Sobre la agonía

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A menudo, se olvida que el muro de Berlín, consistía en dos muros. Uno, que lindaba con la parte occidental; el otro, que empezaba más atrás, en la zona oriental. En el medio de ambas estructuras había un espacio lleno de obstáculos. Durante la primera guerra mundial, al espacio devastado entre dos trincheras enemigas, se le llamaba tierra de nadie. Al espacio entre los dos muros, también. En la vida de cada hombre, ese espacio es llamado agonía. Agonizar, según la etimología griega, es luchar. El que agoniza está escindido entre su deseo de vivir y el declive del cuerpo. Por eso el moribundo, en aparente contradicción, aunque consiente de su declive, elabora planes para el futuro.

Para Spinoza (ese inventor delicado de Dios), no había tal contradicción, al menos en el hombre libre, en el hombre sabio que sólo tenía la vida por delante (en ello, se opone a Rilke y Borges, que también meditaron sobre el hombre). Me conmueve, hasta lo indecible, lo que dice la proposición XLVII de su Ética:

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Los lectores

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Escribir, no se escribe más que para unos cuantos. Lo que escribo se parece a mi en que comparto mi intimidad con unos pocos. ¿Qué intimidad es la de la ficción? no, seguramente, la de la autobiografía, que es prescindible. Sino la del mundo espiritual que me habita, que me anima. La tradición y los personajes que hablan en mi.
Un escritor a menudo son tantos. Un escritor es una caja de música que suena para sí misma o un arcón, como el de Pessoa, en donde todas las voces están latentes.

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Un hospital en Kiev

Chernovil (2)Querida Olga:

 Si te dejan entrar, tendrás que abrir todavía otra gran puerta. Tras el mostrador, que hallarás a tu derecha, aguarda siempre una enfermera militar junto a dos soldados. La habitación estará llena de campesinos que han llegado desde muy lejos para traer a sus enfermos o esperar noticias de ellos. Junto a la enfermera, se abre otra puerta que da a una enorme sala con pacientes. Tendrás que atravesarla para hallar unas escaleras desvencijadas que llevan al último piso.  En él, te abrirás paso entre las camillas y pacientes que llenan el corredor principal. Al fondo se abre una ventana. A la izquierda, hay una puerta. Continúa leyendo Un hospital en Kiev

¡Ánimo, señor Lier!

a Jair Taborda

0005Tenía doce años, y al final de la Trierer Straße, en los suburbios de Berlín, quedaba la biblioteca del instituto dedicado a la memoria del gran filólogo alemán Mathias Werth. Era un sótano amplio y bien iluminado por la luz eléctrica. Tenía pequeñas ventanas que daban, por los costados, hacia afuera. Me gustaba pasar los domingos en ella. La biblioteca, aunque pequeña, tenía una exquisita colección de volúmenes. Y, desde que había empezado el avance de los rusos, recibía numerosos ejemplares evacuados de otras ciudades. Su aspecto se acercaba cada vez más al de un depósito de libros. Continúa leyendo ¡Ánimo, señor Lier!

La soledad del desierto

 

a Laura Osorio

 

Tuareg woman. Abalak, Niger - Kazuyoshi Nomachi

—Cuatro sonidos me acompañan: mi resuello. Los pasos en la arena. El viento en las dunas. Tu nombre en mi memoria.

De tal manera nos despoja el desierto, de tal manera es simple la vida. Intento no pensar. Aquí la soledad lo es todo.

  Avistamos a los nómadas a mitad del camino que lleva de Bilma hacia Agadez. Cerrando la hilera de camellos y hombres, iba un hombre atado por las manos. Iba con la cabeza descubierta y trataba de no quedarse atrás, para que los animales no le arrastraran. Iba cubierto de arena. Nunca hasta entonces, había comprendido la expresión —hecho de barro— Nunca hasta entonces pensé que Dios no nos había mezclado con agua, que el suyo había sido un soplo sobre un puñado de polvo. Continúa leyendo La soledad del desierto