Hugo Mujica o la poética del vacío

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La Nada no tiene historia. No tiene edad. La historia comienza a correr, a narrarse, cuando hay acontecimientos y la nada está privada de ellos, la nada está vacía. Pero hay una historia de ese concepto, es decir, del sentido que le dieron los hombres a la ausencia. Y también hay una historia de su representación, esto es, de cómo los hombres quisieron fijar, hacer visible lo inexistente.

El capítulo inicial de ambas historias empezó a escribirse en la India del siglo noveno después de cristo.

En ese entonces, un matemático hindú, cuyo nombre desconocemos, introduce un cambio fundamental en el sistema numérico que se llevaba hasta entontes. Inventa el número cero. Hasta su aparición, a nadie se le había ocurrido que la nada pudiera tener una utilidad. Pero este hombre pensó que la ausencia era una cantidad con la cual podían hacerse también operaciones aritméticas. Además, la nada, simplificaba las largas series numéricas que se usaban hasta ese momento, al señalar la presencia o ausencia de las decenas o las centenas de un número. La definición que dio ese matemático del cero es poética: “El resultado de sustraer cualquier número de sí mismo”. También el círculo en el que encerraron la ausencia y que llamaron sunyata, vacío. Curiosamente para ese matemático la presencia es lo primero, es decir, la nada sucede al ser, lo reemplaza. Exactamente contrario a lo que intenta decirnos Hugo Mujica (1942).

Y aunque sabemos qué función cumple la nada dentro de las matemáticas, en el caso de nuestra vida, es más difícil precisarlo. Parece que sólo tuviera un aspecto negativo. Es, por ejemplo, sinónimo de la muerte, del caos que se opone al orden de lo existente. Aún más, no sentimos necesidad de pensar en ella, pues sentimos que nuestra experiencia del mundo sólo ocurre dentro del campo de lo experimentable. Incluso ha sido sinónimo de un movimiento que niega la falta de valores supremos, y que conocimos como nihilismo.

Con esos antecedentes no parece oportuno intentar una rehabilitación de la nada. Y sin, embargo, Hugo Mujica asume esa tarea.

Cuando hablo de la nada en Mujica, no hablo de lo invisible o de lo no manifiesto. Tampoco de una presencia metafísica, de una inteligencia, que alienta más allá de la experiencia y que, a veces, se comunica con nosotros. No hablo de Dios. Hablo de lo inexistente, de lo que no es, de lo que todavía no ha sido creado. Del campo infinito de posibilidades abierta por el no ser.

¿En qué radica la novedad que introduce Hugo Mujica respecto a la nada? En que, en lugar de considerarla estéril o un estado final que sucede a la materia, la concibe como aquello que motiva al ser a que sea, a que exista. La nada es constitutiva de la realidad. Sin ella, nada nuevo puede ser formado, sin ella no hay creación de las cosas ni del arte.

Voy a explicar esto con detenimiento.

La nada es la ausencia de la que tomamos conciencia en el mundo. Esa ausencia nos dice que, al lado de lo que existe, hay muchas cosas que todavía no existen, y que, por no existir todavía, dan a la vida la posibilidad de seguir creando o mutando. La nada es ese lugar a donde la realidad se expande constantemente. Ese lugar que, al ser infinito, siempre está ampliando la posibilidad de ser. La vida cambia porque tiene espacio hacia donde cambiar, hacia donde ser otra.

Por eso, la visión de Mujica difiere de la concepción oriental, en la que la nada sólo es el telón de fondo donde se desarrolla la existencia. Para el argentino, la nada es un elemento dinámico. De su existencia depende el movimiento del mundo, el devenir que celebra o, más bien, deja perplejo a Heráclito.

Para él, ocurre como en Gadamer, cuando habla sobre el silencio. El alemán lo hace en los términos de un motor que impulsa al lenguaje a empezar una y otra vez su intención de nombrar. El que haya cosas inexpresables, que el lenguaje no alcanza a decir, hace que vuelva sobre esas cosas, una y otra vez, para intentar decirlas. El lenguaje existe, paradójicamente, por el silencio que lo calla. Así, pues, en Mujica, el motor de la vida es la nada, la razón de su devenir otra. Pero no es un motor inmóvil como en Aristóteles, sino un motor inexistente. Al no ser, la nada invita a que la vida sea; al no existir, llama a la vida a que exista, a que se expanda hacia ella. Esa es la función de la nada que yo llamo generativa. Porque gracias a ella, el ser es llamado a la existencia.

La nada, sin embargo, no se halla sólo al principio, sino que, para Mujica, impregna al ser, interactúa con él desde siempre. Es como el silencio para el lenguaje. Es, ahora sí, el telón donde se desarrolla la vida, pero también está en los espacios que guardan las cosas entre sí. Está en esas grandes lagunas de ausencia que son los espacios vacíos. Y está al final de las cosas, pero no sólo señalando su desaparición, sino la posibilidad de que algo llegue en su lugar. Señalando esa ausencia que rebosa de posibilidades y que es de donde nacen las cosas.

