A los 117 años del nacimiento de Borges

jorge-luis-borges

Borges no era racista, tampoco nacionalista y descreía de casi todo: sobretodo de sí mismo. Fue infeliz en el amor. Denostaba de casi todos los escritores contemporáneos. Onetti le odiaba. Nabokov le despreciaba. Gombrowicz había aconsejado su muerte. Sabato le envidiaba. Fue generoso en su rencor, fácilmente volcado hacia la ironía, pero atento a los pequeños milagros del mundo. Su curiosidad parecía no tener límite. El último de los delicados le llamó Emil Cioran en una carta enviada a Fernando Savater.

Su problema era de clase (había nacido rico y tenía amigos mucho más ricos) y tomó partido por los privilegiados y por la casta militar, a los que llamó inverosímilmente, caballeros. Hijo de un abogado y de ancestros de armas, su destino político estaba prefigurado, pero su maestría en las letras no. Por ellas alcanzó la redención, que a otros les fue negada: a Hamsun, a Celine o a La Rochelle, a quienes les faltó lo que a Borges: un sano escepticismo que lo libró de la idolatría.

Al final de su vida se declaró anarquista y renegó de las dictaduras. También Sabato saludó a Videla, pero sólo en Borges esa visita tenía la impronta de la provocación.

Eso que llaman Amor (Una película de Carlos Cesar Arbeláez)

 

 

 resena-eso-que-llaman-amor-de-carlos-cesar-arbelaez-cine-colombiano_opt2_

“Una emanación continua, […] que del amante va a lo amado”

(José Ortega y Gasset)

 

Los hombres nacen y mueren. Y mientras aguardan su muerte, consumen su tiempo en amar o en ser amados. Ese intervalo parece llenar la extensión de la vida humana. ¿Pero qué es el amor? He ahí una pregunta antigua, una pregunta que se confunde con el origen de nuestra especie, con la oscuridad de las entrañas y, que Carlos Cesar Arbeláez, se propone responder en su más reciente película.

El amor, como sentimiento, no resulta extraño para ninguno, ya que cada uno lo ha experimentado dentro de sí. Pero cuándo nos preguntan qué es, nos ocurre lo mismo que a San Agustín que, al ser interrogado por el tiempo, respondía: mientras no me preguntan lo sé, cuando me lo preguntan no lo sé. Y es que el amor pertenece a esos objetos que escapan al lenguaje, que no pueden ser expresados por él. Tal vez porque es un sentimiento anterior a la palabra, a los significados y se anuda en la biología, en la necesidad de poseer al otro para prolongar la especie. Y cuando no, cuando es romántico, aun así resulta igualmente elusivo, difícil de definir. Tal vez por eso Roberto Juarroz, el poeta argentino, dijo que el amor sólo es comprensible por la experiencia del amor, que es inútil describirlo a alguien que jamás lo ha sentido. Y, sin embargo, a pesar de su reticencia a ser dicho, el arte no ha renunciado jamás al intento de expresar el amor, ya que el amor o eso a lo que llamamos amor se siente como una plenitud que necesita ser contada: todo enamorado, lo sabemos, se torna de un lirismo a veces insoportable. Y resulta que la poesía tampoco habla de manera directa, sino través de símbolos, que es el lenguaje en el que se expresa todo el que no alcanza a definir las cosas.

