Al morir las cosas:

Las cosas mueren. Sobre todo, las más pequeñas, las más anónimas. Esas cuya existencia, sin noticias para el exterior, prefiguran a la muerte. No se nadie y no haber existido se parecen.

Pero haber vivido es irrevocable. Aun si el tiempo o los hombres se empeñan en borrar lo que ha sido.

Rescato historias que a nadie más interesan. En eso me parezco a la muerte que no deja de seguirle los pasos a la vida.

Carlos Andrés Jaramillo

El silencio o el sol negro de Redon

Trato de pensar en dos pinturas de Redon: El silencio o el sol negro y Dos figuras veladas.

¿Por qué Odilón Redon representa al Silencio con un sol negro y una figura velada? El sol negro es, para los simbolistas, empezando con Nerval, una representación de la melancolía, quizás por que en su origen etimológico esta afección del ánimo es un exceso de “bilis negra” en el organismo. Un humor frío que, a pesar de su gelidez, como el fuego en el infierno de Dante, no deja de quemar, de irradiar su ador en el organismo. ¿No nos recuerda acaso el efecto de un licor tonificante?

La melancolía es, además, una enfermedad escondida, secreta. ¿Quién sabe cuál es el origen de su sentimiento de pesar por la vida? ¿En dónde se encuentra ese órgano que podemos extirpar? El sol negro es también, por eso, una representación del misterio, de algo que alienta, que se anuncia por su corona brillante alrededor del circulo solar. El misterio es lo que se anuncia y se oculta a un mismo tiempo, como una figura velada, que nos oculta su verdadero rostro. Algo así es el silencio. “Una intuición sin representación”, como define Hugo Mujica a lo que no puede ser traído por la razón al lenguaje: Lo ignorado, lo arcano.

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Estamos perdiendo las palabras…

La profunda intuición de los griegos de que el hombre está hecho de palabras, de que es el ser dotado de lenguaje, de logos, ha llegado a su fin, ha dejado de ser una verdad para el hombre contemporáneo, cuyos medios tecnológicos le privan cada vez más de las palabras como soporte de su ser, en favor de las imágenes, en donde lo “secuencial del lenguaje se convierte en simultaneo” y el análisis en síntesis simplificada.

Las redes sociales son un buen ejemplo de ello.

El ser humano está perdiendo las palabras. Las está olvidando. Cada vez usa menos. Pero sin un lenguaje artículado, el hombre no se conoce a sí mismo, no puede dar un sentido particular y general, complejo, a su mundo, ni socializar.

No le queda un regreso a los instintos, pues es una criatura acorralada por las pantallas. Tampoco a las cavernas pues ya no cree en el pensamiento mágico. Le queda un mundo condicionado por los reflejos a los estímulos de la técnica. Un automatismo serializado y previsible por los algoritmos.

La única forma de resistencia en el mundo de la máquina será la de cuidar el lenguaje en el que pueda salvarse, atrincherarse en él, si vamos a usar un término de urgencia.

Dios

Chema Madoz

I

¿Qué tipo de enfermedad tenía el Dios de Vallejo?

¿Era un resfriado común que se agravó?

Tal vez a Dios le dolía una pierna, como a Rimbaud y tuvieron que amputarla. También él vivía en el exilio y creó y destruyó con la misma furia gozosa del poeta. En el uno, son versos; en el otro, cataclismos, universos.

El poeta es una deidad menor, que hace trucos por monedas. Dios es un escritor pendenciero, un lírico y un novelista contradictorio, cuya obra fue escrita entre muchos: como la de Homero, Shakespeare, Pessoa o la mía.

Es fácil pensar que no existo.  

Puedo imaginarme al creador traficando armas, montado en una mesa meando a los poetas o echándolos de la taberna con la furia de un advenedizo. Pero es imposible pensar en el poeta desfalleciendo de abulia en el cielo.

Los poetas están hechos para vagar.

A Rimbaud lo operaron tarde y de todas formas se murió. Y mientras lo hacía, trasegó con un arma por muleta.

