Los versos ajenos

Los dos mejores versos que he escrito, los dos únicos y verdaderos versos que se me ocurrieron algún día, eran de otros poetas. No voy a avergonzarme porque fueran versos ajenos. En su momento los sentí, auténticamente, como míos. Eran versos íntimos, sólo para mi (he ahí una ventaja nada desdeñable de no publicar todo lo que se piensa, todo lo que se escribe). Además, al reconocerlos en un libro, sentí el inmenso alivio de saber que esa expresión perfecta no podía ser mía, que no era responsable de su destino.
 
A pesar de todo, reconozco en esa actitud la verdadera lectura: lenta (como la del filólogo Nietzsche) pero también sentida, emotiva. Intensa. La lectura capaz de identificarse hasta ese punto de no distinción con el poema, con un alma ajena. La que llega a ese grado de compenetración con la obra que parece ella misma escribirla.
 
Una de la virtudes de la lectura consiste precisamente en eso, en la oportunidad de desistir de nosotros mismos. De entregarnos a la lógica de lo escrito.
 
Recuerdo con hondo cariño esos versos:
 
“A veces el mundo se llena de tristeza”
de José Ángel Valente
 
“La memoria es mortal”
de Antonio Gamoneda.

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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