Al mirar una foto

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Tímido, así era Fernando Pessoa. Pulcro. Elegante. Su calvicie está consumada para el momento de la fotografía. El peso que ha ganado, se lo debe al alcoholismo (del que morirá meses después). El hombre acostumbrado a la introspección, está tenso. Mira desde abajo, casi de manera oblicua a la cámara, como temiendo sostener la mirada del interlocutor (una mirada pudorosa, señalaría Quignard). Siente vergüenza. Y la cámara lo mira. Su ojo vacío lo inspecciona. Esa es la pequeña angustia que asoma en los ojos del poeta. La fotografía lo sorprende sin darle tiempo de componer su cara, de empañar sus ojos, de cubrir el vacío, de cerrar el semblante, para que la cámara no pueda asomarse a su interior.

Los versos ajenos

Los dos mejores versos que he escrito, los dos únicos y verdaderos versos que se me ocurrieron algún día, eran de otros poetas. No voy a avergonzarme porque fueran versos ajenos. En su momento los sentí, auténticamente, como míos. Eran versos íntimos, sólo para mi (he ahí una ventaja nada desdeñable de no publicar todo lo que se piensa, todo lo que se escribe). Además, al reconocerlos en un libro, sentí el inmenso alivio de saber que esa expresión perfecta no podía ser mía, que no era responsable de su destino.
 
A pesar de todo, reconozco en esa actitud la verdadera lectura: lenta (como la del filólogo Nietzsche) pero también sentida, emotiva. Intensa. La lectura capaz de identificarse hasta ese punto de no distinción con el poema, con un alma ajena. La que llega a ese grado de compenetración con la obra que parece ella misma escribirla.
 
Una de la virtudes de la lectura consiste precisamente en eso, en la oportunidad de desistir de nosotros mismos. De entregarnos a la lógica de lo escrito.
 
Recuerdo con hondo cariño esos versos:
 
“A veces el mundo se llena de tristeza”
de José Ángel Valente
 
“La memoria es mortal”
de Antonio Gamoneda.

La gravedad y la muerte

 

El origen de la materia se encuentra en su facultad o necesidad de agruparse, en la fuerza de gravedad. En el principio del tiempo, la gravedad en las partículas era muy débil, pero la suficiente para atraerse entre sí para formar pequeñas uniones. Así se formaron los primeros átomos. Así se formaron, después, todos los cuerpos celestes y todo lo que llamamos vida, por mutua atracción.

Incluso las sociedades humanas responden a este principio de amontonamiento. Incluso nuestras casas, incluso las parejas que vemos en las calles. Se comprende porque los hombres en soledad son acusados de negar su naturaleza, por que sufren los rigores de su aislamiento.

Pero los cosmólogos reconocen que hay una fuerza que se resiste a la gravedad. Es la que impide que la materia colapse sobre sí misma, en ese amontonamiento. Es la fuerza que mantiene la distancia, que produce la dispersión de lo que antes estuvo unido.

Esa fuerza, entre los hombres, recibe el nombre de muerte.

Fernando Pessoa o el vacío de sí mismo

 

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“Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”

(O. Paz – Fernando Pessoa, el desconocido de sí mismo)

 

A menudo, mientras repasaba las lecciones sobre la poesía de Hegel, me preguntaba si la lírica del siglo XX podía tener cabida en su consideración. Dos hechos me animaban. Por un lado, al definirla como forma intuitiva de expresar la verdad, parecía apoyar la reivindicación del arte como forma de conocimiento que querían asentar los artistas y que perdura hasta nuestros días. Por el otro, el carácter eminentemente subjetivo que otorga a la poesía, podía explicar aquellas obras que, por su hermetismo, parecían expresar radicalmente la autonomía de una conciencia frente al mundo.

Pero la existencia de Fernando Pessoa, el más singular de los poetas que escribió en ese siglo, se alzaba como una objeción. En efecto, la poesía de Pessoa parecía desafiar no sólo la exigencia de veracidad de la obra lírica, al recomendar, por su cuenta, la invención y no la expresión autentica del sentimiento; sino también la existencia misma de una subjetividad, al escindir la suya en múltiples personalidades a las que llamó heterónimos.

¿Estamos, pues, delante de la más alta refutación que ha hecho la poesía de las pretensiones abarcadoras y prescriptivas de la filosofía o más bien delante de otro paso que da la filosofía en dirección a esclarecer una obra que continúa en el misterio?

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