Fernando Pessoa o el vacío de sí mismo

 

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“Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”

(O. Paz – Fernando Pessoa, el desconocido de sí mismo)

 

A menudo, mientras repasaba las lecciones sobre la poesía de Hegel, me preguntaba si la lírica del siglo XX podía tener cabida en su consideración. Dos hechos me animaban. Por un lado, al definirla como forma intuitiva de expresar la verdad, parecía apoyar la reivindicación del arte como forma de conocimiento que querían asentar los artistas y que perdura hasta nuestros días. Por el otro, el carácter eminentemente subjetivo que otorga a la poesía, podía explicar aquellas obras que, por su hermetismo, parecían expresar radicalmente la autonomía de una conciencia frente al mundo.

Pero la existencia de Fernando Pessoa, el más singular de los poetas que escribió en ese siglo, se alzaba como una objeción. En efecto, la poesía de Pessoa parecía desafiar no sólo la exigencia de veracidad de la obra lírica, al recomendar, por su cuenta, la invención y no la expresión autentica del sentimiento; sino también la existencia misma de una subjetividad, al escindir la suya en múltiples personalidades a las que llamó heterónimos.

¿Estamos, pues, delante de la más alta refutación que ha hecho la poesía de las pretensiones abarcadoras y prescriptivas de la filosofía o más bien delante de otro paso que da la filosofía en dirección a esclarecer una obra que continúa en el misterio?

La consideración Hegeliana de la poesía

En las Lecciones sobre la estética, Hegel reserva un amplio capítulo para diferenciar el arte poético de las demás artes. Para él filósofo alemán, la principal característica de la poesía, y que la hace diversa de aquellas artes que hoy denominamos plásticas, consiste en que la poesía expresa la realidad (la verdad) de las cosas de una manera intuitiva (inmediata) a la intuición interna del sujeto (Hegel, 1989: 696). Así, pues, es tanto intuitiva, para el creador que la siente como para el lector que la recibe.

Ahora bien, dentro de la poesía, Hegel distingue tres géneros: el épico, el lírico y el dramático (Hegel, 1989: 746). De ellos, nos interesa el género lírico, que es aquel que mejor describe la poesía tal y como la entendemos ahora nosotros, esto es, como la expresión de la interioridad de un sujeto.

Para el alemán, la característica principal de la poesía lírica, consiste en que ella expresa toda la esfera íntima del sentimiento y el espíritu, esto es, la manera, también intuitiva, en que el hombre comprende y siente el mundo.

“El espíritu desciende de la objetividad del objeto a sí mismo, mira en la propia conciencia y da satisfacción a la necesidad de representar, en vez de la realidad externa de la cosa, la presencia y la realidad efectiva de la misma en el ánimo subjetivo, en la experiencia del corazón y la reflexión de la representación y por tanto el contenido y la actividad de la vida interior misma (Hegel, 1989: 799)”

No obstante, a esta expresión del ánimo subjetivo, se une la exigencia de la veracidad. Por un lado, lo expresado por el poeta debe corresponder realmente a lo sentido por él. En este sentido la poesía es asimilable al género confesional, aunque de mayor envergadura. Por el otro lado, debe corresponder a una experiencia de alcance universal, una exigencia que la une a la verificabilidad exigida por la ciencia. De ahí, que lo expresado en la poesía lírica, no sea un contenido cualquiera, sino uno que pueda ser comprobado por los otros hombres y asumido como una confesión del sentimiento interno, esto es, sin mediación.

  “[…]las intuiciones y los sentimientos, por más que pertenezcan peculiarmente al poeta en cuanto individuo singular y él los describa como suyos, deben sin embargo contener una validez universal, esto es, deben ser en sí mismos verdaderos sentimientos y consideraciones para los que la poesía también inventa y encuentra vivamente la expresión adecuada (Hegel, 1989: 799)”.

Así, pues, para el filósofo alemán, son dos las condiciones generales que debe mostrar la poesía lírica: 1. Expresión de la subjetividad del autor. 2. Expresión verídica de esa subjetividad.

La consideración Pessoana de la poesía

Lo que quería decir Fernando Pessoa con la expresión heterónimo, continúa, en cierto sentido, siendo un misterio. Sabemos que no se trata de un seudónimo. Negamos que se trate de la elaboración de un personaje y recelamos admitir que se trate de alguien por completo distinto del poeta. Pues, ¿cómo es posible otrarse dentro de sí mismo?

Pessoa, al considerar su actividad poética, distingue diversos grados de la lírica, siendo el más bajo aquel en el cual “el poeta, de temperamento intenso y emotivo, expresa espontánea o reflexivamente ese temperamento y esas emociones[1]”. En ese grado reconocemos al poeta hegeliano. En el grado más alto, ocurre una despersonalización, y ciertos estados del alma, pensados, inicialmente, con la imaginación, en personas ficticias, son finalmente sentidos[2], experimentados realmente a partir de esa ficción.

No se trata sólo de fantasía poética, ni siquiera de empatía, sino de una identificación tal con un personaje, con una creación poética, que se tenga la convicción de que se ha empezado a sentir como lo haría él. Hay que tratar de pensarlo. Y así con cada heterónimo. Como si alguien, a través de una experiencia capital, dejara de ser él mismo, como si su antigua concepción del mundo fuera desplazada por la irrupción de una nueva, a partir de la cual se empezara a tener una experiencia distinta. Todo lo cual puede ser expresado de la siguiente manera: no sentimos lo mismo que el otro, somos el otro al sentir. Hay en ello una duda fundamental sobre la existencia de una naturaleza humana. Hay en ello la convicción de que también los grados se sentir son una construcción, una elaboración social o del sujeto a través del lenguaje.

