La pintura silenciosa de Gregorio Cuartas

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En el siglo V antes de nuestra era, Simónides de Ceos afirmó que si la poesía era una pintura que habla, la pintura debía ser una poesía muda. Lo que es tanto como decir que, si el lenguaje tiene la capacidad de representar, la pintura tiene la de expresar, aunque no produzca sonidos. En esa época todavía no estaba generalizada la lectura en voz baja. Por eso el silencio de los frescos, más que inquietar, seducía. Sorprendía. Pero era un silencio distinto del que aqueja a la producción artística contemporánea. En la antigüedad, las obras eran expresivas (hablaban sin palabras); en el presente, se han hecho mudas.

Esa, al menos, es la opinión de Gadamer, que explicó este enmudecimiento Continúa leyendo La pintura silenciosa de Gregorio Cuartas

Paul Rumsey – Library head


 
 

La imposible biblioteca que imaginó el ciego. Los laberintos opresivos de “El proceso”. Los corredores de luz y sombra, donde medita o se destruye el solitario. Los ámbitos callados donde el tiempo permanece intocado. Uno a uno los libros que apenas ya son citas o formas de respirar (como quería Carlos Ciro). El horror del descenso, de los sitios clausurados: el encierro. El peso inútil, monstruoso, de los siglos, de los días. Una sabiduría tortuosa. Todo ello hace parte de esta serie, “Library head”, de Paul Rumsey (1956).

Quienes frecuenten su obra, hallarán el horror y el asombro de un Goya convertido en arquitecto, de un Escher tocado por la oscuridad.

  
 

La Fabula – El Greco

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¿Qué hacen los tres personajes de este cuadro? La mujer sostiene la yesca encendida (su sexo). El hombre mira la escena y el mono (el demonio) sopla para avivar la llama del deseo. Su expresión de retorcida curiosidad es, en realidad, una incitación directa al mal. ¡Qué magnifica es la socarronería del renacimiento (piénsese en los cuadros de genero de los flamencos)! ¿No es acaso delicioso el lenguaje de las alegorías? ¿no es acaso un lenguaje que todos aceptamos como acertado, una vez lo comprendemos? Porque lo que ocurre ahí,  lo que ocurre entre un hombre y una mujer es asunto de El Demonio, así se crea en la biología.

 
 

N° 10, Rothko

 

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Veinticinco siglos antes de nuestro moderno interés por el silencio, Simónides afirmó “La pintura es una poesía muda”. Es decir, una obra que no precisa del lenguaje verbal para expresarse. Que se vale de las imágenes y de los colores para significar. Y ninguno de estos elementos tiene un significado preciso. Por eso, la mudez de la pintura está en su negativa a adherirse a un significado concreto o traducible a un lenguaje articulado.

No habla, pero expresa. Todo lo callado (toda obra intensa, todo misterio en la naturaleza) participa de esta condición. En su silencio, en su aislamiento, parece llamar la atención hacia sí, fascinar, justamente porque su sentido permanece oculto, al hacer parte de un lenguaje que no puede expresarse de manera precisa con el nuestro. Y en cuanto innombrable, es inagotable. Nos llama cada vez con su misterio. Ejerce una influencia sobre nosotros y nuestra naturaleza organizativa, dotadora de un sentido para el mundo.

Y todo misterio enmudece, acalla al espectador que se siente confundido o sorprendido por su indeterminación, que trata calladamente de asignarle un sentido, un lugar en las coordenadas de su comprensión. Frente a lo callado, se calla. Se convierte en nada frente a nada, en una profundidad anulada, frente a una profundidad vacía, pero decisiva.

Así la obra de Rothko, se abre hacia el espectador como un misterio inagotable, un misterio que lo libera de sí…

 

La sopera de plata, Chardín

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He ahí la luz, que discreta alumbra el hecho aparentemente nimio de la muerte. Un poco como en los templos románicos, en cuya fresca y apacible tiniebla era posible hallar a la divinidad, que se colaba en un rayo de luz a través de una ventana. Un Dios que no había renunciado a su misterio, que se valía de las sombras para mostrar su singularidad. Así también es la muerte que, en la densidad del mundo, parece iluminar su propio sentido, su propio y misterioso aparecer.

El corral de los locos, Goya

 
 
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¿Existe obra más deliciosamente caótica que “El corral de los locos” de Goya? Hay versos de Baudelaire que, si fueran dichos al oído del hombre adecuado, provocarían un crimen. Hay en ellos verdades tan irrefutables, tan negativas, que sólo la destrucción puede estar a su altura. Pinturas, cuya sola visión, no hace más que echar leña en donde ya arde un conato de incendio. ¿Incendiarios por excelencia? Bacon, Beksiński, de Bruyckere. Quien mira a Goya deja de creer en la serenidad del mundo, se asoma a las antípodas de la bondad, de dónde sólo es posible volver con un madero encendido en la mano.