La Bisagra o la escucha

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Aunque el lenguaje no sea propiedad del hombre, parece que el silencio si le pertenezca. Si no siempre encuentra las palabras adecuadas, siempre puede refugiarse en el silencio, que es suyo desde el vientre materno.

Hugo Mujica dice que el diálogo sólo ocurre si uno de los dos interlocutores sabe callar, esto es, si alguno puede escuchar, si puede dar la palabra al otro. Dar la palabra no significa sólo dejar que el otro hable, sino estar en disposición de escucharlo, de comunicar después cuanto dijo. Sólo escucha el que sabe acoger. Aquel que se deja hablar, como Gadamer gustaba de afirmar.

 

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Sobre la imposibilidad del silencio

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(Gregorio Cuartas – Paisaje)

 

Los místicos suelen recomendar el Silencio. Pero acaso el hombre no esté hecho para soportar el silencio. La forma de ser de su conciencia es activa. De ahí que, al encerrar a un hombre en una cámara anecoica, sin ruido, la conciencia busque desesperadamente un sonido. El primero que encuentra, el único, es el de su propio pulso. Prolongar esta experiencia, puede llevarlo a un colapso, por cuanto su conciencia está proyectada hacia afuera, por cuanto su labor es organizar los estímulos e interpretarlos. Esa privación sensorial repentina equivale a las luces altas de un vehículo en medio de una carretera: el silencio deslumbra, ciega, paraliza.

A él, se debe descender como por una escalera, no como arrojándose para ahorrar tiempo. Y aún ese silencio que se experimenta no es el definitivo, el de la sordera (el de la muerte). Ese silencio es soportable solo porque se trata de la pausa entre un sonido y el siguiente. En el silencio se vive de la esperanza de que va a terminar en algún momento. Toda experiencia prolongada amenaza el pequeño el equilibrio nervioso que somos.

¿A quién pertenecen las palabras?

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Toko Shinoda
¿A quién pertenecen las palabras?
Quizás al poeta, pero de una manera especial, porque no dispone de ellas.
Son del más acaudalado de los hombres (del que mayor número de palabras conoce), pero no puede disponer de su fortuna, porque nunca es suya, porque nunca está completa a su mirada (mientras la vista es inmediata, el lenguaje transcurre en el tiempo).

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