La desolación y la rabia

“[…] somos por fin la soledad buscándose a sí misma”

Luis Arturo Restrepo

Hay una fotografía tomada por Jesús Abad Colorado, en la esquina de un caserío rural.  Una calle estrecha, de tierra. A la derecha, se alza una hilera blanca de casas. A la izquierda, la línea elevada del monte con maleza. Sobre la acera, tres niños miran al frente. Uno de ellos, a la cámara del reportero. Tres adultos alcanzan a distinguirse. Un pequeño perro, desolado, da la espalda a la escena. En la calle hay dos volquetas. Sobre una de ellas se ven cinco cuerpos maniatados, asesinados.

10523731_10152603234795731_2892440487624063640_nEsa imagen es Colombia. El fotógrafo, otro testigo. Lo que produce la visión de la fotografía es compasión e ira, tristeza e indignación. Miedo. Esa reacción que conocemos tan bien desde niños los que habitamos aquí. Esa mezcla de sentimientos engendra la poesía de Luis Arturo Restrepo. Una poesía dura, desolada, tierna, meditativa, que mira hacia la realidad violenta y desamparada de la existencia. Que hace íntima la experiencia del desengaño, del silencio, de la impotencia y, a veces, de la insolencia que acompaña al testigo de los crímenes o de la desapacible contemplación de la vida. Porque todos los hombres son testigos, pero pocos asumen, sienten tan íntima esa urgencia de contar, de transformar su dolor, su rabia, en algo que hable a los otros. La primera víctima de la guerra es el lenguaje. El horror lo paraliza. Lo banaliza. La muerte lo fulmina. Los poetas padecen la necesidad dolorosa, apremiante, liberadora de hablar.

58379342_2271416033124924_7382962903952916480_nLa poesía de Luis Arturo, además de intensa, es también culta. En el sentido en que mantiene un diálogo abierto con la tradición y los contemporáneos. Toma poetas vivos o muertos como interlocutores. A su vez, mantiene una relación cuidadosa con las palabras: no es un grito inarticulado. Sino una obra que se sirve de la potencia del lenguaje para lograr su expresión. Poemas que, desde el conocimiento de la lengua, desde su aplicación, buscan sondear y expresar, también golpear, con mayor intensidad la experiencia humana e individual de la vida. Mostrar su desencanto por la violencia y la cultura en la que le fue dado asumir.

En su obra hay una asunción de la pérdida. Un diálogo con los muertos. Un intento de acercarse a la experiencia de la maternidad. La insolencia del que ha visto demasiado y decide castigar, castigarse a sí mismo también, con la lengua.

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Sucia luz (Un libro de Luis Arturo Restrepo)

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En 1997 vio luz un libro en el que José Manuel Arango, tomando prestada una imagen de Lezama Lima, definió la poesía como una bailarina sonámbula. Era una definición inane, tardía. Después de la segunda guerra mundial, de las carnicerías atómicas o de los campos de concentración, el único baile posible es el que recuerda a los heridos o a los muertos; a los espectros trémulos que deambulaban por las calles de las ciudades devastadas por la radiación. Tal danza se llamó Butoh y tuvo su origen en el Japón de los años cincuenta.

El butoh es una representación oscura, que recuerda, por sus movimientos dislocados y sus gestos agónicos y de pavor, el horizonte calcinado de la vida, el sinsentido de la existencia (cuyos fundamentos y anhelos han sido arrasados), los cuerpos lacerados de los supervivientes. En ella, lo que queda de la vida, sus restos, se ponen en movimiento, y la esperanza que guardan los espectros es, como en el libro de Luis Arturo Restrepo (1983), una luz que no alumbra lo suficiente, una luz difusa, sucia, que no permite columbrar una salida, que no sirve para vivir o morir. Continúa leyendo Sucia luz (Un libro de Luis Arturo Restrepo)