La poesía y lo sagrado

 

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“Existes, la vida existe,

¿qué otra cosa puede haber mayor que ésta? 

(Elkin Restrepo)

 

 

 

Descripciones de Dios, testimonios de su poder, confirmaciones de su presencia a través de la naturaleza. Sublimes oraciones. Conmovedoras suplicas. Encendidas afrentas contra la iglesia o la existencia de ese mismo dios. Por supuesto, todos conocemos las excelentes obras de la poesía cuyo contenido es religioso. El primer poeta de la tradición, Homero, funda la tradición mítica de su pueblo. Juan de la cruz, Teresa de Ávila nos han legado delicados diálogos en los que el alma busca a su creador. Un maligno Baudelaire siente fascinación, verdadera o no, por el demonio. Sin embargo, no es esto de lo que quería hablar esta noche. Lo sagrado no me interesa como manifestación de ninguna deidad. Por eso no uso el término para describir un objeto que participe de esa naturaleza trascendente. Por “sagrado” entiendo más bien algo inmanente, que no excede los límites del mundo, aunque nos ofrezca ese mundo de un modo diferente. “Sagrado” es un adjetivo que uso para nombrar algo en las cosas y, ese algo, es el milagro de su existencia y su inefabilidad.

En 1917, Rudolf Otto (1869 – 1937) el enérgico y formidable teólogo e historiador alemán de las religiones, publica un pequeño, pero decisivo volumen: “Lo sagrado, lo racional y lo irracional en la idea de Dios”. En él, entre otras cosas, intenta distinguir de manera adecuada aquello que llamamos Sagrado de otras significaciones que exceden la esfera religiosa y suponen un uso extensivo y problemático del término. Su método es curioso, pero corresponde de una forma precisa al objeto estudiado. Sí ese objeto es elusivo, si no es manifiesto, como lo es para él la deidad, debemos comenzar por lo que éste objeto suscita en nosotros, para llevarnos, después, y por esa vía, a mostrarnos la naturaleza de aquello que despierta el sentimiento. Primero, se pregunta ¿Qué siento? Después, ¿Qué hace que me sienta del tal modo?

En presencia de lo Sagrado, dice Otto, se tiene la impresión de ser sólo una criatura[1], de no ser otra cosa “más que polvo y ceniza” frente a una fuerza que nos excede. Piensen, aquí el hombre siente su insignificancia, su fragilidad, delante de una potencia mayor. Aquello que produce ese sentimiento no puede ser algo representable para la conciencia, sino algo que, al no participar de nuestra naturaleza nos sume en el temor, en el estupor y que experimentamos como un misterio tremendo o algo absolutamente heterogéneo.

No sé si recuerdan al Pseudo-Dionisio Aeropagita (400 – 499), un teólogo que escribió entre el siglo V y VI después de cristo. Él se acerca a lo que Otto quiere decir. En lugar de definir a Dios por lo que es, según lo hacemos los occidentales, lo define por lo que no es: Dios no esto o aquello. Al final queda algo inexpresable, un misterio que, sin embargo, alienta. Alienta porque produce algo en el hombre. Una fuerza que escapa a la racionalidad. La suya es una teología negativa, de la negación, que restituye a la deidad su indiscernibilidad, que le restituye su lejanía esencial. Arthur Schopenhauer (1788 – 1860) elogia esta teología, dice que es la única teología en la que cree, pero que lamentablemente está vacía. Hugo Mujica (1942) habla del silencio como una “intuición sin representación”, es decir, algo que de lo que hay experiencia, pero no un concepto. Esta, como vemos, es otra forma de decir lo que el Aeropagita y Otto trataron, a su vez, de expresar.

Lo sagrado es, entonces, aquello capaz de producir una experiencia del misterio y de nuestra pequeñez, algo de lo que no sabemos decir qué es.

