Acerca del significado del silencio

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I

 

La palabra silencio no es silenciosa.

Aún si está escrita en un texto, aún si alguien evita pronunciarla.

Tampoco es ruidosa.

Ninguna palabra lo es. Platón decía de los libros que son una mudez que habla. Lo único realmente capaz de decir el Silencio es el silencio mismo. Y en tal caso no lo dice, lo calla. La única forma de ser fiel al silencio es no decirlo. El silencio es la única cosa que es igual a su ausencia. Allí donde no hay palabra (porque no existe o es innecesaria), está el silencio. Contrario al Dios que dice: “[…] donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. ¿Pero es una cosa el silencio? Señala algo del mundo. Y tomamos conciencia de ese algo desde el momento en que se convierte en palabra. Silencio es la palabra que usamos para referirnos a:

  1. Eso que ha cesado (el ruido de la existencia).
  2. Eso que no existe, no ha sido creado o no se muestra.
  3. Eso que no alcanzamos a nombrar (la totalidad de lo ente).
  4. Eso que no necesita nombrarse porque lo hemos comprendido.

Todos esos matices tienen en común que definen al silencio como ausencia, ya sea de ruido ambiental, de significación o de dicción. (En cualquier caso define también un aspecto esencial en el hombre, su relación con lo que no existe. El hombre no sólo tiene experiencia de lo ente).

El silencio tiene una existencia autónoma. Existe en la realidad. Es decir, no es una abstracción, aunque en lugar de corresponder a la ausencia completa de sonido, corresponde más bien al nivel de sonoridad más bajo que existe. Un lugar nunca está callado, pero puede ser muy silencioso: los monasterios, los bosques en la noche. Las ondas del Big-bang, por ejemplo, siguen activas sin que las escuchemos.

No sabemos qué es en él mismo. Sólo sabemos lo que ponemos en él.

El silencio no es independiente del significado que le damos. Es decir, la experiencia del silencio no se da al margen del sentido que le otorgan los hombres. Por ejemplo, de ausencia desasosegadora o de presencia velada de una totalidad que está por descubrirse o que existe de esa manera, ausente. El sentido depende de la cultura, de la formación y en, últimas, del momento que se halla en el proceso de la comprensión: 1. temor, 2. significación, 3. rechazo o asunción.

El silencio es como la música, que habla inmediata y universalmente al oído, pero al carecer de palabra que lo explique se hace ambiguo. Por otro lado, si hiciera uso de la palabra perdería su poder de seducción o misterio.

Esa ausencia que es el silencio, y que señala algo que existe en el mundo, no puede ser sondeada completamente porque corresponde a una ausencia que no puede ser llenada sin traicionar su naturaleza. Lo propio del silencio es callar. A menos que sea un silencio creado por los códigos de la cultura: los lenguajes, las tradiciones, los ritos, los lugares. Y aún en ellos, puede asumir la forma de lo desconocido.

Hay silencio en la naturaleza y silencio en el hombre. En la naturaleza puede querer decir algo, un evento que se prepara o que ha sucedido. En el hombre, es un signo de sorpresa, de duda o de comunión por lo que ve en la naturaleza.

El ser humano es un ser que habla, nuestra existencia es lenguajica (Gadamer) porque nos valemos del lenguaje para ordenar y comprender el mundo. De ahí que el silencio nos resulte hostil, nos resulte sospechoso, aunque esté integrado prácticamente en todo el proceso comunicativo. Pero contrario al lenguaje, al que dotamos de una trasparecía inmerecida, el silencio es ambiguo. En ocasiones, parece señalar el límite de lo humano. Es el nombre que le dan a la muerte o a la irracionalidad de la naturaleza.

La invención del silencio, de la palabra que lo nombra, es comparable con la invención del número cero. Era necesaria la representación de una cantidad que no existía. Era necesario nombrar eso que no existe, pero hace parte de nuestra experiencia del mundo.