La película de Arbeláez narra tres historias que se entrelazan entre sí. Su virtud principal es, a su vez, su mayor defecto: su realismo, su necesidad de no traicionar la vida. Todas las historias son posibles y narradas sin afectación. Así lo sentimos. El amor está tomado de lo cotidiano. El problema consiste en que eso puede llevar a subestimar la obra, a considerar que delante de ella no se asiste a ninguna realidad profunda. Pero esa aparente superficialidad es engañosa. Lo que cuenta Arbeláez es complejo. En su película hay muchas formas del amor, no sólo el romántico o el sexual. Y cada personaje  experimenta esas formas sin que se agoten. Puede amar de muchas maneras a distintas personas: a la madre, a los hijos, a la esposa, a la amante ocasional. Así, el de sus personajes es una sensación (un padecer, en su sentido de pasividad) que busca desesperadamente la reunión con el otro. Por eso, tiene en su origen la soledad o el deseo y se transforma en sacrificio capaz de soportar todo por conseguir esa unión. El amor en Arbeláez es una aspiración nunca satisfecha y a la que no se renuncia. Un fantasma que no desaparece. Una definición cercana al Quignard de Terraza en Roma, cuando dice que el amor es una imagen que nos hostiga noche y día, un diálogo interminable con alguien que no está.

La primera de las historias es, tal vez, la que mayores recelos produce, y lo hace por la indumentaria de los personajes, a la que no estamos acostumbrados. Se trata de la historia de amor de dos curiosos personajes que trabajan imitando monumentos en una famosa plaza de la ciudad. Y, sin embargo, ambos nos ofrecen algunos de los momentos más conmovedores de la cinta. El amor de un padre que no puede contar a su hijo cuál es su trabajo, los giros de una bicicleta alrededor de un patio tendido de sabanas de diversos colores, una reacción por el anuncio de una muerte.

La segunda de las historias es la mejor lograda de todas, pues el ritmo de la narración no decae en ningún momento y la trama se hace cada vez más desesperada. Narra la historia de  una prostituta que debe hacer un último trabajo para encontrarse con su hija en Europa.

Finalmente, la tercera, es la historia de una madre a la que le entregan los restos de su hijo asesinado porque han decidido demoler el cementerio. Alejada sentimentalmente de su esposo alcohólico, se esmera en conservar los restos en casa contra la opinión de éste.

Cada una de estas historias, incluso sin el desarrollo, sólo como imágenes, las sentimos impregnadas de belleza, cercanas a la poesía. Pero a una poesía discreta (como la de Chejov), anclada en la vida. Que no busca engañar al espectador sugiriendo lo trascendental del asusto. No, lo cuenta a partir de experiencias posibles, cotidianas.

Ortega y Gasset, el gran filósofo español, que también dedicó un libro a indagar que era el amor, expresó que la manera de amar y las personas a quienes amábamos decía algo de nuestro propio interior. Así, esa película es un retrato de la abnegación de cada personaje, una manera de hablarnos de lo más íntimo de cada uno, de lo que ánima cada mundo interior. El amor no sólo es una expresión de la sexualidad, sino también de la interioridad que cada quien. Acaso también del director, de ese escrutador de almas.

 

Carlos Andrés Jaramillo

Sobre la poesía

 

El budismo Zen encierra una curiosa paradoja en su doctrina: profesa la creencia en la iluminación y, al mismo tiempo, afirma que dicha experiencia no puede ser expresada por el lenguaje. Así pues, uno se pregunta ¿Cómo es, entonces, que saben si han alcanzado o no la iluminación? ¿Cuál su criterio? ¿Se trata acaso de un engaño, tal vez de sugestión? No puedo precisarlo, pero lo comprendo, porque la experiencia de la poesía es similar: aunque no podemos definirla, sentimos, más que sabemos, cuando estamos delante de un verdadero poeta y cuando, lo que escribimos, roza, aunque sea de cerca, la poesía.

¿Qué hacer, entonces? Es cierto que puedo ensayar la vía negativa. Es decir, definir la experiencia poética por lo que no es, pero temo que tarde demasiado tiempo. Así que intentaré una vía que desaconseja Gadamer, por que no hago experiencia del objeto mismo, sino de mi experiencia sobre el objeto. Voy a preguntarme qué produce en mí la poesía.