La pregunta de si tal grado de despersonalización, logra ser alcanzado alguna vez, también puede ser contestado apelando a la existencia de estados patológicos en los que los pacientes aquejados del mal, olvidan por completo quienes eran, para sumir una personalidad diferente a la suya. El mismo Pessoa no descartaba esta asociación: “[…] No me cuesta admitir que sea loco, pero exijo que se comprenda que no soy loco diferentemente a Shakespeare, cualquiera que sea el valor relativo de los productos del lado sano de nuestra locura[3]”.

Sea como fuere, loco o no, lo cierto es que, para el portugués, la superioridad de su arte respecto al de los demás poetas consiste en que, al inventar, es capaz de sentir verdaderamente como otro. De ahí que defina la actividad poética en los términos de un fingimiento: “El poeta es un fingidor” dice en uno de sus más celebres poemas, en el que el espectador termina sintiendo emociones que no son suyas y, el poeta, creyendo que las suyas no son ciertas: “Finge tan completamente / Que hasta finge que es dolor / El dolor que de veras siente (Pessoa, 2014: 66)”

La característica principal de la poética de Fernando Pessoa, reside, pues, en la invención, no en la expresión de la subjetividad.

 

La lírica del vacío

Llegados a este punto, parece inevitable aceptar que existe una brecha inconciliable entre dos formas de comprender la poesía. La una, insiste, en que la lírica debe ser expresión autentica de la subjetividad; la otra, en que debe ser producto de la invención: “[…]Si él no tiene la absoluta/ diversidad/ no es poeta (Pessoa, 2014: 73)” La diferencia entre ambas se halla en torno a la utilización o no de la verdad. Sin embargo, antes de aceptar esta conclusión, quisiera intentar otro camino.

Existe en la obra de Fernando Pessoa un heterónimo llamado Bernardo Soares, del que dirá que “es un semi-heterónimo porque, no siendo la personalidad mía, no es diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella[4]”. Él es, propiamente hablando, el autor de “el libro del desasosiego”, un volumen compuesto, hasta dónde sabemos, por fragmentos del diario íntimo del poeta y divagaciones en torno a una multiplicidad de temas.

En él, encontramos un curioso fragmento, que se repetirá, en lo esencial, a lo largo del libro, asumiendo otras formas, pero conservando el mismo sentido: la experiencia del yo, asumida como vacío: “Y yo, verdaderamente yo, soy el centro que no existe en esto sino mediante una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento, sin que ese centro exista sino porque todo círculo lo tiene”[5]. O “Nosotros nunca nos realizamos. Somos dos abismos, un pozo contemplando el Cielo[6]”.

En esas líneas, queda planteada una paradoja, pues la conciencia se expresa a sí misma como inexistente. Y, sin embargo, sabemos que existe porque se expresa. Porque expresa un sentimiento profundo de nulidad, de vacuidad. Así pues, volvemos a encontrarnos con Hegel. Pues, lo que, en un principio, parecía ser pura invención, se ha convertido, a partir del vacío, en expresión autentica de una subjetividad. ¿Pero cómo explicar, entonces, a los heterónimos que son invención y no expresión de la verdad? Los heterónimos son, en esta nueva comprensión, las herramientas de las que se vale la subjetividad, la fantasía poética, para representar un sentimiento de vacuidad, tal y como, en el mundo sensible se levanta alrededor de un pozo, un muro para contenerlo, para hacerlo visible y más profundo.

Entre más voces hablan alrededor (entre más heterónimos abundan), el centro, la personalidad del poeta, parece relegado y silencioso, pero extrañamente se torna elocuente de su vacío una vez que se ha reparado él. Cada heterónimo que lo niega no hace más que confirmarlo en su sentimiento de nulidad. Cada heterónimo se erige como testigo de la negación.

La poesía de Fernando Pessoa todavía pertenece al género lírico establecido por el filósofo:

“[…] Todo emana por tanto del corazón y del ánimo y, más precisamente, de la disposición y la situación particulares del poeta, de modo que el contenido y el nexo de los aspectos particulares en que se desarrolla el contenido no permanecen sustentados objetivamente por sí mismos como contenido sustancial o por su apariencia externa como acontecimiento individual en sí cerrado, sino por el sujeto (Hegel, 1989: 802)”.

 

 

 

 

 

Bibliografía

  • 1989. Lecciones sobre la estética. España. Ediciones Akal.
  • F. 1984. El libro del desasosiego. Barcelona, Seix Barral.
  • F. 2014. Yo soy una antología. Medellín. Universidad de Antioquia.

 

Recursos electrónicos:

 

 

[1] Pessoa, en: Grados de la poesía lírica

[2] Pessoa, en: Grados de la poesía lírica

[3] Pessoa, en: Borrador manuscrito sobre el origen de los heterónimos

[4] Primera Carta a Adolfo Casais Monteiro.

[5] Pessoa, Seix Barral §25

[6] Pessoa, Seix Barral § 11

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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