Al silencio hay que pensarlo en relación a la muerte. La muerte existe al no ser. Esto es, la muerte no es algo que se realice sobre el mundo, su forma de realización es negativa. Adviene como lo que priva del ser. Adviene negando. Así es el silencio. Solo existe por esa incapacidad de ser nombrado. Nace privado de ser.

 

II

 

Epilepsia, viene del griego “Epilepsía”, que quiere decir interrupción brusca. Gadamer define aquello que no podemos nombrar con la expresión griega “átopos”, esto es, ningún lugar. Lo que el lenguaje es incapaz de nombrar, lo inefable, se halla por fuera de él, más allá del límite de lo expresable: en ningún lugar.

Quedarse sin palabras es experimentar esta interrupción súbita. También la muerte, que no guarda relación con el sueño, sino con el desmayo, con la detención de la conciencia. Esa relación la expresó Schopenhauer. Entrar en la muerte, quedar en silencio, sufrir de epilepsia, guardan una vecindad, aunque provengan de raíces distintas.

En su camino a Damasco, Pablo de Tarso sufrió un ataque de Epilepsia. Conoció a Dios. Se quedó sin palabras. La segunda interrupción que sufrió ocurrió en el año 10 d.c. cuando murió.

Silencio viene de la raíz “sei”, que quiere decir soltar. Dejar caer. Silencio en griego se dice σιγή (Sigí). Quien calla, deja caer de sí el lenguaje. Se deja caer en la muerte, sufre un episodio de ausencia, de epilepsia.

 

III

 

Entre las angustias que acosan el alma de los hombres, debemos incluir el no poder nombrar, el no saber definir las cosas. Por eso, llamamos al miedo, Dios. A la presencia del otro en nosotros, amor. A la muerte, en nosotros, enfermedad. Curiosamente, es esa zona de silencio, esa condición inefable de muchos fenómenos en el mundo, la que impulsa al lenguaje a tratar de nombrar de nuevo.

Dicho de otra forma, hablar constituye una paradoja: hablamos porque no tenemos las palabras, porque somos incapaces de nombrar.

Hablamos porque el Silencio lo es todo.

 

IV

¿Por qué lo más profundo de nosotros permanece callado, por qué lo que nos acompaña se resiste a hablar? Primero, porque es innombrable. Segundo, porque es lo más vivo y no queremos perderlo al intentarlo. Hablar implica hacer una experiencia sobre lo vivido: darle un significado. Y quien ha hecho experiencia, lo integra, lo olvida. Gadamer llama a esto: “Experiencia asumida”. Y sobre esto no volvemos a hablar. Es una de las formas en que el silencio actúa en el lenguaje. Es el presupuesto desde el que habla cada hablante.

Nunca tenemos una experiencia afásica del mundo (tal vez sólo en los primeros meses de vida), siempre interpretamos desde el lenguaje (aún de manera inconsciente). Siempre intentamos darle un lugar en nuestras coordenadas comprensivas. Sin embargo, a veces eludimos, de forma consiente o no, esa necesidad interpretativa. No queremos comprender. Nos resistimos. Nos basta sentir.

Evitamos nombrar.

A través de la elipsis o de la metáfora, mantenemos la experiencia abierta, la guardamos sin petrificarla. Evitamos que se convierta en una hoja seca entre las páginas de un libro.

De ahí la inagotabilidad de la poesía: que nombra sin nombrar.

V

El Satori para el Zen es un olvido de sí mismo que permite una atención plena sobre el mundo. La consecución del vacío no es, por esa razón, el estadio final, sino la condición previa de toda contemplación. No se puede mirar si se está distraído.

Algo similar ocurre con la experiencia estética, que no sólo es de placer o displacer como quería Kant. Ella nos abre al vacío, sin la necesidad de meditar. Cualquier obra de arte que merezca ese nombre nos deja en vilo, nos quita las palabras y en esa mudez es que aprendemos el sentido del mundo como inefable. La experiencia estética nos deja en situación de sentirlo todo de una manera distinta. Así también ocurre con el amor.

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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