Curiosamente encuentro esas condiciones que descubre Otto, no en algo trascedente, sea de la naturaleza que sea, sino en la propia vida, en lo que llamaos existencia: en su inaprensibilidad, en su magnificencia que no puede ser traída al lenguaje y que parece irreductible, refractaria a cualquier concepto. La vida, la totalidad, sus procesos, las fuerzas que pujan en su interior, el milagro asombroso de que algo sea, pueden darnos la misma experiencia de Lo Sagrado que otros encuentran en la divinidad. Lo sagrado es lo innombrable de cada cosa.

La vida no es tan cercana, ni tan sencilla, como pensamos. Basta, un solo minuto de atención sobre las cosas para perder la seguridad que teníamos en ellas, para descubrir aspectos y relaciones que habíamos ignorado. Jorge Luis Borges (1899-1986) apunta en la misma dirección: “Cuando nos anonada la desdicha, / durante un segundo nos salvan / las aventuras ínfimas / de la atención o de la memoria”. El mundo sólo es cercano porque cerramos los ojos a un hecho evidente: hace parte de una interpretación y toda interpretación supone una reducción. El lenguaje no es otra cosa. El lenguaje reúne hechos diversos bajo un solo concepto que nos permite pensar, suprime las diferencias.

Los sociólogos, nos dice Charles Taylor (1931), hablan de la nuestra como una de una época desacralizada, en la que las presencias metafísicas han sido desterradas del mundo por el avance de la ciencia. La dimensión del misterio cada vez se ve más acorralada por una comprensión técnica de los fenómenos. Pero hemos olvidado que no sólo somos nosotros quienes damos la espalda a la vida: que ella misma se nos ofrece ocultándose. Que lo propio de la vida, como dice Elkin Restrepo (1942), es que desea mostrarse y ocultarse mismo. Heráclito (540 a.C. – 470 a.C). lo había dicho siglos antes: “la naturaleza ama esconderse”. Que es verdad, lo comprobamos en los intentos que cada uno, poeta o no, hace por expresar el sentido de su propia vida o del mundo.

Así, pues, lo sagrado no es algo externo, sino inmanente. Es el mundo y lo indecible de ese mundo. Lo sagrado es la presencia y su enefabilidad. Su desborde. Su angustia o su redención en ese no poder mostrarse. Lo sagrado aparece cuando la realidad nos quita las palabras y nos llena de admiración y extrañeza: piensen en un animal que nace, en la vida solitaria de los grandes mamíferos bajo el mar. En la confianza del pájaro que se entrega al aire. Piensen en la fusión de una estrella, en la fiesta de los pájaros en el agua. En el extraño acto que significa hablar. En la suma de todas esas cosas que jamás sabremos expresar sino por un silencio que es lo único que tampoco conoce los límites.

El sentimiento que describo es, en cierto sentido, similar a la experiencia de nuestros pueblos indígenas. Pero mientras que, para ellos, la naturaleza representa uno o varios dioses vivos, en la sacralidad que intento mostrar, la naturaleza vale por sí misma: se muestra a ella misma como lo más extraordinario que se pueda presenciar. Esto ya lo sintió Fernando Pessoa (1888 – 1935): “La asombrosa realidad de las cosas / es mi diario descubrimiento. / Cada cosa es lo que es, / y es difícil explicarle a nadie cómo me alegra esto, / y cuánto me basta. / Basta existir para sentirse completo”. Esto nos lleva a establecer otra diferencia. No hay lugares sagrados, sino que la totalidad del mundo se manifiesta como sacra. La vida es su propia hierofanía (aparición). No tiene contenido, sino que ella es todo lo que puede mostrar.

Que la vida constituye una excepción, un fenómeno improbable, que sus variedades desbordan la imaginación y que sus seres conmueven por su deterioro, es todo cuanto sentimos como sagrado en el mundo. Elkin Restrepo, en un diálogo con Darío Ruiz, decía de uno de sus libros, de “La visita que no pasó del jardín”, que constituía la experiencia sagrada de un hombre sin fe. Y así lo sentimos al leerlo absorto en la contemplación de los fenómenos, de la luz, del amor, la ciudad, de la ausencia del padre, de las pequeñas cosas donde nadie hablaría de un milagro. También Miguel de Unamuno (1864 – 1936) habló de hombres espirituales, pero privados de religión.

