literaria, sino y sobretodo, a la razón misma, en su función instrumental (técnica, no reflexiva), de la que la escritura literaria es, apenas, un producto, igual que las demás artes.

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Un oficio de callada paciencia

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Spinoza se ganaba la vida puliendo lentes. Era un trabajo minucioso, repetitivo, discreto. Un trabajo que nos cuesta asociar al gran filósofo de Amberes, hasta que convenimos en que es un oficio de callada paciencia, similar al pensamiento. Así imagino sus mañanas. Las de ese delicado urdidor de definiciones, proposiciones y axiomas: hay unos pocos libros viejos sobre una estantería. La luz es fría en la ventana que no tiene cortinas. Los folios que no publicará en vida se acumulan en un rincón. Y él, que ya se encuentra enfermo, está puliendo y midiendo con la vista el cristal que sostiene entre la luz y los dedos.

Imaginar esas mañanas de minucioso trabajo me reconcilia con la filosofía.

No sé si todavía exista el oficio de pulir lentes. Sé que Carlos Ciro es de los pocos en los que todavía pervive el gesto, algo mecánico, algo abnegado, del filósofo judío. La escritura todavía es para él un trabajo manual. Una acción física sobre las palabras: buscarlas o esperarlas, ordenarlas, alumbrarlas o borrarlas. Sé que es un delicado pulidor que no trata de sacar brillo a su poesía, sino de aumentar su transparencia y su capacidad de penetración para la vista. Porque lo que quiere es que veamos. La poesía es un lente. Un instrumento de precisión que ayuda a mirar los objetos detalladamente. En el mejor de los casos, vemos mal. La mayoría del tiempo estamos ciegos. La poesía es, además, una herramienta que no busca llamar la atención sobre sí, sino sobre lo que mira. Es por eso que debe ser transparente. Continúa leyendo Un oficio de callada paciencia

Todavía más acerca de la poesía

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Hay una frase que atribuyen a Luis Aragón: “La poesía no quiere ser”. Es decir, la poesía es una lucha con las palabras. Al mismo tiempo la declaración: “La poesía quiere ser”, también es cierta. La poesía aparece por sobreabundancia. Es una válvula de escape, catarsis. El ser, de pronto, se torna insoportablemente lírico.

En el primer, caso corresponde a la poesía reflexiva, que está emparentada con la filosofía. ¿Qué es la filosofía? Es un ejercicio de análisis, de separación, de examen. Pero cuando se hace poesía, lo es de síntesis. Ya no el sistema de lo que sabemos, sino el verso que lo resume, lo aúna, lo profundiza, todo. Así entendía Russell las declaraciones de la mística. En cuanto a la segunda proposición, es la poesía lírica, más libre, que se dice como si se buscara aire, como si se tratara de ascender o como si se derramaran, a pesar de uno, las palabras. No importa tanto el sentido como el canto: hablo y esa musicalidad impide un desplome negativo o positivo del ser. Continúa leyendo Todavía más acerca de la poesía

Acerca de la sacralidad de la poesía

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Al ser filósofo, quisiera comenzar aclarando los conceptos, para que hablemos un lenguaje común. En ello, es Mircea Eliade el que nos guía.

¿A qué se llama profano? Al mundo natural, factico, real, que no remite a ninguna realidad trascendente. Es decir, a un mundo desacralizado, en donde las presencias metafísicas han sido expulsadas. ¿Qué literaturas caben allí? Las literaturas urbanas, esteticistas, el realismo (y su interés en lo social, que viene de la mano del materialismo), el naturalismo, el futurismo y su culto al fascismo y a las maquinas. La experiencia del hombre moderno es esa. Aunque en nuestro país la gente sea más bien crédula.

¿A qué llamamos sagrado? Lo sagrado es la realidad verdadera, que está digamos, por detrás del mundo, y que se manifiesta en algunos objetos. La gente experimenta lo sagrado como eso completamente distinto de la realidad, del mundo natural. Ese manifestarse, esa aparición es llamada hierofanía o revelación. Ese mundo real, por contraste al nuestro, es perenne y poderoso. ¿Qué literaturas nos hablan de él? Las sacras, las místicas, los mitos, el romanticismo, el simbolismo y cualquier literatura que o bien: descubre al mundo mismo como revelación o que nos habla de otra realidad más verdadera.

Bien, ¿Qué relación habría entre la poesía y lo sagrado?

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Más acerca de la poesía

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La poesía es una de las cosas más raras del mundo. Se da muy pocas veces en el curso de la existencia de un escritor. Es lo más difícil de lograr, si es que depende de una acción consciente sobre el lenguaje. Es difícil hasta el punto de que es más cercana al don, que al fruto de un trabajo. Es como Platón afirmando que la virtud no se transmite por herencia, sino por iluminación, por inspiración divina.

La mayoría de nosotros versíficamos, ordenamos textos de forma vertical, pero no poetizamos. Quiero decir, poetizar es un arte más misterioso, más elusivo, profundamente reacio a manifestarse en el espacio de una página escrita. No basta escribir poemas para ser poeta o para invocar a la poesía. Si alguien tiene derecho a llamarse poeta, es aquel que nos hace sentir lo poético.

¿Pero qué es lo poético? Es la correspondencia entre lo que se dice y los hechos, es el nacimiento de un hecho al sentido que lo nombra, no importa si ese nombrar es múltiple o se contradice. La sensación es que esa palabra le pertenece de manera ineludible, indisociable, gozosa a ese hecho y en ella tiene su existencia temporal y definitiva. Lo acontecido tiene existencia ahí en ese claro que abre la palabra. La poesía es creación de Ser, un nuevo nacimiento, esta vez eufónico y semántico, de algo.

Poesía es también la alegría y la extrañeza por la existencia de ese algo recién descubierto, recién alumbrado. Es una experiencia cercana de lo desconocido, de lo ineludible. Por eso, es tan falso afirmar que cualquiera puede ser poeta, como que la poesía, por su brevedad, es el género más fácil de intentar. Es una opinión que se hace desde afuera, sin haber fracasado intentando traer al poema al mundo.