Postrado en un hospicio, el poeta soportaba en el día la fiebre. En la noche, asediado por una solitaria mosca, permanecía estático, con los ojos fijos sobre el techo y los labios, blancos, estaban despellejados por la sed.

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Acerca de la curiosidad

Aristóteles dijo, en la primera línea de la Metafísica, que el hombre “naturalmente desea saber”.

Hay que imaginar al viejo filósofo de Estagira, mientras descubre en cada criatura el deseo de saber. Porque curiosos son los perros, curiosos son los gatos, las aves e incluso los insectos. Todos se dejan fascinar, no sin recelo, por las cosas. Y mientras lo hacen, son hurtados del mundo, su atención es arrastrada hacia algo más… Pero el hombre es curioso de una manera distinta, ya que tiene memoria y capacidad de escuchar. Las condiciones necesarias para aprender. Así que el hombre no sólo se deja fascinar, entabla una relación de alegre desafío con lo desconocido. El entusiasmo es un buen indicio de que ha sido absorbido. También él quiere encantar, también él quiere que se muestre lo escondido. Citemos al estagirita:

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La resistencia al cambio

En una ya clásica proposición, Wittgenstein afirmó en 1921 que los límites del lenguaje eran los límites del mundo. Quiso decir que sólo aquello que puede ser traído por el lenguaje a la conciencia, tiene existencia y puede ser discutido. Por primera vez en la historia millones de seres humanos conocen el nombre de las diversas amenazas que se ciernen sobre ellos en tanto que especie. Por primera vez millones ya reconocen el nombre de su asesino. Algunos de esos nombres son calentamiento global, guerra bacteriológica, sequías, hambrunas, pérdida de la biodiversidad, deforestación, extractivismo, extermino político y étnico. Pero todos ellos, pueden resumirse en uno solo nombre: Capitalismo.

Al lado de estos millones de seres humanos que conocen el peligro y que luchan contra él, hay un número todavía mayor que lo ignora, lo niega, lo minimiza o se ve obligado a resignarse. La realidad es que unos y otros afrontan ya sus rigores. Y no depende de su voluntad o de su imaginación eludirlos. Miles han muerto y morirán. Los signos de devastación son alarmantes y, salvo una voluntad de autoengaño peligrosa y complaciente, no se comprende porqué se actúa tan poco.

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Acerca de la nostalgia…

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Originalmente, nostalgia (“nostos”, “algos”) quiere decir “regreso del dolor”. ¿Pero, de verdad, está ausente? ¿Dónde está si no? La ausencia del dolor es tan misteriosa como su retorno… ¿De dónde vuelve? Inicialmente, la palabra describía una cura. La gente que volvía a casa, después de extrañarla de forma especialmente intensa, sanaba. Era la enfermedad de los que añoraban volver.
En nosotros ocurre lo contrario. No buscamos. Aguardamos. Ni siquiera esperamos. Algo viene a nosotros, en contra de nosotros, nos encuentra y, en lugar de curarnos, nos abre una herida o, más bien, la punza suavemente, dolorosamente, con dedos finos, tiernos, de mujer.
¿A dónde queremos volver? ¿Cuál es nuestro hogar en el espacio desmesurado de la vida?

Más acerca de Adorno y la poesía

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Cuando los poetas escuchan la frase de Adorno, según la cual escribir después de Auschwitz es barbárico, tienden a ironizarla o a rechazarla de tajo. Poetas tan eminentes como Zagajewski o Szymborska han caído en esta banalización. A una sensibilidad acostumbrada a la función expresiva y catártica del lenguaje, le resulta imposible de asumir el que alguien pretenda cuestionar su instrumento. Asumen que se trata, bien de un momento de desesperación nihilista o bien, de la candidez de un filósofo que no es artista. La fe en su arte (que a veces es de una candidez desarmarte) les impide mirar la vastedad del problema. En realidad, no hay en la declaración de Adorno, sólo una crítica a la cultura escrita, a la técnica literaria, sino y sobretodo, a la razón misma, en su función instrumental (técnica, no reflexiva), de la que la escritura literaria es, apenas, un producto, igual que las demás artes.

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