Un hospital en Kiev

Chernovil (2)Querida Olga:

 Si te dejan entrar, tendrás que abrir todavía otra gran puerta. Tras el mostrador, que hallarás a tu derecha, aguarda siempre una enfermera militar junto a dos soldados. La habitación estará llena de campesinos que han llegado desde muy lejos para traer a sus enfermos o esperar noticias de ellos. Junto a la enfermera, se abre otra puerta que da a una enorme sala con pacientes. Tendrás que atravesarla para hallar unas escaleras desvencijadas que llevan al último piso.  En él, te abrirás paso entre las camillas y pacientes que llenan el corredor principal. Al fondo se abre una ventana. A la izquierda, hay una puerta.

  Tras la puerta, estoy yo.

Ohle, comparte la habitación conmigo, agoniza a mi lado. Tiene siete años. Está sentado sobre el camastro y mira sus pies. Está aturdido por la radiación de la mañana. Está a punto de perder el sentido o de trasbocar. A veces nos miramos, pero temo traicionarme, que, a través de mis ojos adivine su destino.

Ya no soy el hombre que conociste. Hace tiempo que no logro escribir o leer un solo poema. Mi vista se debilita. Estoy tan cansado. Hoy ha venido Viktor, uno de los enfermeros. Le he pedido lápiz y papel.

Debes saber que el niño también va a morir. También él tiene cáncer. ¿Conoces la simetría, el anhelo de equilibrio entre los griegos? Bien, también ese anhelo está aquí. Nuestro destino es el mismo, pero él morirá primero. Odio la proporción. Detesto la justicia. Execro la solidaridad entre los hombres que promulga El Partido. Ohle debería crecer.

  Los médicos vienen una vez por semana. Le ayudan a ponerse en pie y lo llevan por el corredor hasta la sala de radioterapia. Allí, sobre la mesa, espera muy quieto a que una maquina despliegue sus movimientos de insecto que hila una red alrededor de su cuerpo. Sólo Dios sabe si el sonido le asusta. Si, cuando está bajo la máquina, hace algo más que prestar oídos y atención a eso inhumano y sordo que lo circunda y que promete su cura. ¿De qué tamaño es la esperanza frente a esa máquina fría? Las enfermeras lo tratan con la misma distancia que podrían tratar a un desconocido. La soledad es una sala de procedimientos vacía.

  La mañana del accidente, no estábamos cerca de Chernóbil. Estábamos en la ciudad, pero me abrazaba a tu cuerpo. Es verdad que salimos a la plaza de la ciudad, cuando vimos las columnas de fuego, el reflejo de las llamas contra el cielo y el paso de los bomberos en dirección del incendio. Pero salimos de la población cuando los soldados lo ordenaron. No preguntamos mucho. Existe el ingenuo prejuicio de que, si se siguen las instrucciones, nada puede salir mal. Ahora todo ha salido mal. Durante años, vimos enfermar a nuestros vecinos, supimos de los embarazos frustrados, de los nacimientos de seres pavorosos y tiernos, pero tratamos de continuar con esa fe ciega en que los otros eran víctimas de la mala suerte y no de la necesidad. Los casos de cáncer se multiplicaron desde la fusión.

  Sabes, que mi deterioro, fue rápido. Primero, la fiebre, la pérdida de fuerzas, los mareos. Después, la dificultad para tragar, gracias a la cual, descubrieron el tumor creciendo en el esófago, alimentándose de los mismos nutrientes que la vida. Un abultamiento tan extraño y al mismo tiempo tan natural, tan mío, que aún hoy me resulta difícil de aceptar que mi cuerpo haya producido lo que me está matando.

Me trajeron al norte de Kiev. Desde entonces, ya no pudimos vernos. Te adivino sola en nuestra casa, al pie de la estufa. Adivino tus labios. Anhelo tu calor. Tu risa al acariciarnos. La sabia firmeza con la que guiabas mis manos a través de tu cuerpo. Querida Olga, me radiaron semanas antes de la cirugía. Me inyectaron químicos tan fuertes, que mi carne hervía por la fiebre. Y pareció servir. Servir hasta hace un par de meses que, de nuevo, ha surgido el tumor. Ahora se ha diseminado por todo el cuerpo. Metástasis le llaman a este proceso de infestación. Desde entonces el deterioro ha sido sostenido, aunque con breves periodos de remisión.

  A veces extraño mi antigua capacidad de echarme a perder por voluntad propia. Despertarme después de una noche de copas. Comer hasta sentir el malestar de la hartura. Tentar a la suerte en los abismos que nos gustaba sortear al escalar las montañas. Una de las enseñanzas de la enfermedad consiste precisamente en eso, en descubrir los límites de lo que puedo hacer. Por mucho que ruegue a mi cuerpo estar sano, esta suplica es siempre desatendida.

Querida Olga, ver otros cuerpos enfermos no procura alivio. Tampoco resignación. Por el contario, nos sume en el terror de lo que nos espera. ¿Cuánto debían odiar o temer los griegos y los pintores del renacimiento a sus contemporáneos, para pintar en sus frescos o grabar en la piedra una perfección que en la realidad no existía? La humanidad, la verdadera, es una larga fila de dolencias. Por eso prefiero a los pintores flamencos. No veo la fragilidad del cuerpo, sino los estragos físicos de la enfermedad. Su urdimbre de bultos tumorales, de nódulos que revientan, de fluidos nauseabundos. Asisto a la presencia incomoda de los milagros deficientes de la creación. ¿Qué sentirá un dios ante el espectáculo fallido de su obra?

  Soledad mía, Olga mía, ninguno de los dos puede hablar o tragar ahora. Ni el niño, ni yo. Una traqueotomía ha permitido que sobrevivamos aún algunas semanas, mientras el deterioro se consuma. Esa expresión, esa paciencia que exige la enfermedad de nosotros es su lado más aberrante, el más inhumano de todos. Estar presente en cada minuto, sin posibilidad de abstracción. Somos la conciencia de la enfermedad.

  El niño parece que sólo quiere jugar en el suelo, sobre la mancha de luz, en la que a veces parece recogerse.

  Hace una semana que el niño ha dejado de ponerse en pie por cuenta propia. Está echado sobre el camastro, contemplando el paso del tiempo en el suelo del cuarto. Todavía deben limpiarle las vendas de la garganta. Ahora le alimentan a través de una sonda. Pronto lo harán conmigo también. El médico me ha hecho una seña y he comprendido que quizá no pase de mañana. Pienso en el próximo que ocupará su lecho. Pienso que, en algunas semanas, recibirá la señal de que ha llegado mi hora.

  Una luz fría, de mediados de otoño, entra a raudales por la ventana sellada y desportillada. Hace frío, porque aquí la calefacción es deficiente. En el alfeizar, tras el vidrio, agoniza una polilla, apenas visible en la luz por su blancura. Después de una hora de verla, no sé si aún vive o es el viento el que la hace temblar.

Tuyo, siempre:

Serhiy.

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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