Acerca del actuar

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Una de las lecciones más tempranamente aprendidas para la vida, me la dio Heidegger en su célebre Carta sobre el humanismo.
 
Allí, desde la primera línea, cuestiona que el actuar deba juzgarse por su utilidad. Para él, actuar es más bien un “desplegar” en “la plenitud de su esencia”, un producir, que no se hace con miras a lograr un efecto.
 
Esto es, se actúa por una necesidad ineludible, insoslayable, que se confunde con nuestro modo originario de ser, independiente de su resultado o de sus consecuencias.
 
Se actúa porque, de no hacerlo, se va en contra la esencia de uno mismo. ¿Una esencia construida u originaria? No importa, en cuanto se sepa que se actúa “acorde” a ella. A eso se llama ser consecuente…
 
Por eso, escribo por una razón menos pueril que la fama o la aceptación ajena. Amo sin esperar correspondencia. Ayudo sin que el aplauso me mueva a ello. Grito a la cara de los verdugos y de los políticos, porque de no hacerlo negaría la dignidad que hay en mí.
 
Tal vez a los que mueve el aplauso, no sean en su esencia más que eso: histriones.
Ese actuar “acorde”, debe sentirse como Bardamu, el personaje de Celine: “Así fueran novecientos ochenta millones contra mí solamente, serían ellos los equivocados y yo quien tendría la razón”

Leer en la cárcel

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Desde la cárcel Bellavista, los jóvenes lectores que buscan rehabilitarse, preguntan con insistencia cómo nos sentimos entre ellos. Esa pregunta me conmueve. Yo los siento humanos y me siento cómodo en su compañía. Su duda es honesta. Sus ojos son grandes, interrogativos. Son conscientes del estigma social que implica estar en un centro penitenciario. Es seguro que también sintieron miedo al entrar allí por primera vez, y por eso tratan con benevolencia al visitante. Están deseosos de contacto humano, de entablar diálogo, de demostrar que su voluntad de cambio es verdadera. Pero no se engañan. Saben que lo suyo es una lucha. Luchan por conocerse. Nadie que no se conozca a sí mismo, dicen, puede rehabilitarse. Aunque, al principio, pueda asustar el hecho de que todos hablen al unísono, la verdad es que se apoyan en grupo. Esa misma premisa del autoconocimiento es una piedra angular en la filosofía. Nadie que no se conozca, que no se gobierne a sí mismo, puede entender, gobernar a los demás.

Lo más conmovedor es que leen. Continúa leyendo Leer en la cárcel

Un oficio de callada paciencia

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Spinoza se ganaba la vida puliendo lentes. Era un trabajo minucioso, repetitivo, discreto. Un trabajo que nos cuesta asociar al gran filósofo de Amberes, hasta que convenimos en que es un oficio de callada paciencia, similar al pensamiento. Así imagino sus mañanas. Las de ese delicado urdidor de definiciones, proposiciones y axiomas: hay unos pocos libros viejos sobre una estantería. La luz es fría en la ventana que no tiene cortinas. Los folios que no publicará en vida se acumulan en un rincón. Y él, que ya se encuentra enfermo, está puliendo y midiendo con la vista el cristal que sostiene entre la luz y los dedos.

Imaginar esas mañanas de minucioso trabajo me reconcilia con la filosofía.

No sé si todavía exista el oficio de pulir lentes. Sé que Carlos Ciro es de los pocos en los que todavía pervive el gesto, algo mecánico, algo abnegado, del filósofo judío. La escritura todavía es para él un trabajo manual. Una acción física sobre las palabras: buscarlas o esperarlas, ordenarlas, alumbrarlas o borrarlas. Sé que es un delicado pulidor que no trata de sacar brillo a su poesía, sino de aumentar su transparencia y su capacidad de penetración para la vista. Porque lo que quiere es que veamos. La poesía es un lente. Un instrumento de precisión que ayuda a mirar los objetos detalladamente. En el mejor de los casos, vemos mal. La mayoría del tiempo estamos ciegos. La poesía es, además, una herramienta que no busca llamar la atención sobre sí, sino sobre lo que mira. Es por eso que debe ser transparente. Continúa leyendo Un oficio de callada paciencia

Todavía más acerca de la poesía

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Hay una frase que atribuyen a Luis Aragón: “La poesía no quiere ser”. Es decir, la poesía es una lucha con las palabras. Al mismo tiempo la declaración: “La poesía quiere ser”, también es cierta. La poesía aparece por sobreabundancia. Es una válvula de escape, catarsis. El ser, de pronto, se torna insoportablemente lírico.

