Acerca del actuar

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Una de las lecciones más tempranamente aprendidas para la vida, me la dio Heidegger en su célebre Carta sobre el humanismo.
 
Allí, desde la primera línea, cuestiona que el actuar deba juzgarse por su utilidad. Para él, actuar es más bien un “desplegar” en “la plenitud de su esencia”, un producir, que no se hace con miras a lograr un efecto.
 
Esto es, se actúa por una necesidad ineludible, insoslayable, que se confunde con nuestro modo originario de ser, independiente de su resultado o de sus consecuencias.
 
Se actúa porque, de no hacerlo, se va en contra la esencia de uno mismo. ¿Una esencia construida u originaria? No importa, en cuanto se sepa que se actúa “acorde” a ella. A eso se llama ser consecuente…
 
Por eso, escribo por una razón menos pueril que la fama o la aceptación ajena. Amo sin esperar correspondencia. Ayudo sin que el aplauso me mueva a ello. Grito a la cara de los verdugos y de los políticos, porque de no hacerlo negaría la dignidad que hay en mí.
 
Tal vez a los que mueve el aplauso, no sean en su esencia más que eso: histriones.
Ese actuar “acorde”, debe sentirse como Bardamu, el personaje de Celine: “Así fueran novecientos ochenta millones contra mí solamente, serían ellos los equivocados y yo quien tendría la razón”

Todavía más acerca de la poesía

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Hay una frase que atribuyen a Luis Aragón: “La poesía no quiere ser”. Es decir, la poesía es una lucha con las palabras. Al mismo tiempo la declaración: “La poesía quiere ser”, también es cierta. La poesía aparece por sobreabundancia. Es una válvula de escape, catarsis. El ser, de pronto, se torna insoportablemente lírico.

En el primer, caso corresponde a la poesía reflexiva, que está emparentada con la filosofía. ¿Qué es la filosofía? Es un ejercicio de análisis, de separación, de examen. Pero cuando se hace poesía, lo es de síntesis. Ya no el sistema de lo que sabemos, sino el verso que lo resume, lo aúna, lo profundiza, todo. Así entendía Russell las declaraciones de la mística. En cuanto a la segunda proposición, es la poesía lírica, más libre, que se dice como si se buscara aire, como si se tratara de ascender o como si se derramaran, a pesar de uno, las palabras. No importa tanto el sentido como el canto: hablo y esa musicalidad impide un desplome negativo o positivo del ser. Continúa leyendo Todavía más acerca de la poesía

Las preguntas

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Toda pregunta es una vida, quiero decir, toda pregunta compromete la totalidad de la vida de quien inquiere. Mi pregunta fue el Silencio. Mi pregunta es la vida. Toda verdadera pregunta moviliza la historia del individuo. Eso es el pensamiento. No amor al conocimiento, sino a la duda. Duda, quiere decir en latín “vacilar entre dos cosas”. El pensamiento es amor por lo incierto.

El amor es pasión por lo incierto. La escritura también.

(Antes de trasladarse a Pérgamo y a Alejandría, la obra de Aristóteles permaneció oculta en la ciudad turca de “Scepsis”, que quiere decir “duda”, “examen” en griego. Esto es, la obra de uno de los más grandes pensadores de occidente permaneció en este interregno, en esta ciudad que, a través de la historia, cambió varias veces su lugar de asentamiento).

Toda pregunta se dirige al momento en el que aceptamos que no hay respuesta.

Ese momento, que tardamos en alcanzar una vida, nos colma, como si fuera la más clara de las respuestas.

La arquitectura del silencio

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Aitor Ortíz
¿Por qué los hombres erigen lugares para resguardar el silencio? ¿Por qué cavan oquedades en el mismo silencio del mundo, al que no consideran lo suficientemente callado?
 
Tal es lo que moviliza el silencio en la conciencia del hombre, tal es la impresión de misterio que suscita, que se construyen estanques para contenerlo, para disponer de él.
 
Son construcciones que se alzan en el vacío.

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El desierto

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Desierto viene del latín “Desertus”, que quiere decir “abandonado”. Abandonado, a su vez, proviene de una expresión francesa del siglo XII “laisser a bandon”, “dejar en manos de cualquiera”, aún de nadie.

El desierto es algo a lo que damos la espalda. Lo que queda tras nosotros es la aridez de la vida.

Paraje de soledad, propicio al silencio, al diálogo con nadie, sin uno mismo; al diálogo con la vasta extensión cambiante. Jardín calcinado siempre en movimiento. Continúa leyendo El desierto

Luciérnagas

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Existen en portugués dos formas de decir luciérnaga. Ciro, me recuerda la más bella: “vaga-lume” luz vaga. Vago quiere decir: errático, sin rumbo.

Luz vaga es el dibujo que traza el destino del hombre en la existencia; la intermitencia de su conciencia; la mano que traza símbolos en el papel; los sentidos que toman esas letras en el tiempo; la vida que parpadea antes de desaparecer.

 

Sobre la imposibilidad del silencio

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(Gregorio Cuartas – Paisaje)

 

Los místicos suelen recomendar el Silencio. Pero acaso el hombre no esté hecho para soportar el silencio. La forma de ser de su conciencia es activa. De ahí que, al encerrar a un hombre en una cámara anecoica, sin ruido, la conciencia busque desesperadamente un sonido. El primero que encuentra, el único, es el de su propio pulso. Prolongar esta experiencia, puede llevarlo a un colapso, por cuanto su conciencia está proyectada hacia afuera, por cuanto su labor es organizar los estímulos e interpretarlos. Esa privación sensorial repentina equivale a las luces altas de un vehículo en medio de una carretera: el silencio deslumbra, ciega, paraliza.

A él, se debe descender como por una escalera, no como arrojándose para ahorrar tiempo. Y aún ese silencio que se experimenta no es el definitivo, el de la sordera (el de la muerte). Ese silencio es soportable solo porque se trata de la pausa entre un sonido y el siguiente. En el silencio se vive de la esperanza de que va a terminar en algún momento. Toda experiencia prolongada amenaza el pequeño el equilibrio nervioso que somos.

¿A quién pertenecen las palabras?

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¿A quién pertenecen las palabras?
Quizás al poeta, pero de una manera especial, porque no dispone de ellas.
Son del más acaudalado de los hombres (del que mayor número de palabras conoce), pero no puede disponer de su fortuna, porque nunca es suya, porque nunca está completa a su mirada (mientras la vista es inmediata, el lenguaje transcurre en el tiempo).

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Sobre la agonía

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A menudo, se olvida que el muro de Berlín, consistía en dos muros. Uno, que lindaba con la parte occidental; el otro, que empezaba más atrás, en la zona oriental. En el medio de ambas estructuras había un espacio lleno de obstáculos. Durante la primera guerra mundial, al espacio devastado entre dos trincheras enemigas, se le llamaba tierra de nadie. Al espacio entre los dos muros, también. En la vida de cada hombre, ese espacio es llamado agonía. Agonizar, según la etimología griega, es luchar. El que agoniza está escindido entre su deseo de vivir y el declive del cuerpo. Por eso el moribundo, en aparente contradicción, aunque consiente de su declive, elabora planes para el futuro.

Para Spinoza (ese inventor delicado de Dios), no había tal contradicción, al menos en el hombre libre, en el hombre sabio que sólo tenía la vida por delante (en ello, se opone a Rilke y Borges, que también meditaron sobre el hombre). Me conmueve, hasta lo indecible, lo que dice la proposición XLVII de su Ética:

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