Pequeños apuntes

 
 
 

El sufrimiento y el amor son sentimientos irreductibles, aunque a menudo los separe una muy tenue frontera. Los gestos del amor, esa pequeña agonía, son similares a los del dolor, y sentirse atraído por un cuerpo es sentirse dañado dulcemente. El amor debe ser el único combate en que cada contrincante consiente con sabia espera que el otro infrinja esa agonía a su cuerpo.

El amor es un sentimiento de expansión invulnerable, un crecimiento poderoso que da fuerza, por eso nace la esperanza de un futuro con el otro.

En tanto que el dolor es un crecimiento negativo, un dejar al descubierto las fibras del cuerpo: una producción de vacío, de transparencia. Es como la muerte de una estrella. Es un derrumbamiento de todos los mundos interiores y un deseo de extinción no atemperado por el daño físico. El dolor no es un sentimiento que cierre, sino uno que abre, que deja expuesta el alma. Por eso el corazón de la dolorosa se representa por fuera del pecho y clavado de puñales o agujas.

 
 
 

El amor y Spinoza

Spinoza dijo que el amor es la alegría por la existencia del otro o, en sus términos, “[…] una alegría acompañada por la idea de una causa exterior”. Alguien se alegra porque algo existe. ¿Quién fue el último que habló de alegría en el amor? ¿No es acaso el sentimiento trágico por excelencia? Pero el discreto pulidor de lentes dijo: “Alegría”. No puso ninguna condición. Tampoco habló de que fuera necesario una correspondencia. El amor, lo sabía el delicado inventor de un Dios, es un asunto personal. Uno puede enamorarse sin ser correspondido y eso no disminuye en nada la experiencia. ¿Acaso no ama a un Dios que nunca le ha contestado?

Por eso me conmueve Spinoza, porque nada pide del otro, sino que exista. Es una experiencia de la suficiencia, nunca de la necesidad. Por eso puede soltar aún lo más amado, sin perderlo.

Rilke habló de la superioridad del amante sobre el amado, por la fuerza de su resignación.

Imagino a Spinoza como quien mira la naturaleza y no necesita siquiera una fotografía para marchar tranquilo, pues va contento de haber visto, como el bonzo que no necesita arrancar la flor para contemplar su belleza.

Respuesta a Antonio Caballero

 

 Captura

 

Antonio Caballero tiene razón, la tauromaquia es cultura, si la entendemos en su acepción de depósito de las prácticas de una sociedad (que pueden ser moralmente buenas o malas); y es arte, si consideramos el arte una destreza. Torear, por chocante que sea, requiere habilidad. Pero que sea arte por bello es más difícil. Es un espectáculo más bien dantesco. A menos que vea la belleza en su acepción más extensa, como emoción estética, en cuyo caso volvemos al principio: es una práctica que produce una emoción, como muchas otras que puede o no ser artísticas.

 

El suyo es un argumento redundante. Pretende que, al aceptar que la tauromaquia es una práctica cultural, se debe ignorar su moralidad. Dicho de otra forma, le ha dado a una práctica un aura de invulnerabilidad, por el sólo hecho de que existe. Su argumento tautológico debe resumirse así: la tauromaquia debe seguir existiendo porque existe. Pero una cultura, una sociedad, se erige, se afianza, por sus rechazos. Establece valores que excluyen a otros. El juicio es inevitable. Sin juicio previo no hay conocimiento del mundo. El hecho de que prefiera la tauromaquia sobre otra práctica (por ejemplo, ver pastar al toro) es ya un juicio de valor, es preferir uno en lugar de otro.

 

Acepto que Caballero no quiera suscribirse a la sensibilidad de la mayoría (eso denota nobleza), pero no que trate a esa mayoría como si estuvieran atrasados respecto a la evolución del espíritu. Seguramente en una competencia de tosquedad, los taurinos se hallarían más cerca de la animalidad que de la inteligencia, su refinamiento sangriento los iguala con las fieras.

 

No digo que el antitaurino sea mejor, pero por lo menos ha tomado distancia de sí mismo para contemplar lo otro, para sentir su miedo y tal vez imaginar su dolor. Y la imaginación, lo quieran o no, es una atributo de la inteligencia, aunque de la inteligencia sensible. El tosco Caballero nos llama burdos porque rechazamos el olor de la sangre, que tanto excita a las fieras como él.