Leer en la cárcel

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Desde la cárcel Bellavista, los jóvenes lectores que buscan rehabilitarse, preguntan con insistencia cómo nos sentimos entre ellos. Esa pregunta me conmueve. Yo los siento humanos y me siento cómodo en su compañía. Su duda es honesta. Sus ojos son grandes, interrogativos. Son conscientes del estigma social que implica estar en un centro penitenciario. Es seguro que también sintieron miedo al entrar allí por primera vez, y por eso tratan con benevolencia al visitante. Están deseosos de contacto humano, de entablar diálogo, de demostrar que su voluntad de cambio es verdadera. Pero no se engañan. Saben que lo suyo es una lucha. Luchan por conocerse. Nadie que no se conozca a sí mismo, dicen, puede rehabilitarse. Aunque, al principio, pueda asustar el hecho de que todos hablen al unísono, la verdad es que se apoyan en grupo. Esa misma premisa del autoconocimiento es una piedra angular en la filosofía. Nadie que no se conozca, que no se gobierne a sí mismo, puede entender, gobernar a los demás.

Lo más conmovedor es que leen. Algunos de ellos, llegaron escasamente alfabetizados a la cárcel. – ¿Jóvenes que no saben leer? – me dice un buen amigo. – El que debería estar preso es el estado – Comparto plenamente su opinión, porque sé que la lectura y la escritura no sólo nos permiten dar un sentido amplio, complejo, al mundo, sino sobre todo un sentido a nosotros mismos, una orientación. Ambas, son las herramientas del autodescubrimiento y de la construcción de sí mismo. Ellos encaran lo que han hecho o no. Son conscientes, quizá como ninguno de nosotros, de su propia persona. Por algo están allí.

Hay un cuento de Chéjov en el que un psiquiatra recién llegado a un hospital empieza a frecuentar el derruido pabellón de los enfermos mentales. Como nadie se ocupa de él, el resto de funcionarios empiezan a mirar con sospecha al médico, hasta que concluyen de manera maliciosa que debe estar loco y lo dejan confinado. “La sala número seis” se llama. Siempre me encantó ese relato por lo que dice. Interesarse en otro trae consecuencias insospechadas.

Y es que el hombre está volcado hacia afuera. Lanzando mensajes, como un náufrago. Por eso, Hugo Mujica dice que uno se deja elegir por los amigos. Es decir, que uno acepta la amistad que ellos proponen. Así también ocurre con los libros. Paul Celan, dice que es como arrojar una botella al mar. Alguien se deja alcanzar. A veces, ocurre que el lector lanza, a su vez, su botella y el escritor, si no es torpe, se deja alcanzar. Ambos encuentros son hermosamente azarosos. Ninguno de los dos sale indemne. El hecho de que un libro toque a un lector es profundamente misterioso. Escuchar el testimonio de un lector conmueve. Dos que se han dejado elegir, esos son el lector y el autor. Una amistad que surge de una tercera cosa: la literatura. Ella teje puentes imposibles. Conduce a destinos insospechados…

Toda amistad, todo diálogo no premeditado, es insospechado. Eso lo dijo también Gadamer. Que en un diálogo verdadero ambos hablantes se dejaban llevar… En ese dejarse llevar hay confianza. ¿En qué? En la vida, en el diálogo, en lo que se ha escrito. Por eso, me sentí cómodo entre los jóvenes lectores de la cárcel. Y han tenido un gesto hermoso. El primer cuento de mi primer libro de relatos habla de un elefante que le regalaron al Papa en 1504. Pues bien, me han obsequiado un pequeño elefante…

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Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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