En el primer, caso corresponde a la poesía reflexiva, que está emparentada con la filosofía. ¿Qué es la filosofía? Es un ejercicio de análisis, de separación, de examen. Pero cuando se hace poesía, lo es de síntesis. Ya no el sistema de lo que sabemos, sino el verso que lo resume, lo aúna, lo profundiza, todo. Así entendía Russell las declaraciones de la mística. En cuanto a la segunda proposición, es la poesía lírica, más libre, que se dice como si se buscara aire, como si se tratara de ascender o como si se derramaran, a pesar de uno, las palabras. No importa tanto el sentido como el canto: hablo y esa musicalidad impide un desplome negativo o positivo del ser. Continúa leyendo Todavía más acerca de la poesía

Acerca de la sacralidad de la poesía

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Al ser filósofo, quisiera comenzar aclarando los conceptos, para que hablemos un lenguaje común. En ello, es Mircea Eliade el que nos guía.

¿A qué se llama profano? Al mundo natural, factico, real, que no remite a ninguna realidad trascendente. Es decir, a un mundo desacralizado, en donde las presencias metafísicas han sido expulsadas. ¿Qué literaturas caben allí? Las literaturas urbanas, esteticistas, el realismo (y su interés en lo social, que viene de la mano del materialismo), el naturalismo, el futurismo y su culto al fascismo y a las maquinas. La experiencia del hombre moderno es esa. Aunque en nuestro país la gente sea más bien crédula.

¿A qué llamamos sagrado? Lo sagrado es la realidad verdadera, que está digamos, por detrás del mundo, y que se manifiesta en algunos objetos. La gente experimenta lo sagrado como eso completamente distinto de la realidad, del mundo natural. Ese manifestarse, esa aparición es llamada hierofanía o revelación. Ese mundo real, por contraste al nuestro, es perenne y poderoso. ¿Qué literaturas nos hablan de él? Las sacras, las místicas, los mitos, el romanticismo, el simbolismo y cualquier literatura que o bien: descubre al mundo mismo como revelación o que nos habla de otra realidad más verdadera.

Bien, ¿Qué relación habría entre la poesía y lo sagrado?

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Diario del incierto de Gabriel Jaime Franco

 

Franco

Antonio Tabuchi dijo que los heterónimos de Fernando Pessoa eran personajes y que la obra del portugués estaba a la altura de la de Shakespeare. Cada personalidad del portugués fue una creación singular, única, de un ser. Si es así, el poeta Gabriel Jaime Franco es uno de nuestros más grandes novelistas. Novelista de un único, pero inolvidable personaje: el que habla en su Diario del incierto. Su propia voz. Un hombre que duda, se interroga, sufre y habla con ternura y dolorosa, a la vez que festiva, ironía de sí mismo: “Estoy efectivamente malogrando mi vida. / Con todo soy optimista: no he dicho todavía que está malograda”

A la vez, sentimos que ese libro es el resultado de un ejercicio prolongado de lucidez, de honestidad, no de la ficción. ¿Miente, entonces, el poeta? ¿Miente el crítico? Juan Rulfo admitió, sin recelos, que la ficción era un camino para alcanzar la verdad. Era otro de los ecos de Hegel, según el cual el absoluto puede encarnarse en la obra artística. Un origen contrario, no desemboca en la contradicción. A través de un personaje puede uno decir quién se es. Ese hombre roto, inseguro, tierno que habla en sus páginas es Gabriel y encarna, al mismo tiempo, como pocos, al hombre moderno. ¿De qué se puede estar seguro en esta época de los antidepresivos y de la ansiedad? ¿En esta época en que la idea misma del hombre tambalea? Gabriel sufre por el conocimiento. No es impostado. Le preocupa realmente. Es una preocupación metafísica, tal vez nerviosa. Eso hace de él un verdadero pensador. Pero uno que es capaz de conmovernos. Hay páginas del Diario que se leen indecisos entre el dolor y la dicha por lo que dicen:

Es claro que estamos solos. / ¿Cuál es el sentido de este cielo, / de esta hermosa luz inolvidable, / de este aire que visito con dolorosa alegría? // ¿Quién nos hablará de esta hermosa y única luz / que se derrama sobre un país miserable?

[…]

Es difícil imaginar un amor más grande, o tan grande y triste apego, pues él sabía que iba hacia la muerte, y que después de ese suceso (que tampoco podría recordar), ya no habría / nada, / nada, / nada. // Quizás por ahí esté el sentido / de esta hermosa luz inolvidable, / de este aire que toco y que me toca, / de estos árboles, // de tu boca / y las seis de la tarde // de esta misteriosa ambición de libertad. / ¡Oh, Dios!: es como si hubiera un alma”

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