Diario del incierto de Gabriel Jaime Franco

 

Franco

Antonio Tabuchi dijo que los heterónimos de Fernando Pessoa eran personajes y que la obra del portugués estaba a la altura de la de Shakespeare. Cada personalidad del portugués fue una creación singular, única, de un ser. Si es así, el poeta Gabriel Jaime Franco es uno de nuestros más grandes novelistas. Novelista de un único, pero inolvidable personaje: el que habla en su Diario del incierto. Su propia voz. Un hombre que duda, se interroga, sufre y habla con ternura y dolorosa, a la vez que festiva, ironía de sí mismo: “Estoy efectivamente malogrando mi vida. / Con todo soy optimista: no he dicho todavía que está malograda”

A la vez, sentimos que ese libro es el resultado de un ejercicio prolongado de lucidez, de honestidad, no de la ficción. ¿Miente, entonces, el poeta? ¿Miente el crítico? Juan Rulfo admitió, sin recelos, que la ficción era un camino para alcanzar la verdad. Era otro de los ecos de Hegel, según el cual el absoluto puede encarnarse en la obra artística. Un origen contrario, no desemboca en la contradicción. A través de un personaje puede uno decir quién se es. Ese hombre roto, inseguro, tierno que habla en sus páginas es Gabriel y encarna, al mismo tiempo, como pocos, al hombre moderno. ¿De qué se puede estar seguro en esta época de los antidepresivos y de la ansiedad? ¿En esta época en que la idea misma del hombre tambalea? Gabriel sufre por el conocimiento. No es impostado. Le preocupa realmente. Es una preocupación metafísica, tal vez nerviosa. Eso hace de él un verdadero pensador. Pero uno que es capaz de conmovernos. Hay páginas del Diario que se leen indecisos entre el dolor y la dicha por lo que dicen:

Es claro que estamos solos. / ¿Cuál es el sentido de este cielo, / de esta hermosa luz inolvidable, / de este aire que visito con dolorosa alegría? // ¿Quién nos hablará de esta hermosa y única luz / que se derrama sobre un país miserable?

[…]

Es difícil imaginar un amor más grande, o tan grande y triste apego, pues él sabía que iba hacia la muerte, y que después de ese suceso (que tampoco podría recordar), ya no habría / nada, / nada, / nada. // Quizás por ahí esté el sentido / de esta hermosa luz inolvidable, / de este aire que toco y que me toca, / de estos árboles, // de tu boca / y las seis de la tarde // de esta misteriosa ambición de libertad. / ¡Oh, Dios!: es como si hubiera un alma”

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