El silencio de la poesía

 

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A Jairo Alarcón, en memoria

I

 

No existe ninguna razón por la que un hombre no pueda referirse al silencio, siempre y cuando hable de él, como hacen los mortales acerca de la muerte o los físicos acerca de los agujeros negros. Es decir, desde afuera, desde una distancia insalvable. Pues la muerte señala el límite de la vida. Los agujeros negros, de la luz. El silencio, de las palabras. Más allá de esos confines es imposible llegar, ya que ellos definen, a su vez, el límite y la naturaleza de la experiencia humana. No podemos perder el sujeto de la experiencia para aprender algo. Eso es, por ejemplo, lo que ocurre en la muerte. El que muere no puede volver a relatarnos lo que vivió. De manera similar, no podemos tener experiencia completa del silencio porque nosotros nunca dejamos de hablar, tendríamos que dejar de ser humanos o morir. Continúa leyendo El silencio de la poesía

El lenguaje y su sombra

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La palabra nunca está sola. La sigue el silencio, su sombra. Respecto al lenguaje, el mundo incide de costado en él, nunca en el cenit. Nunca lo suficientemente arriba para impedir la proyección oscura. No hay un medio día en el lenguaje. No hay palabras transparentes a través de las cuales pase la luz. Sólo el silencio carece de sombra.

Las voces humanas

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Jan Miense Molenaer

 

El rastro sonoro de los hombres, su huella de ruido en el silencio del mundo. Su lapo repugnante en el oído, tan similar al zumbido, al sonido resultante de los enjambres de abejas. Un rumor producido por el rápido movimiento de las alas o de la reiteración de las voces humanas.

Ni siquiera el sonido inarticulado de los animales, puede resultar tan desasosegante como la palabra de los hombres. Ni siquiera la llamada de celo, la expresión de regocijo o agonía de los otros seres es tan repulsiva como en los humanos.

Añoro el silencio de los vegetales, no el de los minerales. Añoro el silencio que hay en la vida.

Acerca de mis libros

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Lo que escribo está solo, y son palabras de soledad. Quiero decir, son libros huérfanos, incluso de palabras. Hay más espacio en blanco que palabras. Éstas existen contra el silencio del libro. Aún así, hablan en voz baja. Son escritas por un solitario y para solitarios. Para iniciarlos en la intimidad. El libro no es un ser, por eso es un extraño diálogo con nadie, la inverosímil conversación con quien no existe, pero aún así nos habla. Al terminar un libro siento su orfandad, la falta que ya me hace. Imagino esa orfandad a nivel del mundo. Estoy en él, pero me falta todo, como si no existiera o como si fuera póstumo y el mundo hubiera desaparecido. Esa es la soledad atraviesa lo que escribo.

Declaración

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A medida que envejezco, siento que entro en la vida. No que me alejo de ella. Quiero decir, siento que cada vez tomo más conciencia de cada cosa que existe. Como si entrara en un sitio en el que lo reconozco todo. Incluso los espacios vacíos. De ahí surge la intimidad con las formas, aún con las del misterio, que renuncio a descifrar. Es como tomar la vida y apretarla en las manos, sabiéndola mía. Pasajera y mía.
 
La vida en su desmesura, en su dolor y en su paz. 

La poesía es como el amor

 

La poesía y el amor son actos esencialmente solitarios, que sólo conciernen al individuo. Son experiencias que sirven para enriquecer su mundo interior, aunque sean suscitados desde el exterior. De ahí que se pueda amar sin ser correspondido o escribir sin publicar, sin recibir reconocimiento alguno.

Suena extraño, pero Spinoza había apuntado en esa dirección. ¿Qué es el amor? “[…] una alegría acompañada por la idea de una causa exterior”. Nunca habló de retribución. No otra cosa es la poesía. Una celebración solitaria de lo que existe.