Los grandes poetas

Vratko Toth

 

¿En qué reconozco a un gran poeta? En la fuerza con la que se impone en mi espíritu. En la escasa resistencia que puedo oponerle. En la obstinación con la que me habita, me hostiga, me seduce y reduce. Padezco su presencia. Si alguien sospechara que es una experiencia cercana al amor, acertaría. Pero el amor es el gozo de ser vencido. En tanto que, como escritor, pervive en mí el deseo de tomar revancha de la obra que me ha subyugado.

Obsequios

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Entre los objetos más preciados que un hombre puede recibir, está primero todo aquello que los amigos quisieran darnos y que no pueden. Atesoro esos imposibles como testimonio cierto, callado, de su amistad. Segundo, está un libro amado del que se desprenden. En él, viene una prueba de su aprecio, la tierna nostalgia de soltar, la esperanza de que el libro se acoja con la misma fuerza con que fue obsequiado y de que su lectura, al desbordarnos, nos haga igualmente generosos. Si todavía hay bibliotecas es porque los amigos son muy pocos. Podría pensarse que es acto de autoridad: “debes leer”. Borges sabía, no obstante, que sólo se regala lo que ya es del otro. Los grandes lectores nos conocen. Tienen grandes orejas de murciélagos. Saben qué libro falta en los anaqueles invisibles de nuestras búsquedas.

Armas de ataque

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Dos cosas podéis hacer antes de reventar. Bien, podéis contribuir a la ilusión general de un sentido o bien, podéis ser hostiles hacia todo lo que existe, dándole la misma realidad que los teólogos han dado al espejismo de Dios.

Sabed que, de cara a la verdad, estáis vueltos de espaldas. Su rostro inhumano os repele. Sólo es soportable el vacío que se deja nombrar. Y el vuestro os excede. Queda enfangaros en la aceptación o la denigración de las quimeras. Jamás habrá ninguna reconciliación.  Continúa leyendo Armas de ataque

La arquitectura del silencio

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Aitor Ortíz
¿Por qué los hombres erigen lugares para resguardar el silencio? ¿Por qué cavan oquedades en el mismo silencio del mundo, al que no consideran lo suficientemente callado?
 
Tal es lo que moviliza el silencio en la conciencia del hombre, tal es la impresión de misterio que suscita, que se construyen estanques para contenerlo, para disponer de él.
 
Son construcciones que se alzan en el vacío.

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El desierto

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Desierto viene del latín “Desertus”, que quiere decir “abandonado”. Abandonado, a su vez, proviene de una expresión francesa del siglo XII “laisser a bandon”, “dejar en manos de cualquiera”, aún de nadie.

El desierto es algo a lo que damos la espalda. Lo que queda tras nosotros es la aridez de la vida.

Paraje de soledad, propicio al silencio, al diálogo con nadie, sin uno mismo; al diálogo con la vasta extensión cambiante. Jardín calcinado siempre en movimiento. Continúa leyendo El desierto

Luciérnagas

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Existen en portugués dos formas de decir luciérnaga. Ciro, me recuerda la más bella: “vaga-lume” luz vaga. Vago quiere decir: errático, sin rumbo.

Luz vaga es el dibujo que traza el destino del hombre en la existencia; la intermitencia de su conciencia; la mano que traza símbolos en el papel; los sentidos que toman esas letras en el tiempo; la vida que parpadea antes de desaparecer.

 

Sobre la imposibilidad del silencio

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(Gregorio Cuartas – Paisaje)

 

Los místicos suelen recomendar el Silencio. Pero acaso el hombre no esté hecho para soportar el silencio. La forma de ser de su conciencia es activa. De ahí que, al encerrar a un hombre en una cámara anecoica, sin ruido, la conciencia busque desesperadamente un sonido. El primero que encuentra, el único, es el de su propio pulso. Prolongar esta experiencia, puede llevarlo a un colapso, por cuanto su conciencia está proyectada hacia afuera, por cuanto su labor es organizar los estímulos e interpretarlos. Esa privación sensorial repentina equivale a las luces altas de un vehículo en medio de una carretera: el silencio deslumbra, ciega, paraliza.

A él, se debe descender como por una escalera, no como arrojándose para ahorrar tiempo. Y aún ese silencio que se experimenta no es el definitivo, el de la sordera (el de la muerte). Ese silencio es soportable solo porque se trata de la pausa entre un sonido y el siguiente. En el silencio se vive de la esperanza de que va a terminar en algún momento. Toda experiencia prolongada amenaza el pequeño el equilibrio nervioso que somos.

¿A quién pertenecen las palabras?

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Toko Shinoda
¿A quién pertenecen las palabras?
Quizás al poeta, pero de una manera especial, porque no dispone de ellas.
Son del más acaudalado de los hombres (del que mayor número de palabras conoce), pero no puede disponer de su fortuna, porque nunca es suya, porque nunca está completa a su mirada (mientras la vista es inmediata, el lenguaje transcurre en el tiempo).

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Sobre la agonía

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A menudo, se olvida que el muro de Berlín, consistía en dos muros. Uno, que lindaba con la parte occidental; el otro, que empezaba más atrás, en la zona oriental. En el medio de ambas estructuras había un espacio lleno de obstáculos. Durante la primera guerra mundial, al espacio devastado entre dos trincheras enemigas, se le llamaba tierra de nadie. Al espacio entre los dos muros, también. En la vida de cada hombre, ese espacio es llamado agonía. Agonizar, según la etimología griega, es luchar. El que agoniza está escindido entre su deseo de vivir y el declive del cuerpo. Por eso el moribundo, en aparente contradicción, aunque consiente de su declive, elabora planes para el futuro.

Para Spinoza (ese inventor delicado de Dios), no había tal contradicción, al menos en el hombre libre, en el hombre sabio que sólo tenía la vida por delante (en ello, se opone a Rilke y Borges, que también meditaron sobre el hombre). Me conmueve, hasta lo indecible, lo que dice la proposición XLVII de su Ética:

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