A los 117 años del nacimiento de Borges

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Borges no era racista, tampoco nacionalista y descreía de casi todo: sobretodo de sí mismo. Fue infeliz en el amor. Denostaba de casi todos los escritores contemporáneos. Onetti le odiaba. Nabokov le despreciaba. Gombrowicz había aconsejado su muerte. Sabato le envidiaba. Fue generoso en su rencor, fácilmente volcado hacia la ironía, pero atento a los pequeños milagros del mundo. Su curiosidad parecía no tener límite. El último de los delicados le llamó Emil Cioran en una carta enviada a Fernando Savater.

Su problema era de clase (había nacido rico y tenía amigos mucho más ricos) y tomó partido por los privilegiados y por la casta militar, a los que llamó inverosímilmente, caballeros. Hijo de un abogado y de ancestros de armas, su destino político estaba prefigurado, pero su maestría en las letras no. Por ellas alcanzó la redención, que a otros les fue negada: a Hamsun, a Celine o a La Rochelle, a quienes les faltó lo que a Borges: un sano escepticismo que lo libró de la idolatría.

Al final de su vida se declaró anarquista y renegó de las dictaduras. También Sabato saludó a Videla, pero sólo en Borges esa visita tenía la impronta de la provocación.

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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