¡Ánimo, señor Lier!

a Jair Taborda

0005Tenía doce años, y al final de la Trierer Straße, en los suburbios de Berlín, quedaba la biblioteca del instituto dedicado a la memoria del gran filólogo alemán Mathias Werth. Era un sótano amplio y bien iluminado por la luz eléctrica. Tenía pequeñas ventanas que daban, por los costados, hacia afuera. Me gustaba pasar los domingos en ella. La biblioteca, aunque pequeña, tenía una exquisita colección de volúmenes. Y, desde que había empezado el avance de los rusos, recibía numerosos ejemplares evacuados de otras ciudades. Su aspecto se acercaba cada vez más al de un depósito de libros.

El señor Martin Lier era el encargado. Se trataba de un conductor de tranvía pensionado, que se sentía conmovido por el silencio de los libros. Era pequeño, delgado, tenía un bigote muy gris y un gesto concentrado en el rostro. Llevaba diez años al frente de la biblioteca. No tenía filiación política conocida. Una vez por semana, recorría el distrito entregando libros a lectores enfermos. Y siempre tenía alguno reservado para mí. Empleaba un método personal en la disposición de las obras, que sólo él sabía usar. Las ordenaba por afinidad de unos autores con otros. Por ejemplo, al lado de Dostoievski, podían encontrar a Nietzsche o a Stendhal, pero nunca a Proust. Y no podían saludarlo en la calle sin que recomendara algún libro. Hablaba tres idiomas. Pertenecía a esa especie, tan rara hoy en día, de bibliotecarios a los que les gusta leer.

Durante los bombardeos, que comenzaron en 1940, permanecía dentro de la biblioteca. Los estantes se sacudían. El polvo se levantaba. Las luces pestañeaban, pero el señor Lier no se movía de su escritorio. En las madrugadas, ordenaba los estragos que hacían las bombas. Cuando fallaba la luz, abría la puerta y se sentaba afuera a esperar a los lectores. Si alguno llegaba, lo escoltaba con una lámpara de petróleo, para que pudiera buscar en la oscuridad.

En cinco años, el distrito había cambiado. Se acumulaban los escombros. Las calles amontonaban los cráteres de las explosiones. Una de cada tres casas se había derrumbado. La mía había perdido todas las ventanas.

Cuando las tropas rusas llegaron a nuestra calle, encontraron una pequeña resistencia, que cesó tan pronto como trajeron sus tanques. Los soldados alemanes, una mezcla lamentable de milicias y de juventudes hitlerianas, trataron de tomar el sótano como trinchera, pero el señor Lier se opuso. Forcejearon y evitó ser ejecutado porque necesitaban huir. Durante unos minutos reinó el silencio. De pronto, escuché gritos provenientes de la esquina y supe que los rusos habían alcanzado la biblioteca Werth.

El señor Lier salió trémulo, con las manos en alto. En cada una, llevaba un libro, que dejó caer cuando vio las armas del ejército rojo. Lo pusieron de rodillas. Remataron a un soldado de las Volkssturm que se hallaba a su lado. El oficial, que estaba ebrio, preguntó en alemán qué había dentro. El señor Lier inspiraba respeto con su traje:

–Libros –contestó el anciano.

Los soldados que emergían del sótano lo confirmaron. Ningún arma, sólo un depósito inútil de libros. El oficial se encogió frente al prisionero y le preguntó si tenía libros de Gogol. El anciano, lo pensó. Enumeró los autores rusos que tenía, reconociendo que no tenía nada del autor de Almas Muertas. El ruso se mostró decepcionado y dijo que iba a prender fuego al edificio. El señor Lier abrió los ojos con terror y, poniéndose de pie, corrió a encerrarse en la biblioteca, como un roedor. Los soldados soltaron la carcajada. El oficial le gritó en tono burlón que se dejara de tonterías. Como el anciano no respondía, ordenó a los soldados tirar la puerta. Durante una hora lo intentaron, pero el señor Lier había bloqueado la entrada con una montaña de libros.

Los vecinos estaban asomados a la ventana. Algunas mujeres gritaban. El oficial se encaraba con ellas, las llamaba putas alemanas. Pero dejaba de prestarles atención, para volver regocijado a su botella.

Se oyeron disparos. Se usaron bancas como ariete. Se arrojaron granadas de humo. Pero el señor Lier, seguía adentro. Al caer la tarde, el oficial con los ojos turbios por la borrachera ordenó traer mangueras para inundar el sótano. Los soldados reían. El agua comenzó a subir lentamente. El anciano entró en pánico. Trató de arrojar afuera las mangueras o de obstruir la salida del líquido, pero demostró ser inútil. Intentó quitar los libros, pero comprendió que los rusos entrarían. Cuando el oficial vio, a través de una pequeña ventana, que al señor Lier sólo le quedaba un diminuto espacio contra el techo para respirar, detuvo el agua y lo dejó estar así, flotando entre los libros.

Hacía frío. En la calle se habían encendido algunas hogueras. Más allá podía escucharse el intenso fragor de la lucha. El suelo temblaba. No sé en qué pensaba el anciano. O porqué esos libros representaban para él algo más valioso que su vida. Pero admiraba lo que hacía. Esa madrugada salí a la ventana y le grité:

–¡Ánimo, señor Lier!

El oficial ruso soltó la carcajada y me mandó a callar, sin contener la risa.
–¡Vas a despertarlas! –gritó.

Al día siguiente, reinaba un silencio fúnebre en la calle. El oficial, regresaba, cada tanto, para preguntar al señor Lier si quería rendirse. El anciano bibliotecario contestaba:

–¡No!

A media tarde el oficial llegó con un diminuto simio que cabalgaba a un perro. A su lado, se instaló un soldado que empezó a interpretar un acordeón. El pequeño mono, que llevaba traje de gitano, empezó a danzar encima de su amigo, mientras los soldados rusos, reunidos alrededor, lo festejaban. Pero jalado de su curiosidad bajó de su escenario y caminó graciosamente hasta el edificio de la biblioteca. Miró inquisitivo por una de las pequeñas ventanas que rodeaban al sótano y descubrió a un señor muy viejo que le sonreía desde el agua. El oficial le llamó y el animal regresó meditativo al centro del círculo donde ya los soldados bailaban.

Al día siguiente el oficial, que padecía los estragos de una resaca, gritó:

–¡Hemos mojado los libros!
–¡Pueden secarse! –Contestó el anciano.
–¡Haremos volar el edificio! –repuso el oficial.
–¡Volaré con él! –respondió tiritando el encargado.

Y así lo hicieron.

Arrojaron dos granadas de fragmentación por una de las ventanas. Las mujeres gritaron desde todas las ventanas de la calle cuando los soldados se acercaban con los explosivos. El pequeño mono corrió con ellos. No lo volví a ver. La detonación derribó una sección de los muros, por donde empezaron a correr el agua y los libros.

Pero el cuerpo del señor Lier no salió.

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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