Baudelaire

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No necesitaba ser rico, para mantener su elegancia. En la miseria, ese rasgo le distinguía. Su frente era amplia, perlada del sudor de la enfermedad. Su cabello largo apestaba a humedad. Tal vez cubría el hedor con “Eau de Cologne”. Los labios eran finos, tensos, ponderativos, presuntuosos. Sus ojos, cansados, abotargados y, sin embrago, incisivos. Como todo gran voluptuoso, veía a través de las intenciones de la gente o eso pretendía. Imaginativo en el gozo, era cándido para todo lo demás. Todas sus amantes le engañaban. Duros, sus ojos, hablaban de lo que habían visto, de largas noches en vela, por el exceso de placeres o de deudas. Ha conversado con el diablo, al que tiene por íntimo y del que, sin embargo, descree. Ha ahogado su desesperación en la belleza. El precio fue la sífilis y no sintió que hubiera pagado un precio demasiado alto por ella.

Rimbaud

Rimbaud

Como la fotografía, su vida misma es borrosa. No existe una sola foto en donde sus rasgos sean definibles, siempre está a punto de desaparecer, ambiguo, indeciso, entre lo visible y lo invisible. —Estudiante modelo. Homosexual confeso. Traficante de armas en Abisinia. Poeta rabioso— ninguno de esos hitos lo definen. su “Yo es otro”. Le gustan los golpes de timón. Su espíritu violento, fulgurante, breve, tomó por asalto a la belleza y la injurió. La arrastró por el suelo, la desnudó, la escupió y la sentó de nuevo sobre el trono. Era una nueva belleza. Más provocadora. Más lamentable. No falta razón en los que ven en su semblante algo angelical. Lo es, no sólo por lo terrible, sino porque siendo una de las formas de la luz, está próximo a disolverse en ella. No era menos borroso para sus contemporáneos. Algún fotógrafo diría: “Está sobreexpuesto”. Todo gran poeta lo está delante de la luz de su existencia.

Siento ternura

Siento ternura:

Por la voz pausada y sabia de Georg Gadamer.
Por el borracho Hrabal.
Por la muerte del joven John Keats.
Por la hija de Luis Arturo Restrepo, que sabe lo que es tener un buen padre.
Por el Padre Mujica. Por el Poeta Mujica.
Por ciertas soledades que conozco y no puedo acompañar.
Por el recuerdo de tu muerte.
Por la luz que me reveló Elkin Restrepo.
Por la vida de Auden, Porchia y Weil.
Por el silencio de mi padre, esa forma intensa del amor.
Por mis amigos, que me creen mejor de lo que soy.
Por un Buda que me recuerda a alguien.
Por tu temor, por tus ojos, el día de la cirugía.
Por lo que no podrá ser.
Por los animales que duermen al sol.
Por los niños que yacen enfermos.
Por las formas que aparecen y desaparecen del mundo,
por el pestañeo que las precipita en la vida o las arroja en la muerte.

Hrabal

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El hombre meditativo, tasa en sus manos el peso de delicia de una cerveza. Nada en el mundo se compara con el momento previo a beber. Es voluptuoso. Retrasa el momento. Su boca, saliva. Acaso los gatos le prodiguen idéntico placer. Pero es un placer tierno, este es un momento de recogimiento. No necesita apresurarlo porque sabe que es suya. Sólo un vulgar campesino bebe sin meditar en ello. Y le gusta hablar para unos pocos, con desenfado y dureza sobre algunos temas de la vida. No importa cuál. Sus paisanos no son intelectuales, pero habla con cada uno. Ha escrito algunas de las páginas más conmovedoras de las que se tenga memoria. Su ternura es amiga de la dureza. Comparten una misma frontera.

Schopenhauer

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Schopenhauer. Una forma dura y apacible de la naturaleza. Una roca alta dejada en un jardín budista, una tortuga gigante que un naturalista ve en una isla del sur. Una zarza ardiendo, solitaria, donde nada más crece. Una clepsidra agotando el lento goteo del tiempo en su interior. Sabio. Furioso. Despectivo. Brillante. Un leño seco al borde de un río de aguas diáfanas, donde puede verse. Si la naturaleza toma conciencia de sí misma en el hombre, Schopenhauer es el instrumento más extraordinario que ha urdido para tal fin. Por un breve momento en su infinita duración, la Voluntad abrió los ojos a sí misma y se reconoció. Tal vez se contempló extasiada en el espejo de su criatura. Un hombre feo, un saco de humores. Mezquino y sublime. Ese breve instante desapareció para siempre.