Imre Kertész (1929 – 2016)

 
 

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La franqueza de Primo Levi, le llevó a admitir que no fueron los mejores de entre ellos los que sobrevivieron a los campos. Por “mejores” comprendía a las víctimas que no quisieron o no pudieron tomar ventaja de sus compañeros para mantenerse con vida. Seres cuyo pudor los había precipitado con celeridad en la muerte. Kertész tampoco era bueno, ningún escritor lo es (con la probable excepción de W.H. Auden, el poeta). Necesita haber conocido todos los géneros de degradación: la vergüenza de haber sobrevivido, la culpa de haber faltado a la solidaridad, incluso la de haber sentido felicidad en aquel lugar sombrío, para dar una expresión más completa a la complejidad inarmónica del mundo. Pero más allá de sus acciones en el campo, que tampoco fueron terribles, ambos mostraron un gran empeño en tratar de esclarecer la significación del holocausto, en traer hasta nosotros esos terribles relatos por los que un hombre confronta la imagen que tiene de sí mismo y de la humanidad.

Con Kertész parte del mundo una mirada, una experiencia de la calamidad indisociable de la candidez, pero sobretodo de la felicidad. Si alguien tiene derecho a usar esa palabra es él. Pero no una felicidad fácil, vana, sino incierta, ya que podían morir en cualquier momento; una felicidad que nace de la desolación, no de la abundancia, de un deseo tan inquebrantable como inocente de bienestar, tan básico, que nos recuerda lo que para Simone Weil constituía lo sagrado (piedra angular de su ética) en cada persona: El deseo de no ser dañado.

De “Lo Callado”

 

Cosas para no olvidar

 

El hermano enmudecido de mi padre que, durante su agonía, pedía agua sin que nadie pudiera comprenderlo.

 

Aquel viejo profesor de filosofía que pidió a sus amigos ser llevado a despedirse del agua antes de morir.

 

Y aquel otro solitario, que dejó en la universidad las llaves de su casa, por si un día no llegaba a dictar sus clases, fueran a recoger su cuerpo.

 

 

 

Pequeños apuntes

 

 

 

Hay, en nosotros, innombrado, un miedo. Se lo encuentra, desapacible, al final de las matanzas de la guerra; ansioso, en el corazón de los ascetas; tenso, en los espacios que habitaron y abandonaron los hombres. Se halla, por si acaso, al final de cada palabra. Es Pascal apostrofando los espacios infinitos del universo, es un hombre hablando en voz alta, para no sentir su soledad. Hablo del temor a obrar desde ningún fundamento, a carecer de un sentido. Por eso la gente actúa, mata, ora o habla, para no escuchar la respuesta.