La soledad del desierto

 

a Laura Osorio

 

Tuareg woman. Abalak, Niger - Kazuyoshi Nomachi

—Cuatro sonidos me acompañan: mi resuello. Los pasos en la arena. El viento en las dunas. Tu nombre en mi memoria.

De tal manera nos despoja el desierto, de tal manera es simple la vida. Intento no pensar. Aquí la soledad lo es todo.

  Avistamos a los nómadas a mitad del camino que lleva de Bilma hacia Agadez. Cerrando la hilera de camellos y hombres, iba un hombre atado por las manos. Iba con la cabeza descubierta y trataba de no quedarse atrás, para que los animales no le arrastraran. Iba cubierto de arena. Nunca hasta entonces, había comprendido la expresión —hecho de barro— Nunca hasta entonces pensé que Dios no nos había mezclado con agua, que el suyo había sido un soplo sobre un puñado de polvo.

—¿Cuántas notas son necesarias para que surja la música? Una. Hay música en el monótono ritmo del corazón. Me sobran, pues, tres sonidos: el aire en mis pulmones, el viento que está vivo y la gente, a la que no quiero ver.

  Emprendieron el ascenso de una duna muy alta, y el hombre, luego de intentar mantener el paso, resbaló. Sus manos, por acción de la cuerda, quedaron tensas sobre la cabeza, y el cuerpo tendido sobre la arena, siguió siendo halado hasta que llegaron a la cima. Uno de los nómadas se dio cuenta. Dejó la caravana y llegó hasta él. Desenfundó un arma que tenía terciada en el pecho, la apuntó a la cabeza del hombre y disparó. El sonido fue seco. El fogonazo despidió una pequeña nube de humo blanco. El camello que lo arrastraba, se estremeció. Pero se vio obligado a continuar tirando del cuerpo del hombre a través de las dunas. Un trazo de sangre se hizo en la arena.

Decidimos seguirlos.

  —Mató a su propio padre— me dijo uno de los nómadas, cuando los habíamos alcanzado. Sentí pena. El cuerpo se hallaba muy solo, tendido lejos de la caravana. Habían encendido un fuego y habían puesto a calentar una marmita, para tomar el té. Los camellos descansaban en hilera. Los hombres formaban un circulo de hombres azules, tuaregs del desierto.

  —Hay un lugar secreto en el corazón del Teneré, que es como le llaman los tuaregs al desierto. Allí, se yergue un árbol solitario, cuyo origen es incierto. Florece en la nada, por voluntad de Dios. Las distancias para llegar hasta él, son infinitas. La arena se acumula. No hay agua alrededor. Los pájaros nunca han ido. Quien lo encuentra, reconoce en él su propia soledad. Eres como el árbol del Teneré, me has hecho muy solo.

  Volví al auto. Saqué unos prismáticos y los obsequié al nómada, porque quería conocer el resto de la historia.

  La historia era simple. Un joven músico amaba a la segunda mujer de su padre, que tenía su edad. Su nombre era Amina. Le gustaba decirlo en silencio. Durante meses, hizo lo posible por negar el deseo. Desesperado, partió al desierto, después de quebrar su instrumento. Y estuvo allí tres días en completa soledad, meditando. Dicen que el demonio le habló. Dicen que nada le habló y eso terminó por enloquecerlo. Regresó al pueblo y los mató a los dos mientras dormían. Cuando los vecinos llegaron, le encontraron en el patio de la casa. Había regado arena sobre su propia cabeza. Dijo: —No soy distinto de los muertos—

En el desierto hay infinitos caminos. La sed es uno de ellos.

  Pensé en la mujer a la que yo mismo había dado la espalda en Francia sin preocuparme de su destino. Me había arrojado de su vida como se arrojan las cosas sin importancia. Le regresé el favor.

  Los vecinos del pueblo entregaron al hombre a la caravana que pasaba para que lo llevaran a la guarnición de Agadez donde estaban los franceses. El amghar le advirtió que no tendría agua y que, si se rezagaba, le trataría como se trata a un camello que se rompe la pata. La advertencia fue simple.

Cumplió.

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  Dicen que el hombre contempló a la mujer dormida durante un rato. Que la penumbra de la habitación estaba del lado del padre y que la luz, que entraba por la ventana, iluminaba el rostro de la mujer que emergía apenas de la sombra. Su rostro era obra del sueño que ambos soñaban. Dicen que el músico rozó un píe descalzo y lloró. El primer disparo fue para la forma visible: ella. De esa manera no tendría duda, tendría que consumar el acto hasta el final. Su maldición era ella, no el padre.

  Todos saben que con la muerte sobreviene la perdida de la conciencia. Los hombres sentados dicen, sin embargo, que el pensamiento queda preso, extraviado en el interior, recordando para nadie. Por eso no le hablan al muerto, para no distraerlo.

  —¿Dónde estás? Tenías los ojos grandes y abiertos de una recién llegada. Tu cabello era sinuoso, como todos los caminos que son difíciles. Y tus palabras, difíciles de arrancar. En tu boca podía beberse el agua o la sed con idéntica abundancia. Tu vientre era un continente. Tu cuerpo, las dunas donde vaga el solitario. En tus ojos dormían las estrellas. En mi corazón había tanta música que no servía cerrar los labios. Todo estaba dicho desde el comienzo y no supe verlo. Eras los caminos difíciles. No había forma de llegar hasta ti.

 

Este cuento hace parte de “Toda la soledad que era mía”

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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