Acerca de la curiosidad

Aristóteles dijo, en la primera línea de la Metafísica, que el hombre “naturalmente desea saber”.

Hay que imaginar al viejo filósofo de Estagira, mientras descubre en cada criatura el deseo de saber. Porque curiosos son los perros, curiosos son los gatos, las aves e incluso los insectos. Todos se dejan fascinar, no sin recelo, por las cosas. Y mientras lo hacen, son hurtados del mundo, su atención es arrastrada hacia algo más… Pero el hombre es curioso de una manera distinta, ya que tiene memoria y capacidad de escuchar. Las condiciones necesarias para aprender. Así que el hombre no sólo se deja fascinar, entabla una relación de alegre desafío con lo desconocido. El entusiasmo es un buen indicio de que ha sido absorbido. También él quiere encantar, también él quiere que se muestre lo escondido. Citemos al estagirita:

“Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”

Hay que sonreír admirado. La naturaleza nos ha hecho curiosos. Negar esa curiosidad es negar nuestra humanidad. Veo a los hombres de mi tiempo. Están seguros del mundo. Pueden explicarlo. Han perdido la alegría de ser desafiados.

Quedan ciertas formas del misterio. Cada persona amada lo es. Quedan ciertas formas de mirar que no aniquila al mundo.

Todo poeta verdadero se deja encantar…

La resistencia al cambio

En una ya clásica proposición, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein afirmó en 1921 que los límites del lenguaje eran los límites del mundo. Quiso decir que sólo aquello que puede ser traído por el lenguaje a la conciencia, tiene existencia y puede ser discutido. Por primera vez en la historia millones de seres humanos conocen el nombre de las diversas amenazas que se ciernen sobre ellos en tanto que especie. Por primera vez millones ya reconocen el nombre de su asesino. Algunos de esos nombres son calentamiento global, guerra bacteriológica, sequías, hambrunas, pérdida de la biodiversidad, deforestación, extractivismo, extermino político y étnico. Pero todos ellos, pueden resumirse en uno solo nombre: Capitalismo.

Al lado de estos millones de seres humanos que conocen el peligro y que luchan contra él, hay un número todavía mayor que lo ignora, lo niega, lo minimiza o se ve obligado a resignarse. La realidad es que unos y otros afrontan ya sus rigores. Y no depende de su voluntad o de su imaginación eludirlos. Miles han muerto y morirán. Los signos de devastación son alarmantes y, salvo una voluntad de autoengaño peligrosa y complaciente, no se comprende porqué se actúa tan poco.

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Más acerca de Adorno y la poesía

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Cuando los poetas escuchan la frase de Adorno, según la cual escribir después de Auschwitz es barbárico, tienden a ironizarla o a rechazarla de tajo. Poetas tan eminentes como Zagajewski o Szymborska han caído en esta banalización. A una sensibilidad acostumbrada a la función expresiva y catártica del lenguaje, le resulta imposible de asumir el que alguien pretenda cuestionar su instrumento. Asumen que se trata, bien de un momento de desesperación nihilista o bien, de la candidez de un filósofo que no es artista. La fe en su arte (que a veces es de una candidez desarmarte) les impide mirar la vastedad del problema. En realidad, no hay en la declaración de Adorno, sólo una crítica a la cultura escrita, a la técnica literaria, sino y sobretodo, a la razón misma, en su función instrumental (técnica, no reflexiva), de la que la escritura literaria es, apenas, un producto, igual que las demás artes.

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Las tres palabras de Adorno sobre Auschwitz

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A finales de 1949, Theodor Adorno, el agudo filósofo social, regresa a Alemania después de un prolongado exilio en los Estados Unidos. Hace casi cinco años que la guerra ha terminado en Europa; hace tres, que los juicios de Núremberg han concluido sin juzgar a todos los culpables. Las heridas continúan abiertas. Pero, estimulados por el crecimiento económico, por el milagro de la reactivación, muchos alemanes invocan el progreso, reivindican la necesidad del olvido, la conveniencia de continuar hacia adelante. Adorno, no. Para él, la superación de lo ocurrido pasa por el reconocimiento y la investigación (filosófica, psicológica, social) de porqué ocurrieron los hechos. Y es eso lo que, a sus ojos, no ha realizado la nación alemana. De ahí que en varios ensayos, separados entre sí en el tiempo, el filósofo asuma la tarea de pensar y hacer consientes las razones que desembocaron Auschwitz.

Como es evidente, su trabajo no resulta popular. No sólo entre los culpables escondidos entre la población y el gobierno, sino también entre la juventud que quisiera dejar el pasado atrás. Pero hay en Adorno una preocupación más fuerte que la necesidad de congraciarse con la gente. Él sabe, con Benjamín, que el crítico representa los intereses del publico incluso contra el propio público. Por eso, declara que las condiciones que permitieron el advenimiento del nazismo, continúan intactas en la sociedad y latentes en los hombres. Su propósito consiste en hacerlas visibles para combatirlas en la medida de lo posible.

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Las preguntas

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Toda pregunta es una vida, quiero decir, toda pregunta compromete la totalidad de la vida de quien inquiere. Mi pregunta fue el Silencio. Mi pregunta es la vida. Toda verdadera pregunta moviliza la historia del individuo. Eso es el pensamiento. No amor al conocimiento, sino a la duda. Duda, quiere decir en latín “vacilar entre dos cosas”. El pensamiento es amor por lo incierto.

El amor es pasión por lo incierto. La escritura también.

(Antes de trasladarse a Pérgamo y a Alejandría, la obra de Aristóteles permaneció oculta en la ciudad turca de “Scepsis”, que quiere decir “duda”, “examen” en griego. Esto es, la obra de uno de los más grandes pensadores de occidente permaneció en este interregno, en esta ciudad que, a través de la historia, cambió varias veces su lugar de asentamiento).

Toda pregunta se dirige al momento en el que aceptamos que no hay respuesta.

Ese momento, que tardamos en alcanzar una vida, nos colma, como si fuera la más clara de las respuestas.

Acerca de la poesía

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Friedrich – Dos hombres junto al mar. 1817

 

Alejandra Pizarnik dice: “Hablo como en mí se habla”. Esto es, la poesía es un lenguaje que cada uno oye hablar, crecer, desde su interior. Un lenguaje íntimo, sí. Pero que, al decir de Hugo Mujica, “no viene del poeta, ni del mundo, sino de su encuentro”. A veces de su colisión.

La poesía es entonces el sonido de tal concurrencia. Es el brotar lenguaje de una relación. Si no tuviéramos palabras, el sonido sería inarticulado, como en el acoplamiento rítmico de dos cuerpos; o mudo, como el chocar de dos piedras. Continúa leyendo Acerca de la poesía

Acerca del sentido

 

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Ewa Partum, Poem, 1971.

La vida del lenguaje es el sentido. La lengua expresa algo que guarda la promesa de ser comprendido por otros. Sentido no tiene que ser igual a claridad. La palabra del poeta abre espacios de significación en medio del ruido; los funda, los disputa a la sordera y al fárrago de la modernidad. Aunque la tentación de la época sea, para el poeta, la de enmudecer su lenguaje en un grito, su lucha debe ser porque el sentido prevalezca, porque su palabra no sea la de la máquina, la de los bárbaros o la del animal. Porque su palabra diga todavía algo. Porque esta pueda y deba ser escuchada. Por eso hay que negarse a leer donde hay ruido.

¿Es todavía poema cuando todos los poetas hablan al tiempo y nadie se escucha?