Sobre la justicia

Polemos

Dice Heráclito que pólemos (la guerra) es el padre de todas las cosas. Lo es porque concibe la realidad como una lucha de contrarios. El principio del mundo, lo común a todos los seres, es la confrontación. De ahí que defina a la Justicia como Discordia, porque altera el orden natural de las cosas. El que opta por la justicia, opta por la anomalía. No es de extrañar, entonces, que se los persiga.
 
En un mundo violento, escoger la justicia es apartarse del sentido común. Pero, ¿quién querría seguir atado al orden, si delante de sí tiene ese formidable enemigo que es la guerra?
 
La justicia es el camino del héroe o del espíritu con vocación de negación… ¡Yo, ¿contra cuánto infinitos?!

Sobre la lectura

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Hammershøi. Interior con mujer leyendo, 1910.

Dicen que Ambrosio de Milán, se cansaba pronto de la voz cuando leía en voz alta. Por eso, tomó el hábito de leer en silencio o en voz muy baja, casi inaudible. Así lo descubrió, desconcertado, Agustín de Hipona una tarde del siglo IV de nuestra era. ¿Por qué leía en silencio el obispo de Milán? Antes de esa tarde toda lectura era un acontecimiento público. Como no había puntuación, se leía en voz alta para atender al sentido del texto. Fue Agustín el que difundió el rumor de la enfermedad. Fue a imitación de Ambrosio que se empezó a leer en silencio. Fue a imitación de un enfermo que aprendimos a callar.

A la imposibilidad de hablar del obispo de Milán, debemos el silencio de la lectura, la soledad del lector y la puntuación del texto.

A la enfermedad, debemos la voz silenciosa del libro, que se dice callada, pero sin callar.

A la debilidad de su aparato fonador, debemos la separación de la comunidad, que se cohesiona gracias al lenguaje. Debemos la negación del vínculo social.

Por eso: lector, mudo o enfermo hacen referencia a un mismo individuo separado. El lector es un enfermo porque ha perdido la capacidad del habla.

Al silencio, debemos el Silencio.

Clarice Lispector lo corrobora: “[…] del silencio ha venido lo que es más precioso de todo: el propio silencio”

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Sobre el escribir

 

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Morir tal como se vivió. Entre libros. ¿Qué es un libro? Un extraño instrumento en donde un hombre despierto se inclina para soñar. Un instrumento donde un hombre se inclina para callar. El silencio viene del libro.

Dice Borges que los marineros de Cartago oraban antes de naufragar: “Madre de Cartago, devuelvo el remo”. Que antes de naufragar me sea el dado decir:

Entrego los libros.

La poesía es como el amor

 

La poesía y el amor son actos esencialmente solitarios, que sólo conciernen al individuo. Son experiencias que sirven para enriquecer su mundo interior, aunque sean suscitados desde el exterior. De ahí que se pueda amar sin ser correspondido o escribir sin publicar, sin recibir reconocimiento alguno.

Suena extraño, pero Spinoza había apuntado en esa dirección. ¿Qué es el amor? “[…] una alegría acompañada por la idea de una causa exterior”. Nunca habló de retribución. No otra cosa es la poesía. Una celebración solitaria de lo que existe.

La poesía y lo sagrado

 

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“Existes, la vida existe,

¿qué otra cosa puede haber mayor que ésta? 

(Elkin Restrepo)

 

 

 

Descripciones de Dios, testimonios de su poder, confirmaciones de su presencia a través de la naturaleza. Sublimes oraciones. Conmovedoras suplicas. Encendidas afrentas contra la iglesia o la existencia de ese mismo dios. Por supuesto, todos conocemos las excelentes obras de la poesía cuyo contenido es religioso. El primer poeta de la tradición, Homero, funda la tradición mítica de su pueblo. Juan de la cruz, Teresa de Ávila nos han legado delicados diálogos en los que el alma busca a su creador. Un maligno Baudelaire siente fascinación, verdadera o no, por el demonio. Sin embargo, no es esto de lo que quería hablar esta noche. Lo sagrado no me interesa como manifestación de ninguna deidad. Por eso no uso el término para describir un objeto que participe de esa naturaleza trascendente. Por “sagrado” entiendo más bien Continúa leyendo La poesía y lo sagrado