N° 10, Rothko

 

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Veinticinco siglos antes de nuestro moderno interés por el silencio, Simónides afirmó “La pintura es una poesía muda”. Es decir, una obra que no precisa del lenguaje verbal para expresarse. Que se vale de las imágenes y de los colores para significar. Y ninguno de estos elementos tiene un significado preciso. Por eso, la mudez de la pintura está en su negativa a adherirse a un significado concreto o traducible a un lenguaje articulado.

No habla, pero expresa. Todo lo callado (toda obra intensa, todo misterio en la naturaleza) participa de esta condición. En su silencio, en su aislamiento, parece llamar la atención hacia sí, fascinar, justamente porque su sentido permanece oculto, al hacer parte de un lenguaje que no puede expresarse de manera precisa con el nuestro. Y en cuanto innombrable, es inagotable. Nos llama cada vez con su misterio. Ejerce una influencia sobre nosotros y nuestra naturaleza organizativa, dotadora de un sentido para el mundo.

Y todo misterio enmudece, acalla al espectador que se siente confundido o sorprendido por su indeterminación, que trata calladamente de asignarle un sentido, un lugar en las coordenadas de su comprensión. Frente a lo callado, se calla. Se convierte en nada frente a nada, en una profundidad anulada, frente a una profundidad vacía, pero decisiva.

Así la obra de Rothko, se abre hacia el espectador como un misterio inagotable, un misterio que lo libera de sí…

 

Publicado por

Carlos Andrés Jaramillo

Poeta, narrador y filósofo colombiano.

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