El lenguaje y su sombra

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La palabra nunca está sola. La sigue el silencio, su sombra. Respecto al lenguaje, el mundo incide de costado en él, nunca en el cenit. Nunca lo suficientemente arriba para impedir la proyección oscura. No hay un medio día en el lenguaje. No hay palabras transparentes a través de las cuales pase la luz. Sólo el silencio carece de sombra.

Las voces humanas

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Jan Miense Molenaer

 

El rastro sonoro de los hombres, su huella de ruido en el silencio del mundo. Su lapo repugnante en el oído, tan similar al zumbido, al sonido resultante de los enjambres de abejas. Un rumor producido por el rápido movimiento de las alas o de la reiteración de las voces humanas.

Ni siquiera el sonido inarticulado de los animales, puede resultar tan desasosegante como la palabra de los hombres. Ni siquiera la llamada de celo, la expresión de regocijo o agonía de los otros seres es tan repulsiva como en los humanos.

Añoro el silencio de los vegetales, no el de los minerales. Añoro el silencio que hay en la vida.

The Altar boy (Translated by Steven Gómez)

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When the senility of Monsignor Alberto Jaramillo Loaiza had taken its toll, the old priest, head bishop of Medellín, became fascinated with an ape, an orangutan from Borneo.

The year was 1935. Monsignor was 62. He slept very little at night. He felt tired. Restless. His diet was frugal, and left him unsatisfied. The old priest swapped his readings from the Bible for the volumes of Pliny’s natural history and Virgil’s Eclogues. He fell asleep during services and complained about the cold all day. He had a sister and a cousin. He spent his days at the Metropolitan Cathedral, which came into operation four years ago. He felt a strange longing for the imperial grandeur of Rome. Continúa leyendo The Altar boy (Translated by Steven Gómez)

About my Father (Translated by Steven Gómez)

 

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That’s how the days went. I had nothing to wait around for, but I shared in the wait of the others as they stood by the sidewalk; inexplicably happy when they were called upon. Afterwards, knowing that there was no way anyone would notice me, I retraced my steps back home, slightly bewildered by their joy.

It was the cold season and, perhaps because of that, the days were short in Yelnia. My mother smoked over the stove, so placidly that she almost seemed to be dreaming. She sweetly opened her beautiful eyes, then slowly closed them; it was her way of saying hello. I left her to enjoy her cigarette, and went into the room where the kids were asleep, next to the man who became my father. I took off my shoes, gazed at the photo of my grandfather, and, shifting some legs aside, I laid down to sleep among the three of them.

Back then, clouds were ­–or seemed to be– white streaks on a chalkboard erased by a kid’s hand at the end of a school day. I’d stick my head out the window to watch the line of ragged-looking people that ran from the corner to the large municipal building. Every now and then, one of the men would recognize me from afar and wave, so I’d walk down and stand with him until he was allowed to enter the building, at which point I would wish him good luck and return home, from where I watched him drag along a worn-out sack that everyone else gazed at. Continúa leyendo About my Father (Translated by Steven Gómez)

Acerca de mis libros

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Lo que escribo está solo, y son palabras de soledad. Quiero decir, son libros huérfanos, incluso de palabras. Hay más espacio en blanco que palabras. Éstas existen contra el silencio del libro. Aún así, hablan en voz baja. Son escritas por un solitario y para solitarios. Para iniciarlos en la intimidad. El libro no es un ser, por eso es un extraño diálogo con nadie, la inverosímil conversación con quien no existe, pero aún así nos habla. Al terminar un libro siento su orfandad, la falta que ya me hace. Imagino esa orfandad a nivel del mundo. Estoy en él, pero me falta todo, como si no existiera o como si fuera póstumo y el mundo hubiera desaparecido. Esa es la soledad atraviesa lo que escribo.

Declaración

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A medida que envejezco, siento que entro en la vida. No que me alejo de ella. Quiero decir, siento que cada vez tomo más conciencia de cada cosa que existe. Como si entrara en un sitio en el que lo reconozco todo. Incluso los espacios vacíos. De ahí surge la intimidad con las formas, aún con las del misterio, que renuncio a descifrar. Es como tomar la vida y apretarla en las manos, sabiéndola mía. Pasajera y mía.
 
La vida en su desmesura, en su dolor y en su paz.