La resistencia al cambio

En una ya clásica proposición, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein afirmó en 1921 que los límites del lenguaje eran los límites del mundo. Quiso decir que sólo aquello que puede ser traído por el lenguaje a la conciencia, tiene existencia y puede ser discutido. Por primera vez en la historia millones de seres humanos conocen el nombre de las diversas amenazas que se ciernen sobre ellos en tanto que especie. Por primera vez millones ya reconocen el nombre de su asesino. Algunos de esos nombres son calentamiento global, guerra bacteriológica, sequías, hambrunas, pérdida de la biodiversidad, deforestación, extractivismo, extermino político y étnico. Pero todos ellos, pueden resumirse en uno solo nombre: Capitalismo.

Al lado de estos millones de seres humanos que conocen el peligro y que luchan contra él, hay un número todavía mayor que lo ignora, lo niega, lo minimiza o se ve obligado a resignarse. La realidad es que unos y otros afrontan ya sus rigores. Y no depende de su voluntad o de su imaginación eludirlos. Miles han muerto y morirán. Los signos de devastación son alarmantes y, salvo una voluntad de autoengaño peligrosa y complaciente, no se comprende porqué se actúa tan poco.

Lo urgente ahora es educar, pero una educación rápida, que movilice a millones de personas. Una formación que enseñe a ver estos signos de devastación. Porque puede ocurrir que estén presentes sin que se tenga, por ello, la facultad de comprenderlos o, peor, porque se han terminado por naturalizarse o normalizarse. Al lado del furor consumista, crece la filosofía del capital. Un estoicismo moderno, que no invita a cambiar los hábitos de consumo, sino a soportar los rigores que se pudieran derivar de estos. El precio de una vida de comodidades no parece ser para ellos lo suficientemente alto.

Mark Fisher, el crítico cultural tan tempranamente desaparecido, ha dado el nombre de “Realismo capitalista”, a la facultad que tiene el capital, tras la aparatosa caída del comunismo soviético, de mostrarse como la única alternativa económica posible. De ahí que cada vez más personas se entreguen, sin culpa, al ímpetu del consumo, sin apenas pensar en las consecuencias que éste trae para el planeta. El crecimiento desmesurado de la ambición del sistema liberal, los niveles de explotación de los recursos del planeta, han llegado a ser incompatibles con la vida. No hay manera de sostener este ritmo depredatorio. Por eso el filósofo y activista Jorge Reichmann ha dicho que “el síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad recibe por nombre capitalismo”.

Para el sociólogo Max Horkheimer, existen dos usos posibles de la razón humana. Al primero lo llama Objetivo y es una reflexión en torno a los fines a los que es válido aspirar. Al segundo, lo llama Instrumental, porque se ocupa de resolver los problemas para alcanzar los fines. Es una razón práctica que privilegia el desarrollo de la técnica, sin pensar en sus consecuencias. Este último uso es el que está a la base de la cultura y desde el cual interpretamos la vida. Es también del que depende nuestro sistema económico, el capital. Por eso es ciego a sus propias aporías. Imbuido en su afán de crecimiento, de generación de riqueza, de delirio consumista, es incapaz de tomar en cuenta el daño que disemina a su alrededor. El planeta ya ha superado posibilidad de sostenernos. Aun así, hemos aumentado el ritmo de extracción.

El capital es como un pescador que no supiera nadar y que ha dañado su barca por un uso excesivo. Se hunde, pero no quiere dejar a los peses que tiene en las redes. Son pocos y pequeños. Ya los ha consumido casi todos. Pero antes de que el agua le llegue a la frente, lanza la red por última vez.

Al imperativo de educar, de dar a entender las razones del deterioro del planeta, se une la necesidad de considerar de nuevo nuestra relación con el cambio. Éste debe ser posible de nuevo en la imaginación de la gente.

El concepto de cambio es, cierto sentido, ajeno para gran parte de los hombres. Viven en una relación inmutable y cómoda con el presente. El concepto les resulta extraño porque las coordenadas interpretativas por las cuales son capaces de orientarse y de comprender el mundo, les vienen de la cultura, que es el acervo de saberes, producciones y prácticas que definen a una comunidad y también el grado de desarrollo espiritual que han alcanzado. Por eso tienden a pensar que las coordenadas son fijas y miran con sospecha que puedan cambiar. No importan los numerosos ejemplos de principios y prejuicios científicos, económicos, morales, artísticos o políticos que han sido superados o desechados.