Al leer un verdadero poema noto siempre en mí el asombro. Es decir, la sensación de estar delante de algo tan inédito que no encaja dentro de mis coordenadas del mundo. Esto nuevo se da en dos sentidos: primero, al hablarme de experiencias que no conozco. Segundo, que lo hace de una manera inolvidable (encontrando las palabras justas). Es decir, nos está mostrando detalles del mundo que desconocíamos y los dice de una manera que ignorábamos que pudiera usarse. Lo característico del asombro es que nos deja sin palabras. Nos obliga a crear un lenguaje para hablar: nos pone en dirección de la poesía, nos lleva a crear. La poesía es, por eso, un intento de decir lo que nos excede, de asirlo, manteniendo su ambigüedad, su forma misteriosa de mostrarse. Asombro, he ahí otro de los nombres de la poesía.

Pascal Quignard decía algo sobre el amor. Que consiste en imágenes que nos hostigan día y noche y en un diálogo ininterrumpido con alguien que no está. Así es el poeta, hostigado por el mundo, por sus propias sensaciones, que no terminan de decirse de manera adecuada y que, él mismo, tampoco atina a comprender muy bien del todo.

 

Acerca de la poesía

 
 
 

El poema es un objeto del mundo, y como todo objeto es misterioso. Sólo los diccionarios o la costumbre, pueden hacernos creer que el mundo está completo, que se basa en definiciones ya establecidas. Basta, por ejemplo, mirar un rostro: !qué sorprendente ese objeto cercano y ajeno a un mismo tiempo!  La boca que ama o desdeña, se entrega o guarda. Los ojos que son una promesa sin destinatario. Esa vibración que lo atraviesa y que llamamos emociones. Todo objeto es elusivo, escapa a la definición si lo miramos con calma. ¿Qué es  el agua, por ejemplo? No la formula química, sino su curso, su inasible transparencia.

Y el poema lo dije, es un objeto. Un objeto capaz de emocionarnos, de hurtarnos del mundo, pero a diferencia de los otros no es sólido, sino que está hecho de palabras, con aquello que nos hace humanos. Hablamos aún si callamos. Somos un diálogo ininterrumpido en nuestro interior. Hablamos en el éxtasis doloroso o en placer. Estamos hechos de palabras, insisto. Y con palabras construimos un mundo, una cultura, le damos un sentido a la realidad.

Y, sin embargo, la poesía sólo nace del olvido o el desconocimiento del lenguaje. Del descubrimiento de palabras o formas nuevas de nombrar. Sólo nos sorprendemos delante de lo nuevo. Y el poema nos redescubre lo insólito del mundo, que el mundo cada vez acontece y que sólo por pereza podemos restringirlo a una categoría tan pobre como una definición. Por eso llamo Poesía a la emoción que experimento ante lo desconocido, la fascinación de estar ante lo nuevo, que parece nombrar las cosas, aún si son nombradas por cada uno de manera distinta. Y al poema esa nueva manera de llamar lo nuevo. Un poema recobra para nosotros ese instante en que dejamos de hablar de las cosas y dejamos que ellas hablen por sí mismas y nos sorprendan.

Dejamos que el amor hable por nosotros, que la tristeza o la alegría lo hagan en su aterradora novedad. Los objetos se forman, nos buscan en la oscuridad del deseo o de la angustia. Se dicen en nosotros, aun sin saberlo. Un día somos conscientes de ellos y no podemos parar de hablar: escribimos. Esa es nuestra respuesta. Somos interpelados por ellos.

No estoy mistificando, sin embargo. No hay inspiración, hay atención sobre el mundo. Y esa atención va formando las palabras que se dicen en nosotros. Por eso la poesía nace también de la soledad, de nuestra relación íntima con el mundo.

Un ejemplo concreto. Nos enamoramos, ¿No es cada muchacha única, no nos hace decir lo que hasta entonces no habíamos dicho o pensado? Llamarla por un nombre distinto al suyo es ya estar cercanos a la poesía. Pero cuando su ausencia nos es cercana en el corazón, cuando la recobramos cada vez y las palabras no alcanzan a nombrar lo que sentimos, podemos decir: la amo, hago poesía.