Leer en la cárcel

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Desde la cárcel Bellavista, los jóvenes lectores que buscan rehabilitarse, preguntan con insistencia cómo nos sentimos entre ellos. Esa pregunta me conmueve. Yo los siento humanos y me siento cómodo en su compañía. Su duda es honesta. Sus ojos son grandes, interrogativos. Son conscientes del estigma social que implica estar en un centro penitenciario. Es seguro que también sintieron miedo al entrar allí por primera vez, y por eso tratan con benevolencia al visitante. Están deseosos de contacto humano, de entablar diálogo, de demostrar que su voluntad de cambio es verdadera. Pero no se engañan. Saben que lo suyo es una lucha. Luchan por conocerse. Nadie que no se conozca a sí mismo, dicen, puede rehabilitarse. Aunque, al principio, pueda asustar el hecho de que todos hablen al unísono, la verdad es que se apoyan en grupo. Esa misma premisa del autoconocimiento es una piedra angular en la filosofía. Nadie que no se conozca, que no se gobierne a sí mismo, puede entender, gobernar a los demás.

Lo más conmovedor es que leen. Continúa leyendo Leer en la cárcel