Lugares

 

 

Allí, cada hombre escoge su propio dios. Lo va formando, moldeando, según sus necesidades. Le construye su propio lugar de culto, y sólo a él, le es permitido orarle. En las festividades, cada hombre se retira en silencio de la comunidad y ora en secreto. Nadie conoce a cuál dios entrega su devoción. Y el que lo revela es condenado a muerte. La muerte de cada hombre, implica la desaparición del dios y como tal se experimenta, con profunda tristeza y como una pérdida irreparable para el mundo. Un poco como la noticia de la muerte del dios Pan al ser anunciada a un carguero, con el sollozo de la naturaleza entera.

Allí, cada hombre se avergüenza de cultivar la poesía, y lo hace en secreto. Por eso le dedica sus mejores horas, como el voluptuoso que se deleita en secreto con su nefando vicio. El refinamiento, al que llegan, es preciosista y delicado, como quien cultiva una flor invisible. Cuando cumple la edad necesaria, se retira del mundo, y durante días, se entrega a extenuantes jornadas de las que saldrá disminuido. El contacto con la poesía, mancilla. Y, en tanto que secreto, cuando un hombre es interrogado, la negará tres veces. Así, por ejemplo, lo hizo Platón en su República. Así también el Dios de los evangelios, que guardó silencio ante suplicio de su hijo.

Allí, cuando un hombre ve que otro la trafica, siente vergüenza por ello. Y es sólo por esa vergüenza es que la poesía tiene todavía algo que decir.

 

 

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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