La nada, como tal, debería carecer de atributos. Sin embargo, el hombre sólo existe interpretando. Así que, al interactuar con ella, la reconoce como posibilidad, la siente como una modalidad de lo que puede ser, del futuro.

Existen en la obra de Mujica tres temas que son recurrentes y que, de alguna manera, corresponden a las disciplinas que ha estudiado. Ya tratamos de explicar el primero: La nada, que tiene vecindad con su concepción de Dios (del que no vamos a hablar hoy), e incumbe a su formación como filósofo y teólogo. Trataremos de explicar ahora los otros: en primer lugar, el hombre, que concierne a su formación dentro de la antropología filosófica. Y, finalmente, a la poesía, que toca a su formación como artista. Además, ambos temas guardan correspondencia con el primero, haciendo de su obra un todo ordenado que descansa sobre ese fundamento. Tal vez la dificultad para entender su obra estriba en el hecho de que, en su poesía, los tres órdenes suelen mezclase al mismo tiempo.

Empecemos por el hombre.

Para Mujica el hombre supone un orden distinto dentro de la naturaleza, ya que, por un lado, es capaz de alterar sus condiciones de existencia, su propio entorno; y, por el otro, es capaz de formar conceptos y pensar, es decir, es poseedor de un lenguaje. Eso quiere decir que para el argentino, el hombre puede interpretar su medio y escapar a su destino. El ser humano es, por antonomasia, un ser creador. Acoge al mundo y lo transforma. Condición que comparte con Dios y con la naturaleza. Pero mientras la naturaleza está sometida a leyes precisas, el hombre puede oponerse a algunas de ellas. Entre las leyes a las que no puede oponer está la del cambio. Así que el ser humano tiene la capacidad, pero también está llamado a cambiar, por el dinamismo propio de la vida. Como decíamos más arriba, porque la nada le abre un espacio hacia donde cambiar, se dice en él, se muestra, como posibilidad de trascenderse o mutar. Por eso llama desde sus poemas a no morir bordes, a no detenerse en lo ya construido, sino a pedir siempre el camino, no la llegada.

Arribemos, finalmente, al último elemento de esos tres a los que Mujica dedica su atención: La poesía.

Para el argentino, la palabra es el lugar en donde se encuentran el ser de la vida y lo que el hombre escuchó de él. Sin embargo, la poesía no tiene por función repetir lo que ya hace el lenguaje. Ella no revela el ser de las cosas, no lo trae al claro de la existencia, sino que muestra el silencio, la nada de donde surgieron. La poesía nos informa sobre esa ausencia, sobre esa dimensión callada, a la que llamamos silencio. De ahí que a Mujica le estorben los aplausos luego de cualquier lectura. Encubren precisamente aquello que la poesía quería mostrar.

No nos engañemos, sin embargo. La de Mujica, no es una poesía hermética, que obliga al silencio por su mudez ininteligible. Repelente a cualquier intento de comprensión. Al contrario, es profundamente expresiva. Sólo necesita atención. Ocurre un poco como en los discursos budistas, en los que a través de lo que dicen imponen el silencio. Así, la hondura, la belleza de las imágenes de Mujica, la novedad  vertiginosa de cuanto dicen descubren al lector todo el silencio en el que fueron construidas, todo el silencio del que necesitó el poeta para ver el mundo. El silencio que revela el poema de Mujica, nace del silencio con el que fue echo.

Cuando Gadamer habla del silencio, lo hace en los términos de un Athopos, de un ningún lugar. Llamamos silencio a eso que no sabemos ubicar en nuestras coordenadas comprensivas o interpretativas. Lo llamamos así porque no nos dice nada y porqué nos confunde y nos calla. Lo nuevo nos hace callar porque no tenemos palabras para nombrarlo. Esa es uno de los mecanismos que usa Mujica sin ser consiente del todo: “lo nuevo” que nos descubre en cada poema suyo, nos deja sin palabras porque nunca antes fue nombrado por nadie. La poesía de Mujica es una poesía hecha para callar.

Por eso, también su obra exige escucha. Una escucha que es atención activa del lector y del poeta. Una escucha que se deja hablar. En ese silencio, impregnado de ser, de presentimiento, que queda al final de un poema, se alumbra el siguiente. Por eso también aquí la nada es germinativa. Por eso, Mujica puede decir: “en el silencio, el silencio habla”.

Como ya todos saben, poesía viene de una palabra griega “poiesis”, que significa creación. Carlos Ciro dice que crear algo es traerlo del no-ser al ser, llevarlo de un lado a otro. En ese sentido es que he querido hablar de la nada en Hugo Mujica, como la fuente de donde nace toda creación natural o artística. Como la fuente que da la oportunidad de ser, de traer cosas a la existencia. De ahí el título del ensayo: una poética del vacío o, mejor, cómo el vacío es creador, cómo la nada, a pesar de no ser, otorga.

Carlos Andrés Jaramillo

 

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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