Tal vez ustedes se hayan dado cuenta de que juzgamos al mundo basándonos en lo más inmediato que tenemos: una conciencia, una interioridad, capaz de pensarse a sí misma. De ahí que sintamos a las cosas animadas, penetradas por cierta voluntad. Pero se trata apenas de un reflejo, de un intento de vernos en ellas para comprenderlas. Captar Lo sagrado, en los términos que hablo, precisa, cuando se está delante de él, no sucumbir a la tentación de explicarlo mediante una interpelación de un Ser no manifiesto. Si hay algo que incita nuestra curiosidad, que se presenta como misterio, es la sublimidad de la existencia que se resiste a la interpretación definitiva.

Cómo resulta evidente, por lo anterior, esta experiencia que describo, no es desconocida para los poetas. De hecho, me arriesgaría a decir que aquello a lo que llaman Poesía, no difiere mucho del sentimiento de Lo sagrado que acabo de exponer[2]. Pero que no se descubre desde el comienzo, que toda obra, que todo libro es un paso hasta llegar delante de la extrañeza de la vida. Schopenhauer en su obra monumental, el mundo como voluntad y representación, decía que no había poetas buenos o malos. Que cada uno intentaba nombrar lo que había captado de la vida. No era un problema de destreza, sino de penetración. Descubrir lo sagrado que hay en la totalidad de lo ente y no sólo de algunos fenómenos es el máximo grado de esa penetración. Yo creo que cada poeta tiene su propio camino a Damasco. Su propia caída del caballo, como le sucedió al apóstol de Tarso. Pero hay que transitarlo para llegar al momento en que ocurre La revelación, en la que la vida deja de ser una palabra para convertirse en una pregunta. En una pregunta que nos asusta y llama hacia ella, como todo misterio, como el vértigo con el que nos asomamos a los abismos.

Estar delante de Lo sagrado, es tener la capacidad de repetir la pregunta formulada por Leibniz: ¿Por qué algo en lugar de nada? No porque la hayamos leído en Heidegger, sino porque nuestro celo, nuestra abrumadora extrañeza, nos ha puesto delante de ella.

Hugo Mujica dice que el poema es el lugar donde se encuentra “lo que dice la vida y lo que el hombre escuchó de ella”. Es decir, lo que la vida calla y lo que el hombre escucha de este silencio, que no es nunca una mudez, sino algo que nos interpela desde su falta de significación. Por eso, la poesía habla en voz baja, habla a través de las imágenes, porque nunca estuvo segura de sí escuchó. Trata de nombrar un fragmento de algo más grande y así participa de esa majestad. El poeta asiste al mismo tiempo al despliegue maravilloso de la vida y la insuficiencia de las palabras.

Yo pienso en algunos poetas que nos son cercanos: Elkin Restrepo, José Manuel Arango, Gabriel Jaime Franco, Javier Naranjo, Gustavo Garcés, Carlos Ciro, Jairo Gúzman, Fernando Rendón, Horacio Benavidez.  Entre los jóvenes: Felipe López y Lina Trujillo. Lean sus obras y comprenderán, espero, lo que intenté decir esta tarde.

Carlos Andrés Jaramillo

[1] Criatura quiere decir niño recién nacido, infante. Infancia quiere decir, a su vez, privado de voz. El sentimiento de criatura expresa la indefensión y la sustracción de las palabras que produce lo sagrado. Somos como niños ante eso que nos rebasa.

[2] Como saben, hay una diferencia ya clásica entre poema y poesía. El poema es el texto. La poesía la experiencia: de belleza, de tristeza, de misterio: el material que consignamos en dicho texto.

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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