Armas de ataque

Entrenamiento-con-bayoneta-1916.-Primera-Guerra-Mundial

 

Dos cosas podéis hacer antes de reventar. Bien, podéis contribuir a la ilusión general de un sentido o bien, podéis ser hostiles hacia todo lo que existe, dándole la misma realidad que los teólogos han dado al espejismo de Dios.

Sabed que, de cara a la verdad, estáis vueltos de espaldas. Su rostro inhumano os repele. Sólo es soportable el vacío que se deja nombrar. Y el vuestro os excede. Queda enfangaros en la aceptación o la denigración de las quimeras. Jamás habrá ninguna reconciliación. 

La vida carece de fundamento. He ahí una verdad desde la cual comenzar o desde la cual postrarse y gemir, según vuestro temperamento. No olvidéis, sin embargo, que ninguna decisión es realmente importante. Tanto si gemís como si decidís avanzar, el resultado será el mismo: la muerte. En ambos casos sobreviene la deshidratación, por exceso de llanto o de sudoración. La contribución a la cultura, ese pobre sucedáneo de la inmortalidad, es sólo un plato de migajas que alguien os arroja desde los festines de la eternidad, y vosotros no sois perros para lamerlas. No reculéis por ello. Hay cosas peores que vagar sin un sentido, como trabajar por un sueldo o para manteneros vivos.

Durante demasiado tiempo todavía, la insidiosa esperanza os fastidiará con su molesta presencia. No hagáis caso de ella, que, entre los griegos, fue subterfugio de dioses para prolongar la agonía de los hombres. Su origen es inhumano.

Nadie está llamado a colaborar activamente en su propia perdición, pero sabed que es inexorable. No lo dudéis. Todos los días contribuís, aún sin saberlo, a hacer más honda vuestra fosa. Conservad, sin embargo, vuestro ánimo: no hay dioses, el desierto gana un palmo de tierra cada día, y vuestra soledad aumenta. Seguid trabajando.

Sabéis que el asco y la ira son sentimientos aglutinantes. Hacen bien a la cohesión del espíritu, pero te alejan sin remedio de los semejantes. He ahí una disyuntiva: participar de la especie y sucumbir por la piedad o exacerbar vuestra misantropía y dejar que la soledad os mine con su presencia.

Halados de la vanidad, dais vueltas en torno a la fama, no como cazadores, sino como carroñeros. Recordáis un espectáculo risible y dantesco. Dais pena. El cadáver sobre el que os inclináis no está fresco. En esta época paupérrima ya sólo quedan huesos. Si estuvierais a la altura de vuestra pretendida grandeza, ignoraríais las sobras e irías a morir egregiamente resguardando con dignidad vuestro vacío.

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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