¿Pero cuánto tiempo puede sobrevivir una cultura sin cambio, sin que sus fuerzas reflexivas activas en su seno, redefinan sus relaciones con el pasado y con lo nuevo? Tal vez muchos algunos siglos, hasta que su horizonte se agote, como nos ocurre a gran parte de nosotros.

Una cultura está viva cuando todos sus conocimientos, pasados y presentes, se implican de tal manera que son capaces de concebir otros nuevos y de justificarse a sí mismos. La cultura es así un diálogo de saberes que se movilizan los unos a los otros, repitiendo el movimiento interior del espíritu humano, cuya progresión, llamada pensamiento, no se detiene jamás, a no ser por la muerte.

La negativa al cambio es una forma de muerte.

Esa muerte, esa inacción es la que estamos llamados a dejar atrás. La imaginación es todavía posible. Es nuestro primer activo en relación a las fuerzas que pretenden negar la vida. Lo nuevo sólo puede venir de una cultura que se entienda ella misma como cambiante. ¿Hacia dónde? No hacia lo inmediato, lo pasajero o lo interesante tal como pretende hacerlo sentir la sociedad del consumo, sino hacia aquello que tiene una duración, que implica una reflexión profunda sobre la vida humana y su posibilidad misma.

Algunos creen ver en esto un interés puramente egoísta, antropocentrista, pues el ser humano quiere salvar al planeta porque su especie está en peligro. Y lo es. Pero ese miedo, ahora mismo, nos puede ser útil y movilizar la solidaridad entre los hombres, creando redes de cooperación donde antes había aislamiento. Es lo que ocurre en cada catástrofe, que la gente es capaz de sacar lo mejor de sí para ayudar al otro.

Así, uno de los objetivos de la educación, debería ser el de retratar la dimensión del daño y de la amenaza a los hombres, pero también el de despertar la conciencia al misterio que encarna la totalidad de vida en el planeta. Somos ciegos a la profunda maravilla de lo que estamos perdiendo. Inmersos en la virtualidad, atrapados en sórdidas ciudades industriales, oscurecidas y envenenadas por la polución, acostumbrados a la homogenización que facilita la producción y el consumo, desconocemos la riqueza, la extrañeza y la diversidad del planeta y los seres que comparten el espacio con nosotros.

Algunos, llevados de la desesperanza de nuestra situación, dan un paso más y confunden el mundo con su historia, y a la ceguera para la belleza, se une el nihilismo: la negación completa de la vida y de la acción para salvarla.

Ese peligro ha sido retratado por Albert Camus. Para él, el hombre rebelde, y el artista también lo es, es aquel que coloca un límite a una situación, aquel que puede decir No. Pero no una negación completa, que lo impugne o lo destruya todo, sino aquella que sea capaz de rechazar tanto la realidad adversa como la pasión por la nada, que es esterilizante. Una negación que halle el equilibrio, que crea en el cambio desde lo que merece ser salvado: la belleza de la vida y la dignidad de los seres humanos.  Para Camus, tanto el revolucionario, como el artista, deben ser, ante todo, creadores, de civilización o de obras. Sabe la dificultad que encarna la creación en los tiempos actuales, pero sólo puede apostar a ella, como una manera de salvaguardar lo que todavía nos mantiene con vida y hace la vida digna de vivirse.

Otro que también llamó al cambio de las condiciones sociales fue Henry Thoreau. Lo hizo desde un llamado a la desobediencia civil. Sabiendo que de lo único que no puede esconderse el hombre es de su propia conciencia, Thoreau se negó a pagar impuestos que financiaban una guerra que consideraba injusta. Por eso fue encarcelado. Es famoso el episodio que ocurrió en el penal. Emerson, el filósofo y poeta, lo visita y le pregunta: “Henrry ¿cómo es que estás aquí?” Thoreau le responde de manera punzante y suave, como es propio de la amistad: “Waldo, ¿cómo es que tú no estás aquí? Increpando, con esto, a la conciencia de uno de los más grandes pensadores norteamericanos.

Ahora que hay activistas ambientales amenazados de muerte por doquier, ellos tienen el derecho a preguntarnos si hemos hecho lo suficiente, si estamos a la altura de su valor. Y su pregunta sonaría de esta manera ¿Cómo es que a ustedes no los han amenazado aún?

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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